martes, 13 de junio de 2023

Luz, cámara y recuerdos. Parte 9. Doctor Sleep

Doctor Sleep (2019)

A medida que sigo en este viaje al pasado guiado por las películas estrenadas en tiempos claves de mi vida, me doy cuenta, que los finales de década vienen acompañados de películas de culto, como ocurrió en 1989 con Batman de Tim Burton y la supuesta última (mi favorita cabe acotar) película de Indiana Jones (The Last Cruzade) las cuales fueron la puerta de entrada al arte que tanto me ha dado,  lo mismo se repitió con el final del siglo 20 con The Matrix y Fight Club (ambos films cada vez más vigentes a nivel filosófico), y es que justo en 1999 pasaba de la secundaria a la universidad, un momento que todavía considero como definitorio y la más disfrutable transición desde que tengo memoria. Paso el 2009 y con el El Secreto de sus ojos e Inglourious Basterds, dos obras maestras que me hacen recordar el año en que por primera vez le daba un uso a mi pasaporte y  en el que aprendí la importancia de desaprender, salir de lo conocido y nutrirse de lo que para otros es cotidiano, y para unos nuevo o raro, simplemente, ser un turista, una pequeña muestra, del próximo escalón, la inmigración. Llegó el 2019, un año donde la nueva etapa en mi vida, la de extranjero, iniciaba, 12 meses llenos de tantas experiencias, cambios, cicatrices y sabiduría. A un año  de la pandemia que cambiaría al mundo, un año de estrenos: End Game, Joker, Once Upon a Time in Hollywood, Ford v Ferrari y la sorpresiva Doctor Sleep.  

    Veía el cielo de Buenos Aires desde la ventanilla de mi asiento de avión, nueve meses antes de estar sentado en una butaca para ver la secuela tanto del libro y joya de Stephen King (The Shining) como del clásico del cine de Stanley Kubrick, detalle importante, pues aunque pareciera redundante, ambas obras son como los hijos de una misma madre y distintos padres, padres que se odian entre cabe agregar (Stephen King detesto el trabajo de Kubrick al adaptar su novela)  así que no es poca decir que Doctor Sleep de Mike Flanagan es el intento exitoso de ser la continuación de ambas raíces. Pero volviendo a ese instante previo desde los cielos, cuando se evidenció cómo era posible  ser dos personas con 180 grados de diferencia en un mismo año en el lapso de un poco más de 270 días. 


        Era el 07 de febrero del 2019 y aterrizaba en Argentina, admito que no sentía tristeza por irme de mi país, ya que habían sido en lo personal dos previos años repletos de momentos densos y en algunos casos traumáticos, tampoco por dejar de ver a mis padres, pues estaba seguro que máximo en un año los vería de vuelta, tenía esa estúpida certeza (todas lo son, pues nada de lo que no esté en nuestras manos en el momento presente, está realmente bajo nuestro control, y todo lo que puede pasar pasará, para bien y para mal) Llegué y a los pocos días ya estaba instalado, mientras conseguía un departamento, en una cómoda residencia, habitada en su mayoría por jóvenes venezolanos en búsqueda de un nuevo futuro en la capital porteña. Recuerdo en especial los domingos en el área común disfrutando junto a varios de mis compañeros de residencia los capítulos de la última temporada de Games of Thrones.

La vida es un incendio, cuando pasa no te da tiempo.


         Una linea propia que pude corroborar en mi habitación de la residencia, al segundo mes más allá de lo metafórico cuando desperté a mitad de la noche entre gritos y humo negro. Recuerdos de bajar entre dormido y despierto, las escaleras de espiral en penumbras evitando pisar vidrios rotos y rozar las llamas que consumían a un departamento. En plena calle descalzo y en invierno, rodeado por patrullas de policía con sus sirenas junto a camiones de bomberos. El camino surreal a la emergencia en una ambulancia, observando casi desdoblado momentos que mientras pasaban, cuestionaba si eran o no producto de un mal sueño. En un instante la vida se resume en decidir entre detenerse, pensar,  no hacer nada o seguir más allá del miedo.



    En Venezuela había estado expuesto a situaciones difíciles, frustrantes y a la vez absurdas, pero no me preparo más allá de entender la victoria de los náufragos y al incendio que es la vida, a lo significaba el nuevo comienzo (con temor a que se haga eterno o en ecos) de ser un extranjero, no importa lo vivido o la teoría, la práctica es otra cosa. Aquel incendio me recordó lo frágil y fugaz que es la vida, y lo importante que se hacen los amigos y familia cuando más lo necesitas y estás lejos de todos ellos; se trata de aprender a hacer música incluso cuando hacen faltan cuerdas, y es que a todos nos faltan así sea una siquiera, es hacer propio lo ajeno, aprender viejas palabras con nuevos significados,  el lapso entre el por ahora y el mientras tanto. Cuándo viajar no son vacaciones y una maleta resume tu casa, tu historia, lo salvado, lo perdido, lo encontrado y el descubrimiento. 


    Así transcurrieron los meses y algo nuevo para mi, las estaciones. De Maracaibo, una ciudad con un sol incandescente de temperatura siempre al límite, que alterna el año entre humedad seca y otra con lluvia, a la Ciudad de la furia que nunca duerme, donde puedes pasar del fashion del invierno a los colores de la primavera, la comodidad de vestuario del verano, para terminar seducido por la inexplicable inspiración para escribir sentado en el tren o en el subte que me daba el otoño. Alternando trabajos paga cuentas y algunos lamentables con idas al cine que me regalaban oxígeno, como aquella en la que tuve el placer geek de escuchar entre gritos de emoción de fans en una sala de cine abarrotada, el chasquido de Tony Stark y su I am Iron Man antes de derrotar a Thanos. Once años atrás era improbable imaginar a Robert Downey Jr como una estrella taquillera, mas bien era para quien lo recuerde, una apuesta suicida en taquilla, incluso recuerdo comprar mi entrada para la primera Iron Man, rápido “antes de que la sacaran de cartelera”, siempre lo había admirado por su versión de Chaplin y su rol en una de mi lista de favoritas: Wonder Boys, así que era hora Downey, te lo merecías, todos podemos volver cambiados, el poder de las segundas y hasta terceras oportunidades.




    Días de quedar exhausto hasta el punto de caer desmayado en mi cama tras una jornada de trabajo pesado; en mi país a duras penas no rompía la pared al clavar mal un clavo para colgar un cuadro, y en Argentina, en cambio, trabaje en un depósito descargando muebles y equipos para presentaciones de productos de marcas de lujo. En Maracaibo tenía una vajilla de vasos de aluminio o de plástico cansado de la torpeza con cualquier cosa de vidrio, y allí estaba trabajando algunos fines de semana, en un restaurante haciendo suplencias u horas extras, sirviendo cenas rezando no dejar caer ninguna bandeja, o lavando copas y fajinandolas contento si terminaba sin ninguna rota, aprendiendo el arte del enjuagado y secado con trapos mojados con alcohol. 


        Debido a todo eso, puedo decir hoy que si no fuese por la belleza de Buenos Aires, y las películas que se estrenaron en ese  año pre Covid 19, habría seguramente colapsado. Una vez cuando me subí en una plataforma de madera para no mojarme y ensuciarme, cuando me toco por ser nuevo en el trabajo desahogar el baño de los trabajadores, que por una intensa lluvia se había desbordado al punto de ser un río de aguas negras. En esa ocasión literalmente de mierda, cerré los ojos, calme mi respiración, me dije falta poco, falta poco, tu puedes, ya casi, ya casi termina, y me imagine en mi fin de semana, de dos porciones de Pizza de Guerrin… a veces para recordar a mi padre pedía una de anchoas. Visualice la noche en Puerto Madero que no puede ser más preciosa, con sus colores y luces reflejadas en el agua. Recorriendo la Avenida Corrientes y llegar justo cuando comienza una función en el Cine Lorca; de esa mágica sala recuerdo en especial la proyección de Once Upon a Time in Hollywood, una película que admito que cuando la vi la califique con un ⅗, y la coloque entre las últimas en mi top de Quentin Tarantino, pero cada vez que la veo nuevamente, me gusta más, me relaja, verla es como compartir con un amigo con el que da igual si te quedas callado un rato tomando una cerveza. 


        Entre besos en el Cementerio de Recoleta, el glamour nocturno de Palermo, el disfrute bohemio de San Telmo con su tremendo dulce de leche y la infaltable e infatigable foto con Mafalda, recargaba las baterías de mi espíritu, enamorado de un país en el que siempre quise vivir después del mio, al sentirlo tan próximo, gracias a Ricardo Darín y sus 9 Reinas, el Túnel de Ernesto Sábato, y la Fuerza Natural e Euforia que son Gustavo Cerati y Fito Paez. Incluso pude redescubrir mi cultura siendo extranjero en otro país, ya que nuestra comida, en especial los tequeños habían conquistado a nuestros hermanos argentinos, y pude también asistir y participar como apoyo en el Festival de Cine Venezolano, donde no solo tuve el gusto de ver la película Tamara junto a su directora, el protagonista y la persona de la cual estaba basado el argumento, sino que a la vez me enamore del Centro Cultural San Martín,  ese lugar logró superar por una nariz a lo que sentí en la Librería Ateneo o el Teatro Colón, así que a pesar de las malas experiencias, CABA es una mezcla contradictoria, llena de texturas aterciopeladas y ásperas.  

        Luego del Festival de cine, visitar el Centro Cultural se volvió un destino obligado cada fin de semana, allí pude disfrutar de películas que amaba pero que nunca había podido por mi edad ver en su fecha de estreno en la gran pantalla, como fue el caso de Trainspotting. Un ciclo en especial fue todo un lujo, el de uno de los directores que más me impactó cuando alternaba cine de autor con Las Tortugas Ninjas o los Thundercats: el ciclo del cineasta y genio Stanley Kubrick. Gracias a ese lugar pude deleitarme como se debe de 2001: A Space Odyssey, A Clockwork Orange, Doctor Strange Love y la genial The Shining. 





       Su simetría, frialdad inquietante, música clásica e imágenes memorables y espeluznantes, eran como sus personajes, un baile entre lo impoluto y la locura, casi calculada, como la corbata verde de Jack que emulaba el laberinto del Hotel Overlook de The Shining, un laberinto que cambia de forma, haciéndose más intrincado y demencial como un padre persiguiendo a su hijo con un hacha entre la nieve y  el frío asesino. Elevadores que se abren dejando ir un río de sangre que desemboca en la paranoia. Cine perturbador, pero que te invita a pensar y entender ese arte, como lo que es, una creación en colectivo, que estimula a quien lo disfruta, tocando nuestras fibras más íntimas, y luego como un sabor rico en historia, se convierte en ondas expansivas en la memoria.



        Esa sensación familiar la sentí cuando celebraba solo mi cumpleaños por primera vez en mi vida, ese día había caído entre semana así que tendría que esperar al viernes o sábado cuando pudiera reunirme con Sharon, la little sister que deje en Argentina, ella me iba a preparar mi plato favorito después de la pizza, el pasticho venezolano. Tocaba esperar, así que ese 14 de noviembre lo celebre junto a Ewan McGregor y lo que fue para mi la sorpresa del 2019, Doctor Sleep. Pensaba que era imposible que funcionara una secuela del Resplandor, pero como un deja vu, que sin ser repetitivo, fue como una extensión de lo que ya era una zona de confort, ya que para mi el cine en todos sus géneros cuando esta en el tope de su juego, es eso, da igual si es terror, igual me saca una sonrisa


"Danny Torrance : El hombre se toma un trago. La bebida se toma asimisma. Y luego el trago se bebe al hombre. ¿No es así, papá?

El cantinero : Medicina. Medicina es lo que es. Una auténtica cura para todo. La mente es una pizarra, y esto es el borrador"

Esas líneas siempre vienen a mi cuando toco fondo, como cuando lejos de mi familia ese año supe que a mi papá le había regresado el cáncer. Ganas de tomar para sedar y olvidar, un líquido analgésico que te puede tomar a ti.  Esa escena se me grabó en el corazón y la llevo conmigo, como una advertencia a la cual respeto muchísimo, esa del niño que antes jugaba con su triciclo en los pasillos alfombrados del hotel embrujado, y ahora era un hombre en la barra junto al fantasma de su padre, aquel que intentó matarlo. Un alcohólico demente tentando con una botella desde el mas allá a su hijo que solo anhelaba dejar de ser un adicto, redimirse y salvar a una inocente de fantasmas y una vampira de espíritus. Rose the Hat, era aquella hambrienta de almas que “resplandecen”(shine), interpretada magistralmente por Rebecca Ferguson, al punto que es de esos personajes que me provocan envidia, aquellos que son tan cool en su diseño, ademanes y voz, que desearía haberlos creado yo.   

    Películas como Doctor Sleep me inspiran a sentarme a escribir, no solo las experiencias propias o ajenas, a favor o adversas, sino también esa ficción que sin sellos en el pasaporte te permiten viajar con tu mente a un lugar que te regala regresar a la realidad más fuerte, sanado y esperanzado. Aseveraba interiormente junto a la mejor compañía en la mejor vista nocturna y aérea, brindando con el Obelisco y la 9 de Julio, de fondo, allí como se debe brindar, con  relax y celebración, me despedí del país donde es un arte el cebar el mate, donde existe miedo a la yerba lavada, cuna de las juntadas y el fernet con Coca, del mejor helado y asado y las mil y un despedidas, de las mudanzas y las herencias en vida, madre de tres Copas Mundiales y de tantas cosas que no caben en rimas.



martes, 6 de junio de 2023

Luz, cámara y recuerdos, Parte 8. La La Land

 

La La Land (2016)

Una buena película y excelente música siempre ha sido mi mejor antídoto en esos momentos en lo que me siento abrumado, quemado y hecho cenizas, cenizas que intentan esperar sin perder la cordura ni caer víctima de nervios de punta, que de ellas renazca un fénix, cuando el estrés, la tristeza, la rabia e impotencia o angustia llegan para quedarse; solo una buena historia en acordes y melodías o imágenes y líneas bien dichas logran zafarme, de esos pensamientos traicioneros que hacen ver todo más grande, en el no lugar, en el no tiempo, como un tormento nunca pasajero.




Justo así me encontraba viendo La La land del director Damien Chazelle: estaba sentado en mi butaca junto a mi esposa, respirando intentando controlar mi ansiedad, un desasosiego que me inundaba en aquel tiempo, me sentía como el personaje de Ryan Gosling, Sebastian, y veía en la Mía de Emma Stone a Ángela, al igual que ellos nosotros entre colores vibrantes y un amor desbordante, estábamos luchando por nuestros sueños, una imagen idealista del futuro, un final feliz de Hollywood, pero la realidad no resuelve los desafíos en dos horas ni las situaciones son coreografías sin errores  al ritmo de una canción, y es que no todas las personas pueden como los personajes tener un arco argumental. 




      


    Se dibujaron sonrisas en nuestros rostros, al sentirnos reflejados en la gran pantalla, ella era Mía apostando todas sus fichas a su sueño, en vez de ser una famosa actriz, su anhelo era el de ser una empresaria con un negocio propio e ingresos independientes y residuales, aprendiendo del ensayo y error, de manejar los rechazos y escuchar los no en espera de un si,y yo Sebastián, con mis monólogos apasionados sobre cine, en vez de Jazz, con la única ambición de crear historias como las que adoro disfrutar, publicar mis libros, hacer sentir lo que con otro artista yo he sentido, quien sabe?... hacer una película o aplicar los estilos que admiro y aportar propios en producciones audiovisuales. Pero pasaban los años y entre la situación de descontrol económico y político en Venezuela, esos sueños se hacían cada vez más lejanos, etéreos e incluso cínicos y dolorosos.


        Nos casamos con una ilusión de inocentes, muy jóvenes, lo único que si teníamos  fijado era el tema de los hijos, había que esperar, ambos habíamos tenido una adolescencia sin grandes lujos y con muchos desafíos familiares, responsabilidades no acorde a nuestras edades y una gran lista de pendientes, uno de ellos, viajar. Eso hicimos, conocimos Escocia, Panamá, Ecuador, Colombia, Inglaterra y México, pero conforme pasaban los años y se añadían más sellos en nuestros pasaportes, ya no esperábamos por hijos para conocer más países sino porque el presupuesto se iba ajustando y ninguno de los dos quería tener por tener, ser Padres porque es lo que corresponde, por una presión social o familiar, para terminar sin poder dar más de lo que tuvimos cuando niños; tampoco lo creíamos como el único propósito de la vida,  y después, ya no queríamos tener porque no estábamos seguro de la posibilidad de no volverlos hijos de padres divorciados.

Dos años antes de LaLaLand salimos de ver Winter Soldier de Marvel y al ver al Capitan America descubrir que Shield e Hydra,  para quién trabajaba y contra quien se enfrentaba eran la misma cosa, fue como leer de vuelta 1984, la Rebelión en la granja o V for Vendetta, nos dimos cuenta que estábamos lejos de vivir en un país libre pues como el fascismo y el comunismo son las dos cabezas de una misma bestia, el régimen neo totalitario  de Venezuela y la oposición eran falsos adversarios en su tarea de desangrar al país y echarnos a muchos afuera. Desde ahí nuestra esperanza ya no estaba ni dentro ni fuera de la caja de Pandora.

    Así pasaban temporadas con fallas de luz en la ciudad, penumbras y calor por horas; madrugadas en una fila de carros largas como kilómetros para entrar a una estación de gasolina y surtir al auto; devaluaciones con respecto a nuestra moneda y el dólar que hacían añicos ganancias, ahorros y posibilidades de inversión, y ni hablar de días de encierro por calles clausuradas debido a protestas que terminaban en represión, muerte y desapariciones. Usando siempre al cine como mi escape, arma y herramienta, veía The Martian, Cast Away y Shawshank Redemption, aprendiendo de Tom Hanks y  Tim Robbins y tomando notas que aplicar, como la de mantenerme ocupado y no perderme en la desesperación, en modo preparación para cuando todo se abriera, todo mejorara o yo pudiera ir a otro lugar, sin enloquecer, ya que la esperanza de los náufragos es no perder la cordura en espera de un nuevo barco. 

        Creando un palacio de la memoria como el de Hannibal Lecter, volvía a esos viajes, a esa cerveza helada en Cancún o al fish and chips de Stonehaven cerca de Aberdeen, clausurando en el sótano de dicho palacio mi presente. Y así la historia como las estaciones se llenaba de invierno, las nuestras y las de Mia y Sebastián, los proyectos como olas que chocan contra la realidad y se vuelven espuma, entre azules y purpuras, negros y rojos, solos de piano melancólicos. Sueños en par que llegan a una encrucijada y queda el dilema si sacrificar tu deseo individual por el del otro, o seguir el resto de la ruta en soledad. Llegaron los créditos finales y con compasión mutua y serenidad, nos dijimos al unísono “nos tenemos que separar”, como los personajes de esta historia, eramos dos personas reales que decidieron terminar antes de que los recuerdos malos superaran en número a los buenos, más reproches que besos, más asperezas que abrazos, mas peleas que treguas.

        Luego de una rápida mudanza cada uno estaba de vuelta a casa de sus respectivas familias, admito que sentía alivio, no se si negación, egoísmo o etapas sin quemar, pero me creí libre, para hacer o estar con quien quisiera, como impulsado por la canción que cantó Mia  en su último casting:




  "Un poco de locura es la clave
Para darnos nuevos colores que ver
¿Quién sabe adónde nos llevará?
Y por eso nos necesitan"

Así que traigan a los rebeldes
Las ondas de los guijarros
Los pintores, los poetas y las obras de teatro

Y por los locos que sueñan
Por locos que parezcan
Por los corazones que se rompen
Por el desastre que hacemos


        De match en match de Tinder, de mujer a mujer, sintiéndome en medio de una fantasía de soltero, y una suerte de efecto mariposa en la que su aleteo se podría sentir al otro lado del mundo, en un caos aleatorio, que convertiría una ida al cine en Maracaibo, en una vida en Brasil, pero antes, ignorante lo que vendría era el 2018 y alternaba formas alternas de hacer dinero con la publicación de mi primer libro (publicado más no escrito) Crónicas del Eterno Eco, luego de que estuviera una década guardado en un archivo de word, esperando lograr junto a mi ahora ex esposa, el fulano éxito financiero para así poder dedicarme más “relajado” a mi lado artístico. También durante 12 años había descuidado algunas amistades y familiares, cosa que me encargue en cambiar, y como recompensa de la vida, una de esas personas olvidadas, me puso en contacto con un grupo literario de mi ciudad y compartí momentos inolvidables con Tito y Manona, dos escritores con lo que pase tardes de poesía, literatura, ron y un aire bohemio dentro de un bufete de abogados, todo se sentía tan bizarro y la vez tan adecuado. Todavía me halaga tu cumplido Tito: "el cámaro de la poesía" o tu calidez Manona al considerarme tu nieto de la poesía. 





     Justo en ese momento de libertad, arte y disfrute, gracias a una foto compartida en redes sociales, para visualizar mi anhelo de volver a viajar, una imagen mía acostado en el aeropuerto de París viendo aviones despegar, hizo que Eegle, una antigua una cliente y amiga de mi proyecto quebrado, la productora audiovisual, me escribiera un “hola, como estas?”. Ella también se había divorciado, ambos conocíamos a nuestras respectivas ex parejas, compartimos el amor por el cine, la música y la poesía, así que lo más natural fluyo, juntos en una clase Yoga (si mi versión 2018 incluía la meditación) antes de ver juntos en su casa de nuevo una película.

    
     Para ella La La Land, la conectaba con esos últimos momentos con su hijo antes de que él fuera a vivir a Argentina, pues la habían visto y su música los había invitado a bailar en la sala, toda una caricia al alma la imagen de ellos bailando al ritmo de la La Vie En Rose, un hermoso momento de despedida, y es que precisamente es la esencia de la historia de Sebastián y Mia, una bella despedida. Sueños y decisiones, despertar y hacerse responsable o tan solo lidiar con el acierto y el error en nuestras acciones, o inacción, pues el no hacer es una decisión en sí misma. 



        Sin que la culpa nos defina, ni el laberinto, de atribuirles a terceros nuestro presente. Se trata de seguir nuestros sueños y permitir a quienes amamos hagan lo mismo, no se trata de egoísmo, es un sacrificio emocional muchas veces de dos, en el mejor de los términos, el amor en el desapego, es soltar, dejar volar a la mariposa entiendo el poder de sus aleteos. 

¿El destino, el recorrido o la compañía?... el destino o el libre albedrío?... el recorrido y sus desvíos son lo mismo?... la compañía, ayuda, estorbo o solo la necesidad y placer de compartir lo vivido?.


Para mi, Eege es la personificación de la que vida no es una isla desierta, incluso para los náufragos, es la esperanza dentro de la caja, la compañía, el compartir, porque definitivamente todo es más sencillo en equipo. Lo pienso cada vez que recuerdo el sofá de su casa, las ganas de mostrarle una de las película de mi lista personal, y redescubrir una historia que me sé de memoria y de la que puedo recitar sus líneas, como si fuera por primera vez al ver sus expresiones de sorpresa en medio de algún plot twist. La paz al escuchar sus carcajadas y disfrutar de una buena parrilla con su chimichurri bajo las estrellas, un cielo iluminado fue nuestro techo mientras hacíamos el amor sobre la grama sin preocuparnos por nada.




A pesar de las incertidumbres frente al futuro, hay decisiones que por muy dolorosas abrirán infinitas posibilidades para el mañana, siempre daré las gracias a personas que tocaron mi alma, que cumplieron un rol crucial en su momento, y ahora moran en alguna habitación del palacio de mi memoria, compañía, apoyo, palabras justas o un abrazo, como ella, la mujer que me enseñó el placer de los viernes de buena comida, excelente música, películas que merecen ser discutidas y besos que invitan a quedarse entre sus piernas hasta el otro día. Gracias por enseñarme que se puede apostar por un final alternativo para Sebastián y Mia, ya que el amor y los sueños no son mutuamente excluyentes y se puede tener amor y prosperidad. Un poco de luz en mis sombras, le dan más calor a la oscuridad. Eso es la música y el cine para mi, por eso no me cansare de ver Walk the Line, Sing Street, Begin Again, A star is Born y La La land.


martes, 30 de mayo de 2023

Luz, cámara y recuerdos. Parte 007

 

Skyfall (2012)
    No creo en las casualidades y a la vez estoy convencido de que cada quien puede reescribir su destino, siempre y cuando entienda que el futuro es hoy y siempre es hoy. Cuando empecé a escribir este recorrido por las películas que me marcaron o que conllevaron a momentos emblemáticos en mi vida, note detalles cabalísticos como por ejemplo: cuando escribí y publique el pasaje en el que narraba el viaje a Caracas para el estreno de The Prestige y el Concierto de Ahí Vamos de Gustavo Cerati en Venezuela en el 2006, fue justo cuando se cumplían 13 años desde su último concierto en vida, que “casualmente” también fue en Venezuela. Sin contar ni planear que cuando vaya a publicar el capítulo décimo coincidirá con el estreno de una película que hará todo este recorrido una historia circular, y es que la existencia es como la poesía, gira y rima. Todo esto a propósito de que en este episodio, el número siete, que sigue esa sincronía natural, les contaré sin haberlo mapeado así,  mi aproximación a Bond, James Bond, el agente 007. 


        Cuando vivía con mis padres existían dos bibliotecas y dos videotecas en casa, debido a que mi padre y yo compartimos el amor por leer y disfrutar de una buena película, así que cada uno tenía sus colecciones respectivas. Siempre observaba en su espacio para sus DVDs y BluRays un lugar privilegiado para las películas de James Bond con Sean Connery así como entre sus libros varias obras de Agatha Cristie. A pesar de eso, admito que por mucho que intenté compartir ambos gustos, y que en su momento casi Pierce Brosnan logra que me enganchara con la saga del personaje de Ian Fleming, no fue hasta Skyfall de Sam Mendes (Road to perdition) con Daniel Craig como el ahora rubio Bond, que la mitología del agente con licencia para matar me hizo click, como ocurrió con otra película de ese actor (Knives Out) con la narrativa de Who Done it? de Agatha Christie.


    Hasta ese instante Daniel Craig ya había estrenado dos entregas anteriores de la saga, e incluso aunque Casino Royale del 2006 es una genialidad, en su momento no me sorprendió porque sentí que Batman Begins había hecho lo mismo un año antes; contar como precuela la historia de cómo un personaje iba descubriendo y armando las piezas de su rompecabezas, solo que ahora casi veinte años después, entiendo la estupidez de esa idea de que es una obra u otra, ese tema actual de tener que elegir, de lo mejor o lo peor, en un mundo de inclusión las opiniones se volvieron binarias. Pero lo que si tenia claro durante ese tiempo cuando la tendencia era las tramas de orígenes, la del agente secreto estaba junto a la de Batman y First Class, entre las mejores, ya que la mayoría de las veces hay personajes que hay que dejar en su misterio, sino se le roba el misticismo, la magia. Cómo el sacrilegio que cometieron contra Hannibal Lecter en Hannibal Rising.




    Bueno, volvamos al 2012, cuando el intro con la canción de Adele marco en mi desde el inicio una conexión personal : “Deja que el cielo (sky) caiga (fall) cuando se desmorona, vamos a mantenernos erguidos, enfrentalo todo juntos”  cantaba mientras James Bond caía al agua víctima de fuego aliado. Iniciando así, su periplo de resurrección, y es que, ese es el  leitmotiv de Skyfall, la muerte y el regreso, no rendirse más allá del sufrimiento y el peso que se deba cargar, como muy bien lo ilustran en una escena con la cita al poema Ulises  de Tennyson: “Aunque mucho fue quitado, mucho permanece; y aunque no somos ahora aquella fuerza que en antaño movió la tierra y el cielo; lo que somos, somos; Un temperamento igual de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad. Para luchar, buscar, encontrar y no ceder”.

        Tantos ejemplos, como reforzando un concepto, el alma de ese film, como cuando Judi Dench le pregunta a Bond al volver después de haber sido dado por muerto, "que estaba haciendo?", él sólo contestó, "disfrutando la muerte" y cuando Javier Bardem luego de atraparlo quiso conocer si el agente británico tenía algún hobbie, él respondió solamente, "resurrección". Esa palabra siempre ha conectado conmigo desde niño, cuando veía los Caballeros de Zodiaco y estaba fascinado con el caballero del Fénix, que resurgía de las cenizas y regresaba de entre las llamas. De él aprendí la frase “sin claudicar”. No ceder, no rendirse, continuar, así parezca que es imposible. Siempre ha sido mi mantra, el significado detrás de esa ave mitológica, por algo mi nombre es René, que viene de Renato y significa renacido, una palabra que me ha definido y que me ha ayudado en distintos momentos en mi vida en que he tenido que resucitar, levantarme después de caerme, en el eterno comienzo hasta llegar al lugar y momento correcto.  

    Lo preciso, lo certero, como las pinceladas del pintor en fotografía Roger Deakin, un artesano de la imagen y su belleza, que con cada escena, juego de colores, luces y sombras, lograba como James Bond cuando seducía a cada nueva chica Bond, encantar a mis ojos y mi mente, sobre todo en una escena en la que James debatía con Q sobre si la edad era igual a eficiencia o la juventud a innovación, mientras contemplaban el cuadro de J. M. W. Turner, El último viaje del Temerario (The Fighting Temeraire).



    Dicho cuadro un año después cuando tuve la fortuna de volver a Escocia, se convirtió en mi mayor motivación para conocer la Galería Nacional de Inglaterra, pues no solo retornaría al que hasta la fecha, es el país que más me ha encantado conocer y al que volvería mil veces(Escocia), sino que tal cual Harry Potter buscando el andén ¾ en la estación King's Cross de Londres, así de emocionado estaba al viajar en tren desde Edimburgo hasta la capital británica. En un tiempo antes de grandes avances en celulares inteligentes, la proliferación de aplicaciones o la posibilidad de aprender de todo en 5 minutos gracias a un tutorial de Youtube, me encargue old fashion way a usar cada mapa de recorrido y tríptico de los museos para poder hacer posible que mi esposa en ese momento, pudiera cumplir su deseo de conocer sus obras favoritas expuestas en el Museo Británico, la Galería Nacional y el Tate Modern, ya que solo teníamos una tarde, el resto del día seria para conocer con una película terrible el formato IMAX (era ver a Vin Diesel en Riddick 3 o quedar con ese pendiente) y visitar el Madame Tussauds.






    Fue todo un éxito la misión, ya con un recorrido a las obras puntuales el tiempo rindió lo suficiente para que ambos pudiéramos con calma dar una última caminata en la Galería Nacional por separado, para mi el momento para lograr lo que quería desde que supe que conoceríamos juntos la Galería donde Bond recibe los Gadgets de Q. No fue precisamente Navidad para James pero si para mi. Buscando el lugar donde estaba ese banquillo que salía en aquella escena, lo conseguí pero no estaba El último viaje del Temerario, se encontraba en otro lugar de la galería según un guía que me explicó que habían cambiado de puesto la obra porque en su posición habitual no había donde sentarse y poder rodar la escena (un bello ejemplo de como incluso lo real en las películas es ficción)


    De camino a la ansiada obra atravesé una suerte de habitación que conectaba dos salas, y allí estaba, como desapercibido, pero capturando toda mi atención, como el amor a primera vista que ocurre supuestamente por accidente pero puede perdurar toda la vida, estaba el cuadro, de Tiziano Vecellio. Alegoría de la prudencia la pintura de un hombre joven, otro maduro y un viejo, cada uno con una respectiva  efigie de animal debajo de ellos, la cabeza de un perro corresponde al joven, otra de león al hombre maduro y finalmente un lobo como avatar destinado al anciano, junto a una leyenda que decía: 

EX PRAETERITO / PRAESENS PRVDENTER AGIT / NI FVTVRA[M] ACTIONE[M] DETVRPET
"A partir del pasado, el presente obra con prudencia para no arruinar la acción futura"



        Es increíble como hay creaciones que conectan a un nivel tan individual que el corazón te engaña y te hace creer que esa música, imagen, textura y color, hablan solo tu idioma, estimulan tus sentidos, emociones y pensamientos de forma única y a nadie mas, a nadie más que a ti, porque aun cuando es ajena es tuya, el egoísmo en su forma más pura. Minutos después conseguí El último viaje del Temerario, pero esa pintura que tanto anhelaba al final fue en propósito lo que hizo posible la seducción de la Alegoría del tiempo , y nada que ver con los méritos de una obra sobre otra, es algo que no tiene relación con eso, no es una competencia o un duelo, es indefinible, pero básico y sincero. 

Han pasado diez años y esa pintura siempre evoca en mí, los recuerdos buenos y malos, los errores y los aciertos, todo como un gran maestro, que debes recordar no olvidar cada día para no hacer aún más difícil e incierto el futuro más allá de lo intrínseco en su naturaleza, pues es humo que merece ser tratado como un sólido impreciso. 


        Mi imaginación siempre crea la escena de cuatro hombres llamados: Hoy, Ayer, Después y Tal vez, sentados en una mesa circular. Jóven, hombre, viejo y borroso, sin rostro. Reían, nostálgicos y soñadores, sin saber por qué. Un joven contradictorio y altivo, dueño de razón y versión única, aún preso sin saberlo de sus inseguridades y  dudas, El hombre ansioso, infecto de resentimiento y desesperación, lleno de recuerdos, promesas rotas, excusas y reconquistas.  Perdido, víctima de la culpa y del miedo que retiene y ciega en su penumbra. El anciano, con su parsimonia y perspectivas, se detiene y deleita, libre de la seguridad de un nuevo día, invitado vitalicio de salas de espera y despedidas, maestro de consejos que no siguió en su momento, y el difuso, gordo de posibilidades, con verborrea de realidades alternativas, tantos rostros y a la vez ninguno, dueño de fantasías que ocultan verdades, como realidades que disfrazan sus mentiras. Los cuatro juntos brindaron a la salud de un deseo incógnito, que desconocía si se había sido o no cumplido. 







    La ironía que una película de acción me inspiraría a nivel poético como en su momento lo hizo la Sociedad de los poetas muertos y su carpe diem, reside en que nada se debe subestimar, nada debe ser definido del todo por un precepto. Con respecto a Bond y su saga cinematográfica, hoy dos películas después, puedo decir que Skyfall fue como esa pintura que conectó conmigo al punto que dudo que otra versión y misión de 007, logre lo mismo, y está bien, con una basta y sobra.




    Solo rescato la canción de la última entrega cuando Skyfall cumplió una década 


That I'd fallen for a lie?  ¿
You were never on my side 
Fool me once, fool me twice 
Are you death or paradise? 
Now you'll never see me cry 
There's just no time to die

No hay tiempo para morir... 

Ciertamente como buenos fénix. 





martes, 23 de mayo de 2023

Luz, cámara y recuerdos. Parte 6

 

Avatar (2009)

  
     Me encontraba por cuestiones de trabajo a finales del 2009 en Ecuador, brindando con una cerveza con mi amigo Jorge, el era un socio de negocio en aquel momento en el que conocíamos juntos no del todo la mitad del mundo, pues literalmente, la Ciudad y Monumento a la línea ecuatorial que divide al planeta en dos hemisferios, estaba construida en el lugar equivocado, en base a mediciones del siglo XVIII por parte una misión geodésica francesa, específicamente a 240 metros del lugar exacto que ya habían descubierto los indígenas gracias a su cosmogonía, supuestamente primitiva. Aunque existía esa falla igual ignoro la razón más allá del efecto placebo, de la mente y sus poderes de sugestión pero en la línea meridiana trazada para turistas (delgada y no como los 5 kilómetros que debería abarcar) se podía sentir una fuerza magnética que como cuerda de trapecista desafiaba tu equilibrio y podías “caer” en el norte o el sur.



    Justo esa palabra… equilibrio, está relacionada con el nombre y termino Ecuador, que proviene del latín aequator, que significa igualador, y esa es la clave del equilibrio, el balance, dos partes iguales como las mitades de la Tierra, que hacen posible que un huevo se quede inmóvil sobre un clavo sin caer y romperse. El mismo principio para todo en la vida, la justa medida, la correcta proporción en prioridades en lo que respecta al trabajo, las pasiones y distracciones, los amigos, la familia, la pareja y la individualidad. Algo que suena lógico en teoría pero en la práctica es todo un arte de mantener como malabaristas de la vida y sus aristas.



    En ese momento me encontraba rodeado de tantos cambios, cosas por hacer y proyectos por llevar a cabo, que mi mente y espíritu necesitaban una pausa para continuar, y es que muchas veces tantos estímulos llevan al actuar en automático disfrazado de instinto, como siguiendo un mecanismo, por miedo a la quietud, al instante callado, al dudar, al pensar, olvidando que del apuro muchas veces queda el retraso. Recién el año anterior a ese momento, había empezado a viajar al exterior, a salir de lo conocido, a descubrir lo que había en cada lugar y cultura más allá del estereotipo; una cosa era leer en un libro o en Internet, y otra lo vivido in situ, la misma diferencia que la experiencia entre un turista y un migrante, el día y la noche, la realidad vs la teoría.

    En medio de mi vorágine mental y emocional, por estar al mismo tiempo empezando mi pequeña productora audiovisual y acompañando a mi esposa con su negocio independiente en un multinivel. Si, ciertamente también fui uno de esos con una chapa de Pierda peso, pregúntame como! y de los que leía Padre Rico y Padre Pobre  y repetía “felizmente insatisfecho que si no se trabajaba en tus sueños trabajabas en los de alguien más; finge hasta lograrlo;  los exitosos no hacen lo que les gusta sino lo que les conviene... Sin duda a mi yo de 27 años le faltaba mucho por aprender, sobre todo saber la respuesta a la pregunta de que es más importante estar en lo correcto o avanzar?. Solo existía algo en mi en real equilibrio en ese momento, el balance entre la tecnología, lo artificial y la naturaleza y lo palpable.
   
     Luego de subir en el teleférico de Quito recorría  el Rucu Pichincha y sonreía pensando en la pendiente con el mismo nombre que subía y bajaba semanalmente de camino a casa en Venezuela, también me alegraba porque ya tenía entradas para la función de Avatar, la última película de James Cameron desde el Titanic. Se trataba de una nueva apuesta al 3D en el cine, de la mano de un maestro, que transformaría ese formato en desuso casi excusa para cobrar más en las entradas a algo que valía la pena experimentar. En Maracaibo hasta ese momento los proyectores de los cines, no estaban actualizados, así que estar en Ecuador tenía un plus para mí yo cinéfilo.


    A pesar de que James Cameron no está en mí Top, soy más de Quentin Tarantino, Christopher Nolan y Ridley Scott, era innegable la huella, el aporte y el legado del director de Terminator, así que nunca se apuesta contra Cameron, quien tiene 3 películas entre las 5 más taquilleras de la historia y una de ellas en primer lugar, así que siempre valdrá la pena, porque el entiende que el cine, es una experiencia en colectivo que debe mover tus sentidos y maravillar incluso cuando crees que los has visto todo. Me decía disfrutando la vista y respirando el aire de aquel lugar. 


        Llegó la noche de aquel día y fui junto a Angela, Jorge y su esposa al Centro Comercial principal de Quito, pasé justo enfrente de una tienda para zurdos y me sentí en un capítulo de los Simpson entrando al negocio de Ned Flander. Llegamos a la sala después de recibir nuestros lentes de 3D, muy diferentes a los anaglifos del tiempo de De la Muerte de Freddy de 1991, aquellos de cartón azules y rojos, que solo lograban una ilusión óptica de imágenes superpuestas y movimiento en lo estático. Estos traídos por James Cameron eran el ticket de entrada para una experiencia cinematográfica. La sensación de profundidad, de nitidez y definición que te hacían sentir como montado en una atracción de parque temático. 


    Intentaba sortear a mi mente de cinéfilo crítico y no pensar en que la historia era un calco de la película Danza con Lobos y también, eludía al mal humor que me causaba escuchar a la esposa de Jorge preguntar cada minúscula duda sin adecuar el volumen de su voz, casi respirando como lo hacía en el Rucu Pichincha horas atrás, cuando meditaba. Pero la realidad es que gracias a la sencillez de la trama pude durante las tres horas de duración de Avatar tal montaña rusa transitar por varias emociones, pensamientos y sensaciones. Después de normalizar el uso de los lentes y el efecto de las imágenes en 3D, me sumergí en ese nuevo mundo, Pandora. 



    Al igual que el Señor de los Anillos con su viaje a la Tierra Media o Star Wars a una Galaxia muy lejana, ese era el objetivo del director de Avatar, transportarnos a otro mundo porque ese es el para qué del cine más allá del cómo y el qué. Notaba además paralelismos y puntos comunes con otras obras de Cameron, el hombre desafiando sus límites y a la naturaleza en Titanic vs el iceberg, el instinto materno de proteger más allá del seguridad propia o egoísmo tanto de Ripley con la niña Newt como la Reina con sus huevos en Aliens; también el peligro en quién usa la tecnología como el fuego que quema o el auto que asesina en Terminator, sin olvidar en su secuela, en la cual puedes encontrar humanidad en las máquinas cuando un robot se vuelve una perfecta figura paterna. 




    
    Temas que como poesía se repetían y rimaban, en una historia en la que una raza de seres azules se conectan a lo primario, a la Madre Tierra, los elementos y vida salvaje, y donde impera la dualidad entre la naturaleza y la ciencia que hacía posible que un humano invalido que conoció Venezuela pudiera correr a través de su avatar azulado (cabe acotar que los Tepuyes de Canaima inspiraron a Cameron en la creación de Pandora).

Premisas que volvían a mi trece años después en otro país con otro idioma, pues me encontraba ahora en el 2022 en Brasil, solo en una sala de cine disfrutando de Avatar:Way of Water, en inglés con subtítulos en portugués que hasta ese momento no entendía del todo bien. Tanto yo había experimentado entre las dos películas de la saga de James Cameron, que pensé en eso que me encanta cuando hago maratones de películas de trilogías o ciclos de la filmografías de directores. Cada película es una cápsula que captura como un disco, el momento en que fue hecho y en el que se disfruta, tiempo que no siempre es el mismo. Algunas cosas perduran, otras se pierden o se olvidan y muchas mutan.


    La primera Avatar la vi en Ecuador y la segunda en Brasil, detalle que me hacía preguntarme con curiosidad y diversión en donde vería la tercera y en qué idioma. Entre la uno y la dos, estuve casi 10 años casado, me divorcie, migre a Argentina y ahora estaba soltero y vivía y trabajaba en Sao Paulo, haciendo corto un cuento largo, Argentina fue esa mujer de la que te enamoras, y a pesar de haber soñado con ser su pareja, la relación mas allá de tus esfuerzos y amor mutuo no funciono, y Brasil, es la mujer que creías no era tu tipo, y con la que nunca te imaginaste conversando, y termino siendo una novia que te espera con los brazos abiertos y es fácil de amar; sin duda muchas cosas que contar para próximos momentos y películas; pero lo que sí puedo decir es que mientras veía de Way of Water conectaba con la temática a otro nivel; después de la pandemia acostumbrados a los precios y “comodidad” de ver películas en casa gracias a alguna aplicación era vital recordar lo especial de la gran pantalla, la maravilla de descubrir imágenes ricas en color, ritmo e imaginación de la forma en que quisieron ser disfrutadas, como juguetes que no quieren vivir en una repisa sino en la mano de un niño, las películas como Avatar son para verlas pagando una entrada, sentados y desconectados de todo dispositivo, sencillamente apreciando la creación del visual artesano.


        Una historia que me provocó un antojo de disfrutar del sonido de la playa, de darle cariño y recibir afecto de mi perrita Ahsoka y de inhalar y exhalar paz en el Pico do Urubu; y justo eso hice, sentado en esa cúspide observando la ciudad en la que vivo, tal cual lo que somos, miniaturas, y antes de silenciar los pensamientos y meditar, reflexione sobre observar las cosas, los entornos y a las personas a través del prisma del tiempo.










    Las películas por ejemplo, no cambian, solo nosotros y nuestros contextos. Skynet y sus alcances en Terminator sonaba a futurista y ahora la inteligencia artificial es una herramienta práctica, cotidiano y de debate. La robótica es material de clases en muchas escuelas, la vida como una simulación de la Matrix, es la privacidad a cambio del reality individual de las redes sociales y la necesidad que se sigue expandiendo en el mundo "real" como en la película de James Cameron de tener un Avatar, un nuevo yo, una persona virtual para poder caminar en un mundo sin límites ya no es fantástico, como una novela de Julio Verne que es cada vez más ciencia y menos ficción.