Me siento muy afortunado de haber tenido la oportunidad de realizar este libro: “Un mundo en mi mochila”. Una obra cuyo título tiene varias connotaciones, una de ellas es que es el título del cover en español de una canción original de The Police “A man in a suitcase”; otra podría ser que representa visualmente el desapego y minimalismo por necesidad que adopta el inmigrante, y además tiene otros significados que descubrirán al leerlo en formato de Ebook. Dicho Ebook estará disponible a partir de febrero y podrán descargarlo gratis y compartirlo con amigos y familiares en cualquiera de sus tres versiones: español, portugués e inglés.
Esta obra recopila 15 historias de inmigrantes alrededor del mundo junto a la participación de Kelly Baptista, una psicoanalista, conferencista y mentora de inteligencia emocional de Brasil que aporta su visión sobre la realidad de quien deja su país, y comparte a su vez, su conocimiento y sugerencias en cuanto a las herramientas mentales y emocionales que pueden ser útiles para estas personas a la hora de encarar sus nuevas rutinas.
En los relatos documentados encontrarán momentos determinantes en la vida de “los que se van y los que se quedan”. Sus desafíos y triunfos. Vivencias que nos dejan aprendizajes, inspiración y fuerza. Un mundo en mi mochila también es una muestra de lo que se puede lograr cuando se suma a la experiencia y creatividad humana, las herramientas de inteligencia artificial en materia de creación de imágenes, diseño, diagramación y traducción.
La portada del libro es blanca con naranja con chico un joven con su mochila viendo el atardecer pues representa el sol que cae y nace, debido a que la contraportada es un resplandecer de atardecer, básicamente los ciclos y en la teoría del color tenés naranja que tiene que ver el progreso, que tiene que ver con el con el éxito pues es lo que persigue el inmigrante , la aspiración de un futuro mejor.
Una búsqueda que se convierte en una suerte de videojuego, mes a mes vas pasando mundos, superando desafíos y aprendiendo nuevas habilidades. Es un juego que no se termina y en el cual, lo más importante no es jugar, sino seguir jugando y no caerse del tablero así caigas en la casilla equivocada y te toque empezar de nuevo.
Sin temor a equivocarme creo que después de la pandemia del 2020, todos hemos comprobado que nuestras certezas y "realidades" pueden cambiar de un día para el otro, nuestros afectos y rutinas no se deben dar por sentado, y es por eso, que siento importante, compartir no sólo mí experiencia, mis batallas y treguas o hasta sorpresas, sino también la de otras personas que como yo, se redescubren en un foráneo escenario como un personaje extranjero cuyo futuro es el hoy que no habían imaginado.
En definitiva ha sido toda un experiencia de aprendizaje tanto en lo técnico como en lo humano hacer este libro, significó retomar mis raíces periodísticas y abrirme al trabajo más en colectivo que he hecho hasta el momento, sin duda para mi, mi primer libro, un novela de fantasía, fue más una exploración a mi mente e imaginación, el segundo, un poemario, un viaje y ventana a mis sentimientos y mi alma, y este, es lo tangible, lo que dejas ir, lo vivido y lo que se mantiene contigo en esa mochila, es lo real, es el cuerpo mismo con sus cicatrices, debilidades, habilidades y fortalezas. Que se resumen en aprender a “escuchar más, juzgar menos, ser más gentil y empático con el otro y menos cruel con uno mismo”.
A medida que sigo en este viaje al pasado guiado por las películas estrenadas en tiempos claves de mi vida, me doy cuenta, que los finales de década vienen acompañados de películas de culto, como ocurrió en 1989 con Batman de Tim Burton y la supuesta última (mi favorita cabe acotar) película de Indiana Jones (The Last Cruzade) las cuales fueron la puerta de entrada al arte que tanto me ha dado, lo mismo se repitió con el final del siglo 20 con The Matrix y Fight Club (ambos films cada vez más vigentes a nivel filosófico), y es que justo en 1999 pasaba de la secundaria a la universidad, un momento que todavía considero como definitorio y la más disfrutable transición desde que tengo memoria. Paso el 2009 y con el El Secreto de sus ojos e Inglourious Basterds, dos obras maestras que me hacen recordar el año en que por primera vez le daba un uso a mi pasaporte y en el que aprendí la importancia de desaprender, salir de lo conocido y nutrirse de lo que para otros es cotidiano, y para unos nuevo o raro, simplemente, ser un turista, una pequeña muestra, del próximo escalón, la inmigración. Llegó el 2019, un año donde la nueva etapa en mi vida, la de extranjero, iniciaba, 12 meses llenos de tantas experiencias, cambios, cicatrices y sabiduría. A un año de la pandemia que cambiaría al mundo, un año de estrenos: End Game, Joker, Once Upon a Time in Hollywood, Ford v Ferrari y la sorpresiva Doctor Sleep.
Veía el cielo de Buenos Aires desde la ventanilla de mi asiento de avión, nueve meses antes de estar sentado en una butaca para ver la secuela tanto del libro y joya de Stephen King (The Shining) como del clásico del cine de Stanley Kubrick, detalle importante, pues aunque pareciera redundante, ambas obras son como los hijos de una misma madre y distintos padres, padres que se odian entre cabe agregar (Stephen King detesto el trabajo de Kubrick al adaptar su novela) así que no es poca decir que Doctor Sleep de Mike Flanagan es el intento exitoso de ser la continuación de ambas raíces. Pero volviendo a ese instante previo desde los cielos, cuando se evidenció cómo era posible ser dos personas con 180 grados de diferencia en un mismo año en el lapso de un poco más de 270 días.
Era el 07 de febrero del 2019 y aterrizaba en Argentina, admito que no sentía tristeza por irme de mi país, ya que habían sido en lo personal dos previos años repletos de momentos densos y en algunos casos traumáticos, tampoco por dejar de ver a mis padres, pues estaba seguro que máximo en un año los vería de vuelta, tenía esa estúpida certeza (todas lo son, pues nada de lo que no esté en nuestras manos en el momento presente, está realmente bajo nuestro control, y todo lo que puede pasar pasará, para bien y para mal) Llegué y a los pocos días ya estaba instalado, mientras conseguía un departamento, en una cómoda residencia, habitada en su mayoría por jóvenes venezolanos en búsqueda de un nuevo futuro en la capital porteña. Recuerdo en especial los domingos en el área común disfrutando junto a varios de mis compañeros de residencia los capítulos de la última temporada de Games of Thrones.
La vida es un incendio, cuando pasa no te da tiempo.
Una linea propia que pude corroborar en mi habitación de la residencia, al segundo mes más allá de lo metafórico cuando desperté a mitad de la noche entre gritos y humo negro. Recuerdos de bajar entre dormido y despierto, las escaleras de espiral en penumbras evitando pisar vidrios rotos y rozar las llamas que consumían a un departamento. En plena calle descalzo y en invierno, rodeado por patrullas de policía con sus sirenas junto a camiones de bomberos. El camino surreal a la emergencia en una ambulancia, observando casi desdoblado momentos que mientras pasaban, cuestionaba si eran o no producto de un mal sueño. En un instante la vida se resume en decidir entre detenerse, pensar, no hacer nada o seguir más allá del miedo.
En Venezuela había estado expuesto a situaciones difíciles, frustrantes y a la vez absurdas, pero no me preparo más allá de entender la victoria de los náufragos y al incendio que es la vida, a lo significaba el nuevo comienzo (con temor a que se haga eterno o en ecos) de ser un extranjero, no importa lo vivido o la teoría, la práctica es otra cosa. Aquel incendio me recordó lo frágil y fugaz que es la vida, y lo importante que se hacen los amigos y familia cuando más lo necesitas y estás lejos de todos ellos; se trata de aprender a hacer música incluso cuando hacen faltan cuerdas, y es que a todos nos faltan así sea una siquiera, es hacer propio lo ajeno, aprender viejas palabras con nuevos significados, el lapso entre el por ahora y el mientras tanto. Cuándo viajar no son vacaciones y una maleta resume tu casa, tu historia, lo salvado, lo perdido, lo encontrado y el descubrimiento.
Así transcurrieron los meses y algo nuevo para mi, las estaciones. De Maracaibo, una ciudad con un sol incandescente de temperatura siempre al límite, que alterna el año entre humedad seca y otra con lluvia, a la Ciudad de la furia que nunca duerme, donde puedes pasar del fashion del invierno a los colores de la primavera, la comodidad de vestuario del verano, para terminar seducido por la inexplicable inspiración para escribir sentado en el tren o en el subte que me daba el otoño. Alternando trabajos paga cuentas y algunos lamentables con idas al cine que me regalaban oxígeno, como aquella en la que tuve el placer geek de escuchar entre gritos de emoción de fans en una sala de cine abarrotada, el chasquido de Tony Stark y su I am Iron Man antes de derrotar a Thanos. Once años atrás era improbable imaginar a Robert Downey Jr como una estrella taquillera, mas bien era para quien lo recuerde, una apuesta suicida en taquilla, incluso recuerdo comprar mi entrada para la primera Iron Man, rápido “antes de que la sacaran de cartelera”, siempre lo había admirado por su versión de Chaplin y su rol en una de mi lista de favoritas: Wonder Boys, así que era hora Downey, te lo merecías, todos podemos volver cambiados, el poder de las segundas y hasta terceras oportunidades.
Días de quedar exhausto hasta el punto de caer desmayado en mi cama tras una jornada de trabajo pesado; en mi país a duras penas no rompía la pared al clavar mal un clavo para colgar un cuadro, y en Argentina, en cambio, trabaje en un depósito descargando muebles y equipos para presentaciones de productos de marcas de lujo. En Maracaibo tenía una vajilla de vasos de aluminio o de plástico cansado de la torpeza con cualquier cosa de vidrio, y allí estaba trabajando algunos fines de semana, en un restaurante haciendo suplencias u horas extras, sirviendo cenas rezando no dejar caer ninguna bandeja, o lavando copas y fajinandolas contento si terminaba sin ninguna rota, aprendiendo el arte del enjuagado y secado con trapos mojados con alcohol.
Debido a todo eso, puedo decir hoy que si no fuese por la belleza de Buenos Aires, y las películas que se estrenaron en ese año pre Covid 19, habría seguramente colapsado. Una vez cuando me subí en una plataforma de madera para no mojarme y ensuciarme, cuando me toco por ser nuevo en el trabajo desahogar el baño de los trabajadores, que por una intensa lluvia se había desbordado al punto de ser un río de aguas negras. En esa ocasión literalmente de mierda, cerré los ojos, calme mi respiración, me dije falta poco, falta poco, tu puedes, ya casi, ya casi termina, y me imagine en mi fin de semana, de dos porciones de Pizza de Guerrin… a veces para recordar a mi padre pedía una de anchoas. Visualice la noche en Puerto Madero que no puede ser más preciosa, con sus colores y luces reflejadas en el agua. Recorriendo la Avenida Corrientes y llegar justo cuando comienza una función en el Cine Lorca; de esa mágica sala recuerdo en especial la proyección de Once Upon a Time in Hollywood, una película que admito que cuando la vi la califique con un ⅗, y la coloque entre las últimas en mi top de Quentin Tarantino, pero cada vez que la veo nuevamente, me gusta más, me relaja, verla es como compartir con un amigo con el que da igual si te quedas callado un rato tomando una cerveza.
Entre besos en el Cementerio de Recoleta, el glamour nocturno de Palermo, el disfrute bohemio de San Telmo con su tremendo dulce de leche y la infaltable e infatigable foto con Mafalda, recargaba las baterías de mi espíritu, enamorado de un país en el que siempre quise vivir después del mio, al sentirlo tan próximo, gracias a Ricardo Darín y sus 9 Reinas, el Túnel de Ernesto Sábato, y la Fuerza Natural e Euforia que son Gustavo Cerati y Fito Paez. Incluso pude redescubrir mi cultura siendo extranjero en otro país, ya que nuestra comida, en especial los tequeños habían conquistado a nuestros hermanos argentinos, y pude también asistir y participar como apoyo en el Festival de Cine Venezolano, donde no solo tuve el gusto de ver la película Tamara junto a su directora, el protagonista y la persona de la cual estaba basado el argumento, sino que a la vez me enamore del Centro Cultural San Martín, ese lugar logró superar por una nariz a lo que sentí en la Librería Ateneo o el Teatro Colón, así que a pesar de las malas experiencias, CABA es una mezcla contradictoria, llena de texturas aterciopeladas y ásperas.
Luego del Festival de cine, visitar el Centro Cultural se volvió un destino obligado cada fin de semana, allí pude disfrutar de películas que amaba pero que nunca había podido por mi edad ver en su fecha de estreno en la gran pantalla, como fue el caso de Trainspotting. Un ciclo en especial fue todo un lujo, el de uno de los directores que más me impactó cuando alternaba cine de autor con Las Tortugas Ninjas o los Thundercats: el ciclo del cineasta y genio Stanley Kubrick. Gracias a ese lugar pude deleitarme como se debe de 2001: A Space Odyssey, A Clockwork Orange, Doctor Strange Love y la genial The Shining.
Su simetría, frialdad inquietante, música clásica e imágenes memorables y espeluznantes, eran como sus personajes, un baile entre lo impoluto y la locura, casi calculada, como la corbata verde de Jack que emulaba el laberinto del Hotel Overlook de The Shining, un laberinto que cambia de forma, haciéndose más intrincado y demencial como un padre persiguiendo a su hijo con un hacha entre la nieve y el frío asesino. Elevadores que se abren dejando ir un río de sangre que desemboca en la paranoia. Cine perturbador, pero que te invita a pensar y entender ese arte, como lo que es, una creación en colectivo, que estimula a quien lo disfruta, tocando nuestras fibras más íntimas, y luego como un sabor rico en historia, se convierte en ondas expansivas en la memoria.
Esa sensación familiar la sentí cuando celebraba solo mi cumpleaños por primera vez en mi vida, ese día había caído entre semana así que tendría que esperar al viernes o sábado cuando pudiera reunirme con Sharon, la little sister que deje en Argentina, ella me iba a preparar mi plato favorito después de la pizza, el pasticho venezolano. Tocaba esperar, así que ese 14 de noviembre lo celebre junto a Ewan McGregor y lo que fue para mi la sorpresa del 2019, Doctor Sleep. Pensaba que era imposible que funcionara una secuela del Resplandor, pero como un deja vu, que sin ser repetitivo, fue como una extensión de lo que ya era una zona de confort, ya que para mi el cine en todos sus géneros cuando esta en el tope de su juego, es eso, da igual si es terror, igual me saca una sonrisa
"Danny Torrance : El hombre se toma un trago. La bebida se toma asimisma. Y luego el trago se bebe al hombre. ¿No es así, papá?
El cantinero : Medicina. Medicina es lo que es. Una auténtica cura para todo. La mente es una pizarra, y esto es el borrador"
Esas líneas siempre vienen a mi cuando toco fondo, como cuando lejos de mi familia ese año supe que a mi papá le había regresado el cáncer. Ganas de tomar para sedar y olvidar, un líquido analgésico que te puede tomar a ti. Esa escena se me grabó en el corazón y la llevo conmigo, como una advertencia a la cual respeto muchísimo, esa del niño que antes jugaba con su triciclo en los pasillos alfombrados del hotel embrujado, y ahora era un hombre en la barra junto al fantasma de su padre, aquel que intentó matarlo. Un alcohólico demente tentando con una botella desde el mas allá a su hijo que solo anhelaba dejar de ser un adicto, redimirse y salvar a una inocente de fantasmas y una vampira de espíritus. Rose the Hat, era aquella hambrienta de almas que “resplandecen”(shine), interpretada magistralmente por Rebecca Ferguson, al punto que es de esos personajes que me provocan envidia, aquellos que son tan cool en su diseño, ademanes y voz, que desearía haberlos creado yo.
Películas como Doctor Sleep me inspiran a sentarme a escribir, no solo las experiencias propias o ajenas, a favor o adversas, sino también esa ficción que sin sellos en el pasaporte te permiten viajar con tu mente a un lugar que te regala regresar a la realidad más fuerte, sanado y esperanzado. Aseveraba interiormente junto a la mejor compañía en la mejor vista nocturna y aérea, brindando con el Obelisco y la 9 de Julio, de fondo, allí como se debe brindar, con relax y celebración, me despedí del país donde es un arte el cebar el mate, donde existe miedo a la yerba lavada, cuna de las juntadas y el fernet con Coca, del mejor helado y asado y las mil y un despedidas, de las mudanzas y las herencias en vida, madre de tres Copas Mundiales y de tantas cosas que no caben en rimas.
Era Diciembre del 2001 cuando caminaba a días de navidad con Ignacio, mi amigo del colegio y ahora de universidad que me acompañaba a matar el tiempo tal cual mallrats en un centro comercial antes de volver a casa. Nos detuvimos en el área de cines y escogimos la función más próxima sin darle muchas vueltas. Compramos entradas para la primera película del Señor de los Anillos, y en mi caso, aparentemente por quizás vivir en una cueva o bunker no tenía ni idea de esa adaptación y de la obra de Tolkien; sinceramente hace 20 años lo más cercano a fantasía que veía era Star Wars, que en sí misma es una mezcla de aventura, fantasía y ciencia ficción.
La película de Peter Jackson de entrada con un prólogo épico en todo el sentido de la palabra, me atrapo, es lo que yo llamo un film con magia dentro y fuera de la pantalla, un clásico instantáneo, pues hay películas entretenidas, buenas o excelentes, pero obras maestras hay pocas y La Comunidad del Anillo lo es. Fue un privilegio poder disfrutar por primera vez en una sala de cine esa amalgama entre un buen guión, elecciones de casting que calzan como guantes, banda sonora y puesta en escena magistral, sin margen de error, y ni hablar de algo novedoso a principio de este siglo, el uso a ese nivel de la colorización. Colores vibrantes, con un brillo que casi difuminaba la nitidez de la imagen, lograban su cometido, hacerte sentir en una Tierra Media, en un lugar donde existían los elfos, enanos, magos y hombres, y tal cual A New Hope, Alien o Blade Runner, que empleaban el ”futuro gastado” el Señor de los Anillos se sentía como un lugar fantástico que no parece nuevo o falso, un universo donde generaciones han transitado, sudado y luchado.
Salimos de la función y fui al cumpleaños de Hugo, un amigo y vecino que de seguro lo debí haber aburrido al contarle, sin el haberlo pedido, en detalle y cuidando los spoilers, lo que fue ver esa película. Como evangelizando a todo el mundo ese fin de año y principio del siguiente sobre los apóstoles Tolkien y Jackson . Era esa sensación adictiva de nunca tener suficiente, y así, que a diferencia de como me pasó con Batman con el que entendía que tendría que esperar años para ver otra versión después del desastre que fue Batman y Robin con George Clooney, y también comprendía, que entre pelis de Star Wars era incluso mejor la diferencia de años para poder deleitarme con nuevos avances de tecnología, en este caso al saber que los libros estaban escritos en ese momento desde hace casi medio siglo, era cuestión de sentarme a leer la joya que nos dejó J.R.R. Tolkien.
Fue la primera vez que compraba libros por gusto y con ansiedad de terminarlos, antes eran los clásicos que asignaban en el colegio y me traían mis padres, y si, muchos me llegaron a gustar, como los de Garcia Marques, Sabato o Quiroga, pero esto fue otra cosa. Logre adquirir una versión de colección que unía la trilogía del Señor de los Anillos como quería publicarla originalmente el autor, en un solo libro que incluia un diccionario para las lenguas de las distintas razas, glosario, ilustraciones de Alan Lee y mapas. Como si fuese ayer, siento la sorpresa y suspiro al final de la primera parte de las Dos Torres, Sam golpeando las puertas luego de no poder hacer nada cuando se llevaban unos Orcos a Frodo, por qué él equivocadamente lo dejó al creerlo muerto. Me sentí como un idiota por burlarme antes de mi amigo Humberto, quien era fan de Harry Potter, para mi , eran “cosas de niños”; en (realidad fue la inseguridad de cuando te importa mucho lo que digan los demás de tus gustos, pues lo que criticamos o de lo que nos burlamos, muchas veces es un reflejo de complejos e inseguridades) me tocaba comerme mis palabras y las paginas de J.K Rowling.
Cada novela de fantasía que me devoraba junto a mi primo Alex durante el año siguiente fue casi como un analgésico para transitar aquel 2002; nos lanzábamos entre sí libros, tomando turnos capítulo a capítulo, y así, leímos juntos el libro Harry Potter y el Caliz de Fuego, de un mueble a otro donde nos recostábamos en la sala de mi casa en aquel año denso y doloroso para todo venezolano, al ser el año que marcó el inicio del fin de 40 años de democracia. Hace 10 años, en 1992 un militar llamado Hugo Chávez había intentado dar un golpe de estado, pero fracasó, estuvo en prisión y luego, gracias a una jugada política de esas típicas, absurdas y que condenan a los ciudadanos en Latinoamérica, fue indultado, así que allí estábamos una década después con Chávez como presidente, y mucha gente con el sabio mal presentimiento que nada iba a terminar bien.
Ese año transcurrió entre protestas multitudinarias por las acciones del gobierno que buscaban modificar la constitución del país para hacerla a su medida, atentando con las libertades de expresión, políticas y económicas, eso llevo a paros, protestas que redundaron hasta volverse en una gran marcha en Caracas, la capital, que terminó en una masacre. El presidente apostó francotiradores en un puente, tumbó la señal de televisión abierta y comenzó la balacera. Una acción brutal que impulsó a que el alto mando militar le solicitara su renuncia, y así logramos nuestro falso día de libertad, pues tras muchos “errores” (esos que cuando se repiten demasiado durante los años te hacen dudar si son accidentes o al azar)después de solo un día, lo tuvimos de vuelta en cadena de televisión con un cristo en la mano, y bajo la manga muchas medidas como el control de cambio, cierre o compra de medios de comunicación y la elección indefinida como herramientas para cristalizar lo que ya tiene mas 24 años, un neo narco totalitarismo, ya que la oposición en Venezuela, nunca ha tenido realmente un plan ni una benigna intención de gobernar, son como Hydra y Shield o los cerdos en la Rebelión en la Granja, esperando a que nuevo caballo sacrificar.
Las historias de Sauron, el anillo único, el poder absoluto que corrompe absolutamente, o las de Voldemort, el que no debe ser nombrado, y que busca aniquilar a cualquiera que piense diferente o pueda ser su adversario, lograban tres efectos en mi, distintos, parecidos e incluso contradictorios; por un lado lograban que mi mente viajara lejos de aquel escenario nacional y se maravillara con la imaginación que hizo posible el pasaje del libro Rowling, en el que Harry Potter junto al cadáver de Cedric Diggory debe enfrentarse con Voldemort, o aquel en el Retorno del Rey en el que Eowyn junto a Merry derrota al Rey Hechicero; y por otro me inspiraban a crear mis propias historias, me resultaban ficciones que decían verdades, ficciones que le podían ayudar a cualquier lector con desconocimiento de historia mundial, al darle con sus historias pistas para reconocer en cualquier líder o político a un potencial megalomaniaco.
Así que en ese 2002 me vi alternando entre participar en protestas contra el régimen, la universidad, escribir mi primeras historias de ficción, ver en casa de Humberto el trailer de Las Dos Torres con la música de Requiem for a Dream, y mi primera relación seria con una tremenda chica llamada Verónica, que me acompañaba en todo lo anterior. Con ella siempre estaré eternamente agradecido, pues fue una mezcla entre novia y mejor amiga y casi mi cheerleader personal, ella leía cada página que escribía, páginas que se volvieron mi primera novela (por ahora sin publicar) y que sirvió de base para mi tesis de grado en la Universidad, una radio novela de suspenso, El hombre sin rostro , que no debe extrañar de que tiene en su musicalización fragmentos de la banda del señor de los anillos. Definitivamente, habían demasiados sentimientos contrastantes conviviendo en mi durante esos 12 meses.
Llegó diciembre del 2002 y con él un paro petrolero que buscaba nuevamente derrocar al presidente, un paro que significó una herida en el corazón de Venezuela, una herida aún abierta. El intento fracasó y a la vez se prolongó más de lo debido, causando un daño irreparable en el país. Ingenieros y trabajadores de la industria perdieron sus trabajos, derechos y en muchos casos hasta su hogar. Pequeños y grandes empresarios y dueños de negocio no afectos al gobierno sufrieron la misma suerte. Más encarcelados, desaparecidos y muertos en vano. Recuerdo tristemente a uno de ellos, al padre de mi amigo Eduardo, quien se encontraba entre esos despedidos injustamente y que paso de tener una vida con ciertos lujos a vender papas fritas de forma ambulante en un bar (una noche con tristeza me lo encontré y le compre un paquete con dolor) poco tiempo después murió de un infarto, se presumía que a causa de una depresión.
Una negra navidad en que muchos no tenían gas en su casa o gasolina, cocinaban con leña y se reunían con amigos, familia o vecinos para hacer trueque con lo necesario o sencillamente pasar el rato al no poder ir al trabajo. Mi gran videoteca era una suerte de Cinema Paraíso en mi edificio, cambiamos de departamento cada tarde o noche que nos dábamos entre sí ánimos y distracción con un poco de cine.
Obviamente mi colección con algunos títulos de “dudosa procedencia” pero con impecable calidad de imagen, incluían a las dos primera películas de Harry Potter, el Ataque de los Clones de Star Wars y la que no llegó a estrenarse sino meses después en Venezuela: El Señor de los Anillos, las Dos Torres. Ver la escena del todavía no Emperador Palpatine en Star Wars en la que pedia poderes especiales más allá de la ley por el bien de la República Galáctica y su democracia, resonaban en ese momento tan próximas y dolorosas.
Como diría Padme Amidala tres años después en el Episodio III de Star Wars: “Así muere la democracia, con aplausos atronadores”. A lo que agregaría cada vez que siento la tentacion de desearles la muerte, las palabras de Gandalf
“Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.”
El viaje por la Tierra Media fue una aventura que abrió mí imaginación, un viaje que terminó de una forma magistral con el Retorno del Rey, una película que hizo que la gente un 25 de Diciembre corriera a comprar entradas en estampida cuando abrieron las puertas del Cine. Una obra maestra no solo literaria (uno de los pocos libros que he leído más de dos veces) sino cinematográfica, con un cierre de trilogía que ganó 11 Oscar, una hazaña que solo 2 películas más lo han conseguido (Ben Hur & Titanic).
La saga de Lord of the Rings más de 20 años después sigue siendo junto a la trilogía original de Star Wars y Back to The Future, historias en 3 actos hechas de forma inmaculada y si se quiere merecen quedar intactas, no necesitan remakes ni reboots ni nada que se le parezca, son perfectas. Ahora la obra de Frank Herbert, Dune (libro que como el de Tolkien influyó a la fantasía y ciencia ficción hasta la fecha) ha sido adaptado por un director a la altura del desafío, Denis Villeneuve (Prisioneros & Arrival) así que toca esperar cuando se estrene su última entrega, para ver sí esa obra acompañará a las películas de Peter Jackson, George Lucas y Robert Zemeckis. El tiempo lo dirá pero soy optimista, la fantasía que transmite realidad, nos cambia la vida.
El año 1999 fue uno mágico más allá de lo esotérico y superstición, lleno de energía y pasión, el fin de un siglo y comienzo del 21. Un nuevo milenio que mezclaba mientras se avecinaba expectativas con la paranoia al Y2K, por programadores que no pensaron en más de dos dígitos en la contabilidad de los años en los sistemas y en la red, convirtiendo al 2000 en un 00 que causaba miedo. Promesas del fin del mundo, lindas profecías y apocalipsis bancarios y bursátiles si todo después del 31 de Diciembre se llegaba en efecto a resetear según teorías de conspiración.
No cabe duda que el cambio era lo que se respiraba en el ambiente; romper, soltar e innovar. Meses llenos de películas que se volvieron de culto como Election o Fight Club y discos como Bocanada de Gustavo Cerati o Ecos punzantes del ayer de Zapato 3, que se convirtieron en determinantes y fuentes de mix tapes para escuchar en mi walkman con pilas recargables. Puntos de quiebre para melómanos y cinéfilos que se debían escuchar a todo volumen, como aconsejaba a gritos y distorsión Cristian Slater en aquella película de 1990 en la que era un DJ de Radio Pirata (Pump up the volume)
Me encontraba en el ojo de una bella tormenta, a punto de graduarme de secundaria y de entrar a la Universidad. Casi viviendo en casa de un amigo diferente cada fin de semana. Recuerdo a Scrappy, el perro de Leopoldo con olor a osobuco y cuyo pelaje según la leyenda era blanco y no color sucio. El piso lleno de discos rayados en la casa de Ricardo, de donde agarre el CD de Big Bang de los Enanitos Verdes antes de pedirlo prestado y recibir de respuesta un genial “llévatelo, te lo regalo”. Ni hablar de las idas a la casa de Daniel, el primer amigo que hice en el colegio, gracias conocerlo en un plan vacacional meses antes de comenzar el 4to grado. De niño con mi humilde colección de GI JOE era la apoteosis jugar con su caja de herramientas llena de figuras de acción con sus accesorios. Con los años pasamos a otro tipo de juguetes: los discos de Blink 182, Offspring y Garbage; un quemador de cds y mi primer contacto con el dvd, un formato cuya carta de presentación fue The Matrix, una obra maestra que no vi en el cine porque quería guardar el dinero para ver varias veces el regreso de la saga de George Lucas (un error del que hasta la fecha me arrepiento con todo mi ser, como pude ser tan idiota para no ver en el cine una película que revolucionó esa industria?)
Bueno, sigamos, hay que dejar las culpas y reproches con nuestra versión del pasado.
Amaba el arte de las portadas de discos y sus cancioneros, de la misma forma que los afiches de películas, las carátulas de VHS y los trailers de próximos estrenos; los podía ver en loop como los buenos videos de musica en MTV. Llegar a pagar una entrada para entrar a la proyección de Conoces a Joe Black? solo para ver el primer teaser del Episodio I de Star Wars, la Amenaza Fantasma, y salirme sin ver la película de Brad Pitt. Libre de YouTube y poco o nada trailers en la Web, tocaba eso y cazarlos con grabador encendido en la televisión al final de algún noticiero en su sección de farándula o artes y espectáculo.
Poniendo en contexto ese momento hay que decir que hacían dos años desde que George Lucas había re estrenado la trilogía original, con negativo restaurado, remasterizada y con escenas adicionales y efectos retocados. Yo no había tenido ninguna aproximación con la saga antes de esas ediciones especiales de 1997, pues nadie en mi familia era fan de la historia de Darth Vader, era un tiempo donde era raro si te gustaba la ciencia ficción, la fantasía y los comics, no había nada cool o de moda en ser fan de ese tipo de cosas, al contrario te hacía ver cómo un "nerd" (el Geek de ahora, solo que en modo de burla y rechazo)lo normal después del Western de nuestros padres eran las películas de acción de Stallone y Schwarzenegger, pero para mi después de verlas por primera vez, se convirtieron en parte de mí vida; las alquilaba sin parar hasta tener mis copias propias, recitaba los diálogos de Yoda, me emocionaba con las escenas de batallas en el espacio acompañadas con la música de John Williams, el “I know” de Han Solo o “I am a jedi like my father before me” de Luke Skywalker.
Siempre me encantaba encontrar a otro fan. Recuerdo a Andrés y como nuestra amistad comenzó con un “también te gusta Star Wars?”... a los 16 años, no hay mucho más para hacer amigos, sin política o filosofía de vida, no hay como complicar las relaciones que pasan de cero a 24/7.
En su casa era como una dinámica completamente diferente a la que existía en la mía, mis dos padres son profesores, amantes del orden y lo políticamente correcto. Así que era toda una experiencia nueva estar en una habitación donde se podía fumar libremente, había un marcador negro indeleble para escribir en cualquier parte de las puertas de los closet de madera lo que quisieras, y tenias un bajo con su amplificador entre un poster de Elvis, discos de Genesis y Peter Gabriel y un playstation. Yo era uno de los pocos entre mis amigos con sus papás aún casados, así que al ser adolescentes de padres divorciados, muchos de ellos en aquel tiempo podían hacer prácticamente lo que quisieran sin grandes consecuencias, y definitivamente la máxima expresión de eso era Andrés. En su casa nuestras expectativas y ansiedad por ver la Amenaza Fantasma aumentaba, jugábamos Jedi Knight en su computadora con la Estrella de la Muerte como fondo de pantalla y con una miniatura del Millenium Falcon nos animamos a hacer con los demás un cortometraje, un fan fiction, para sazonar a un más la impaciencia.
Estudiábamos en un colegio católico, así que obviamente casi todos mis amigos compartían conmigo cierta resistencia y rebeldía contra los sacerdotes y la religión, por lo que nos pareció la mejor idea incluir un poco de eso en forma de sátira tonta y casi infantil en nuestro Star Wars marca Acme. Yo sería un Han Solo con una pistola de Nintendo, un futuro estudiante de medicina sería R2D2 con una cesta de ropa sucia sobre su cuerpo y Luis Felipe el designado como Darth Vader, tendría debajo de la mascara una fotocopia en blanco y negro de la cara del director, para cerrar con la escena legendaria de “Soy tu padre”. Toda una producción de presupuesto en negativo con naves hechas de papel de aluminio, explosiones a partir de un encendedor y un spray analgésico (obviamente inflamable) y muñecos de Star Wars, He Man y Gi Joe como dobles de acción. Hollywood puro y duro.
Llegamos al mes de la saga y estreno de The Phantom Menace, Mayo, entre visionados en grupo de la trilogía original, sesiones de hipótesis a partir de imágenes de revistas y trailers y nuestro vasto conocimiento casi enciclopédico del universo expandido de la saga de George Lucas, cada libro, comic, revista o juego examinado con lupa. No existía nada más, solo pedíamos a Dios no morir antes de ese día y luego sobrevivir hasta el estreno del Episodio III, el cierre de la nueva trilogía y precuela de las películas originales. Nos turnamos durante todo el día un lugar privilegiado en la fila para ingresar a la salas de cine, las personas no solo abarcaban los cines del centro comercial Lago Mall en Maracaibo, sino que salían hasta la calle.
En nuestro caso teníamos examen de educación física y pudimos coordinado con llamadas de teléfono públicos (los celulares eran gigantes y un lujo) estar desde la madrugada en grupos dos, esperar a quienes por orden alfabéticos ya habían tomado el examen práctico de volleyball e ir en autobús al colegio a presentar y volver para estar de pie, casi sin comer, horas hablando sin parar de lo mismo que ya veníamos discutiendo a diario. De la emoción casi gritabamos como histéricos que encima se creen graciosos; un hombre disfrazado, haciendo un decente cosplay de Boba Fett se quitó el casco y nos gritó “maduren” antes de volver a colocárselo. Una situación bizarra que solo podía hacerte reír y nada más.
Entramos y ocupamos casi dos filas enteras… arranca la fanfarria de la Fox, el logo verde de Lucasfilm, las letras azules con la frase érase una vez en una galaxia muy lejana, y pum!, el título amarillo que se devora la pantalla: Episode I, The Phantom Menace. Gracias al poder de negación y el Dolby Digital, sentíamos que algo no era como esperábamos pero igual estaba todo bien, no sabíamos si tanta fue la expectativa que era imposible saciarlas, o si nuestro cerebro estaba colgado y aun no procesaba a Jar Jar Binks ni comprendía tanta genialidad, lo cierto era que tomamos ese Kool Aid y estábamos viviendo en esa galaxia, experimentando un nuevo capítulo de la saga por primera vez en pantalla grande y en su día de estreno, era nuestro tiempo, sin saberlo con sus altos y sus fallos, la trilogía de Star Wars de nuestra generación. Una trilogía de precuelas que dos décadas después se ve desde otra óptica, lo que en su momento se le crítico, que tuvieran una estética y narrativa distinta, es algo que ahora se aprecia, lo que tanto se quería de ellas es lo que después fue atacado en la trilogía de secuelas (E7-E9) Hoy se recibe de brazos abiertos a Hayden Christensen (Anakin/Vader) y se valora el aporte en cuanto a la democratización del cine con la era de cámaras digitales, el uso de pantallas verdes y tantas cosas que muchos ignoran pero le hicieron todo más accesible a creadores en el futuro que estaba por venir.
También después de ver todo a través del prima del tiempo, toma otra dimensión, significado y sentido, como el deporte mundial de criticar hasta el desprecio sin contemplar en lo más mínimo lo que eso puede causar en otro, como terminó siendo el odio desproporcionado que recibió Jake Lloyd (el niño Anakin Skywalker) o Ahmed Beat (Jar Jar) al punto que el último llegó a intentar suicidarse y el primero siendo un niño recibió tanto acoso que terminó en un espiral de enfermedades psiquiátricas y adicciones. En ambos caso, un despropósito criminal la cristalización del fanatismo tóxico, que ahora me hace enfocarme más en hablar de lo que me gusta y disfruto y no en lo que me desagrada, al final no aporta nada. No le hace bien a nadie.
Al final el universo de George Lucas, se volvió como ese familiar o amigo con el que puedes discutir, criticar, distanciarte y hacer las paces, pero del que nadie puede hablar mal si no es parte de la “familia”, ese puerto seguro o happy place cuando los golpes de los años hacen de ser adulto toda una experiencia de claroscuros. Es volver a sentir más allá de la nostalgia esa emoción pura e infantil cuando conversas con un amigo de lo que aman en conjunto (Rogue Two Podcast )
Es por eso que fue todo un privilegio sentir lo que sintió la generación del 77 & 80 en los 90 y 2000 cuando Star Wars regreso con un reboot/secuela (o su hija la recuela) en el 2015 con The Force Awakens, una suerte cancion cover, de puente entre tres generaciones. Lo mismo que fue el placer de volver a ver la Amenaza Fantasma en su 25° Aniversario en la gran pantalla, y poder apreciar lo adelantada que estaba su temática en un mundo pre 11/09, ahora su mensaje es más palpable porque es nuestro día a día, normalizado en redes sociales: inocentes que pueden morir o perder su libertad por poderosos, sus intereses y la conveniente lentitud y burocracia de quienes en teoría deberían y podrían hacer algo. Eso es Star Wars: filosofía, personajes, arquetipos, no solo efectos especiales, eso que logra que la gente aún hoy se quede sentada durante los créditos finales sin espera de una escena escondida, solo es el gusto por deleitarse una vez más con el Duel of The Fates de John Williams.
De seguro, ocurrirá de vuelta en unos años para alguien más cuando una nueva entrega sea la introducción para algún niño que aún no ha nacido y cuyo padre experimentó su introducción a la saga con Baby Yoda o Ahsoka.