sábado, 15 de junio de 2019

Crónicas del eterno eco . Capítulo 1










I.          Naturaleza viva en hojas secas.

La luz del alba no alcanzaba a Aarquell, un guerrero de mirada oscura, quien contemplaba triste el filo gastado de su espada. Sus parpados sellados mostraban una suerte de antifaz hecho a partir de sangre por batallas, sangre que no solo tintaba su rostro inescrupuloso, sino que le recordaba el linaje de todos aquellos, que sin ser cobardes, prefirieron el infierno antes de atreverse a enfrentársele; sus dedos soltaron la empuñadura de su arma, y sus manos fueron acariciadas por la brisa de un bosque de árboles altos, completamente solo cuando ni los sonidos de pájaros le acompañaban, solo voces del pasado derramaban lágrimas ásperas, suerte de ecos bajo el mismo verde techo de lo que fue para él otra madrugada, recordando las palabras que escuchó hace muchas vueltas de reloj de arena atrás:





-             “Soy casi el rey, en mi sangre no está perder, incluso equivocado la razón está de mi lado…” decía el príncipe Licius Tercero, el vencedor de un breve encuentro entre aliados.

Cabellos rizados y dorados escondían la mirada azulada del joven príncipe, quien observado por su maestro Melogk, había derrotado, como era de costumbre a su mejor amigo durante su entrenamiento, un joven de ojos color cuervo llamado Aarquell.

-             “Ves lo que te he dicho Heejios, nada más peligroso que solo gozar con la victoria en tu paladar, cuando otro bocado tiene sabor a caos, lo desechas del resto, y sigues mordiendo lo añejo, sin pensar jamás… que puede que ya esté arruinado el pan” señaló Melogk, quien puso su mano en el chaleco deshilachado de Heejios, el tercer muchacho, el aprendiz a consejero, un alumno siempre deseoso de ser enseñado.


Cuando Aarquell estaba arrodillado frente al príncipe Licius Tercero, con la punta de una espada rozando su cara, vio en lontananza a una doncella que con un solo gesto, un mínimo movimiento de su cuello como hecho en el cielo, le dio al vencido un nuevo latido en su corazón, un ritmo de tambor con hastío a la decepción. Abrió sus ojos encendidos sin odio ni prisa, solo el momento justo para tomar con sus manos desnudas, el filo de la espada del príncipe a mitad de una estocada, la quitó de su camino y se puso de pie sin decir una palabra, tantas preguntas en la mente de su adversario, mientras lo espiaba cuando éste recuperaba su arma incrustada en el tronco de un árbol anciano.



            Choque de acero y rostros fuera de contexto en sus recuerdos, cuando el pequeño guerrero borró de sus facciones cualquier sentimiento, en contraste a los labios apretados del Príncipe Licius Tercero (que sin haber caído se sentía humillado). En el instante en el que Aarquell clavó contra el fango su espada y le dio la espalda desarmado, en consecuencia a una batalla siniestra e interna el príncipe fue al ataque como queriendo matarlo.

-             “Ambos llegaron a la lección de esta víspera de guerra” dijo el maestro Melogk, mientras sujetaba con fuerza la mano de Licius Tercero, quien se resistía a frenar el ataque cobarde. El príncipe iluso creía completar la trayectoria funesta. “Les he hablado tanto del lago de hielo, lago de misterios:  un lago rodeado por montañas con una pequeña abertura al océano, sólido como piedra y adornado con un barco encallado, el piso trasluce a victimas de pensamientos traicioneros; ya que quien camina guardando secretos sobre el frio resplandor de una falsa luna llena atascada en la tierra, cuando el sol se refleja en ese espejo de la naturaleza, es devorado por un circulo de agua a menos que la mente no atesore nada que bien pueda ser dicho en voz alta” reveló el maestro Melogk a sus tres discípulos.

El maestro se alejó de su pupilo Heejios para caminar con sus parpados abajo, tomó del suelo cuatro hojas secas y le entregó una a cada uno de sus alumnos. Los tres veían incrédulos en la palma de sus manos aquellas hojas amarillentas y él les dijo:

-             “Deben silenciar sus recuerdos, sus pensamientos, y más aún, sus sueños… sin memoria ningún sentimiento tiene rastro del daño pasado, sin filosofías tontas la vida misma se encarga de responder las preguntas por si solas, la naturaleza no da pasos en falsos, ella no fantasea, solo es… aquí y ahora, un día a la vez, la fortuna de un árbol y su sombra”, y mientras él hablaba, con cuidado se acercaba alguien más: la joven doncella que había visto Aarquell a lo lejos, para escuchar mejor la lección de Melogk, sin que una hojarasca la delatara.

Repentinamente, el maestro rompió con sus dedos la hoja que guardaba para él sin romper el silencio, incluso, cuando sus atónitos alumnos llegaron a imaginar el crujir, ese sonido que dos de ellos sí llegaron a escuchar cuando hicieron lo mismo; a diferencia de la última hoja seca, en la mano abierta de Heejios había rastros de una pequeña porción de naturaleza muerta, pero sin ruidos que evidenciaran a una mano apretada con fuerza, lo cual sorprendió a todos los presentes. Solo el maestro y Heejios lograron romper una hoja seca sin que emitiera sonido alguno.


-             “No te jactes”, le dijo de forma despectativa Licius Tercero a Heejios. “Que nos haya superado en esto, no se compara con todas las ocasiones que has mordido el polvo contra cualquiera de nosotros” enfatizó mientras Aarquell permanecía sin fijar posición, pues mantenía su mirada fija en la joven espía.  

                          El maestro interrumpió las palabras de Licius Tercero y aclaró:

“Si no fuera por una distracción, Aarquell habría hecho que solo tú rompieras la paz de este lugar” dijo mientras hizo un cómplice guiño a la muchacha que desde lejos los observaba, ruborizándose por completo. “No subestimes a Heejios, quien por solo refugiarse en su sabiduría mas allá de su corta estadía en esta existencia”, dijo Melogk con decepción al hijo del rey, agregando: “Ni ofendas por gozar de la osadía de Aarquell, de decir algo simplemente por que alguien prohibió que fuese pronunciado, y mucho menos, destruyas por tener el poder de dar fin así sea a lo que tú mismo construyas, los tres pueden ser como un triángulo hecho por la Madre Tierra: perfecto y con el coraje de seguir a su corazón, el ímpetu de no claudicar contra la marea y sobre todo, la conciencia, de saber sin lanzar una moneda cual es entre miles de rutas, la correcta”.



Las palabras de Melogk retumbaban en los oídos del príncipe Licius Tercero, casi causando un llanto malcriado y frustrado, pero Aarquell se acercó a él y le susurró algo al oído, cambiando su rostro: primero, se torno molestó, pero luego, poco a poco, emuló la quietud de una estatua.

Mientras tanto, entre ramas lejanas, la damisela intentaba torpemente mantener en vano su anonimato y seguir escuchándolos, pero tuvo que conformarse con una imagen inolvidable: el príncipe tomó de nuevo su espada y con los ojos abiertos, iba cayendo bajo el hipnotismo de su silencio interno mientras asimilaba lo que Aarquell le acababa de aconsejar, sin percatarse que su maestro, en señal de respeto y aprobación, pedía prestada al unísono el arma de Aarquell, antes de imitar su postura de ataque de Licius Tercero.



 Y entonces, sucedió una embestida simultánea, que los dejó detenidos en donde antes estaba el otro tras el choque de espadas. En dicho encuentro, ambos pisaron una alfombra de hojas secas sin destruir una siquiera, como si sus cuerpos pesaran nada gracias a que los dos tenían una blanca mirada, libre del color azul, el príncipe dibujó una grata sonrisa en su cara.

-             “Después de todo usted tenía razón, maestro Melogk” gritó con emoción el príncipe mientras se desvanecía asombrado por lo que acababa de suceder, y aseveró: “Obedecer no es humillarse”, antes de arrodillarse. El maestro sintió orgullo al ver que su alumno ya no era desafiante.

Un cuervo sobrevolaba sobre ellos, albino, pero de ojos y pico negro; el maestro lo observaba y de repente, un augurio rompió su concentración, y con un silbido le invitó al ave sin ademanes de mal agüero a emprender el vuelo, pues el maestro ya había descifrado el mensaje.

-             “Suficiente por hoy, es hora de volver al castillo, y a diferencia de ayer, hoy seremos cinco” dijo Melogk interrumpiendo repentinamente la sesión, pero manteniendo la calma. Como gesto de despedida, le entregó la hoja intacta al príncipe y le pidió que finalmente se colocara de pie.

Seguidamente, señaló a la damisela quien permanecía oculta en vano, y le pidió que se acercara y se subiera al carruaje con ellos. La joven, estaba tan embelesada con la situación, que se unió sin cuestionar la intención del maestro. Licius Tercero, altivo por su título, se presentó ante ella primero que sus compañeros, mientras que Aarquell con sus puños cerrados, tal cual auto flagelo, se limitó a ver el suelo anhelando pacientemente la oportunidad de hablarle a la bella muchacha llamada Vina.


Ya dentro del carruaje, vía a las murallas de Worrim, el Reino de Piedra y Plata, Aarquell contemplaba fijamente a Vina, quien aún no era una mujer, pues sus manos solo habían tocado lentamente su propia piel, de labios vírgenes como isla de blanca arena, esperaban los pasos del naufrago que veía en brisa prófuga de palmeras, placer que valía su precio, una nueva vida sin ganas de volver a la que conocía.



   
Los caballos se detuvieron repentinamente y veían por las ventanas la silueta del conductor acercarse a la puerta del carruaje, abrió el cerrojo y los cuatro jóvenes vieron con terror las manos en movimiento de un cadáver, era un títere como muy bien lo suponía Melogk, él no tenía que ver para saber la identidad del titiritero.

-             “Tienen que protegerla, no me fallen, ninguno de los tres, recuerden muy bien que son el triángulo perfecto, dudo mucho que Él haya venido solo, así que salgan de aquí, no suelten sus espadas, busquen un lugar seguro, ya no son niños ni esas armas de madera, no me fallen” dijo el maestro parco pero sin dejar de mostrar en su voz un tono gallardo. 


Sus cuerpos transpiraban miedo, pero las palabras de Melogk aunadas al rostro de desasosiego de Vina, los empujó a todos a seguir las órdenes con un control simulado a la perfección, incluso cuando un muerto, les hacía una reverencia invitándolos a abandonar aquel lugar donde ocurriría un duelo. Dicho arlequín macabro era obra de Kazkan, un hombre de cabellos de plata, cuyas puntas eran afiladas y duras como agujas de acero. Él era el titiritero y cada cabello, era un hilo con vida propia que atravesaba la carne sin vida del chofer del carruaje, haciéndolo bailar sin música más allá de sus sádicas carcajadas.

-             “Sé bien a lo que has venido, tanto, que ya he enviado un mensaje al reino vaticinando este ataque, nuestro fiel cuervo albino debe estar en el trono ahora mismo” confesó Melogk al asesino después que ver como este liberó de sus ataduras a un muerto bajo sus dominios.



El maestro se colocaba en guardia mientras hablaba; con su vista fijada a su cota de malla, pues sujetadas a cada brazo había un par de cuchillas en forma de media luna afiladas como guillotina, las unió y formaron una navaja circular, que podía lanzar a cualquier distancia y siempre regresaría a sus manos luego de matar.

-             “Te has convertido en tu peor discípulo, tus proverbios no podrán evitar que caigas a merced de tus propios consejos” le refutaba Kazkan a Melogk, y con un ademán de superioridad y desprecio, le dijo:“No vine a un suicida rescate, mi amo puede por si solo liberarse de tu rey, vine a buscar mi asiento en primera fila. Hoy es el día que lo van a ahorcar en frente de tu pueblo, tu soberbia es mi mejor aliada, prepárate para ser ciego, sin vendas, parábolas o moralejas, de verdad tendrás que afrontar la oscuridad”.

                         
               Lo inquietante era que las palabras de Kazkan emitían sonido enmudecido que con dificultad se escuchaba, como provocado por dedos que solo rozan las cuerdas de un instrumento para maleficios. 


Una ráfaga de cabellos de plata iba a toda velocidad directo al maestro en una embestida infecta de furia. Sin pedir ayuda, el maestro se mantenía impávido aguardando el momento justo para contraatacar y en un segundo, sus cuchillas giratorias partieron los hilos mortíferos por la mitad. Con la cuchilla de vuelta en sus manos, Melogk separó su arma deleitándose de ver las agujas regadas alrededor de él, completamente inmovilizadas y, en una suerte de danza de la muerte, sus brazos alcanzaron al victimario dejándolo derrotado, sus dagas de media luna cortaron la cabeza de Kazkan.



Sus alumnos celebraron que él había triunfado, todos menos Heejios, quien al igual que el maestro tenía el presentimiento que eso no era del todo cierto, pues las puntas de los cabellos del asesino decapitado, despertaron y todas se clavaron en los ojos de Melogk, en un duelo que siguió el curso trazado.

Estas agujas que perforaron su mirada le provocaron un estado similar a la locura, mientras espasmos violentos atacaban sin piedad a su cuerpo y sus ojos se tornaban vidriosos y se convertían en una suerte de espejos, tal cual dos esferas de plata de las cuales brotaban lágrimas hirviendo, gotas saladas que tras impactar con su armadura conllevaban a que ésta se evaporara, como si de su ser brotara el fuego mismo del averno, vapor con olor a azufre que con su estela pulverizaba hasta el último aro de su cota de malla. 
(Primera parte del poema que inspiró está novela)


Con imágenes de sangre muy adentro, clavadas en la mente del maestro, le hacían ver como caras alegres lo que era en realidad desconcierto en aquellos que sufrían por su dolor, ese que no se aplacó cuando la ayuda apareció: guerreros a caballos se acercaban a socorrerlo y sostenían un sol en plena noche dibujado en un estandarte, el mismo sol que estaba grabado en el anillo de un hombre con una mirada a media asta gracias a una esperanza casi amputada, quien perdió a un amigo para ganar una batalla, un padre, que los esperó paciente hasta su llegada al Castillo Aicost, una fortaleza impenetrable de murallas colosales.

-             “¡Qué alivio hijo mío, por poco te pierdo”, dijo conmovido el Rey Licius Segundo a su heredero, quien se sorprendía de aquella muestra de afecto!   “Si no fuera por el cuervo de tu maestro hubiese sido peor mi fracaso, los cuatro serían victimas de pesadillas estando despiertos” agregó el Rey al oído de su hijo, frente a una habitación cerrada de donde se escuchaban gritos de espanto de fondo.

              Intentando hablar aún más fuerte que los espeluznantes lamentos, dijo sereno: “Guarden la calma, que en las mazmorras ya existe alguien con quien cobrar venganza”. El Rey no ofrecía consuelo, así que miró a su hijo y a quienes acostumbraban acompañarle, y al notar a la damisela asustada, pidió al vigilante de aquella habitación que la llevara junto a la reina, pues como es tradición: “ella sabrá, mejor que yo, que hacer con ella”.


Aarquell y Heejios se acercaron al príncipe luego de que el Rey bajara por unas escaleras, que lo conducían a un prisionero dueño del suspenso dentro del reino. Los tres veían como la doncella se alejaba hasta desaparecer entre los corredores, iluminados por candelabros cuya tenue luz dejaba ver rastros de cera petrificada. Lamentos en ecos se detuvieron, y lo que antes fueron ruidos de clavos contra manos incrustadas en una cruz, ahora eran el imperio de la quietud.

-             “¿Por qué no entramos a verlo?” sugirió Aarquell con la aprobación de Licius Tercero y el recelo de Heejios. “Tenemos tiempo para que nadie se de cuenta, el guardia de esta puerta debe estar aún con la reina”, insistió.
-             “¡Ni se les ocurra hacerlo!”, exclamó Heejios, quien es el más cauto entre los tres. “Ustedes no se imaginan lo que ha de estar viendo nuestro maestro”.

Ambos lo ignoraron por completo, mientras abrían sigilosamente la sala de curación, lo cual motivó a Heejios. a marcar distancia del plan y desde el dolor de haber sido ignorado, delatarlos sin pensar que los estaba traicionando, creyendo no estar errado al estar, según él, haciéndoles un favor.



Por su parte, la reina permanecía de pie en el balcón de una sala tapizada con mapas, veía taciturnas escaramuzas de inocencia maquiavélica en la señorita Vina, quien no podía evitar contemplar la delicada tela y las gemas que envestían a la reina sin diadema adornando su cabeza, pues jugueteaba con la corona que bailaba en su mano izquierda.

-             “Poner tus ojos curiosos en hombres con poder sobre otros, es peligroso… si crees que compartirán el trono, solo porqué hablan de dos con un falso nosotros” dijo inesperadamente y con frialdad la Reina a Vina luego de invitarla a que viera desde donde estaba ella, como preparaban la horca en las afueras.

Mientras tanto, el príncipe y Aarquell bajaban más de un par de escaleras y, repentinamente, el rechinar de la puerta interrumpió la intención de entrar a tientas, cuando su maestro tras dos giros de moneda de caras gemelas, se le añadieron arrugas a su anterior tez tersa envejeciéndolo drásticamente. Sus labios secos hechos pedazos, besaban la penumbra sin reparo en ver quienes habían llegado, ojos que, a pesar de verlo encadenado a la cama, sentían más asco que lástima, sentir repulsión por quien en otrora inspiraba respeto los afectó en aquel momento jamás etéreo.

-             “¡Váyanse engrendos… yo no merezco la ayuda de ustedes! Soy un forastero en el infierno y mi pecado fue enseñar como matar. ¡Me creí un guerrero y estuve equivocado! ¡Déjenme en paz!” suplicaba Melogk con los párpados apretados y resignado tras haber sido derrotado por Kazkan.



            Por pretensiones de prestar auxilio a quien no la está pidiendo, sin ser la cura para un enfermo, Melogk abrió sus ojos plateados y dejó de fingir estar postrado. El maestro atacó a quienes fueron a ayudarlo, dejando que ellos pudieran verse claramente reflejados en su mirada, como si parpadear significara la muerte, la agonía que ellos sintieran y vieran como él los estrangulaba. 


          El Rey Licius Segundo observaba un símbolo tatuado en la nuca de un hombre siniestro, mientras éste era azotado, con rastros de carne en el látigo y vistazos a huesos fracturados. Lo curioso es que la actitud del torturado nunca fue de mártir, sino más bien emanaba una especie de gozo sádico con cada golpe, como si incluso lo disfrutara. El Siniestro Prisionero, mostró a sus agresores un dejo de abolengo en sus gestos, incluso envestido en ropas de pobre, lo cual inquietaba al Rey, quien más bien esperaba escuchar una exclamación en busca del perdón (estuviese o no arrepentido en realidad).  

-             “Mi padre, quien me honró con su nombre, creyó haberte asesinado con su propia espada, la misma que te atravesó cuando yo la empuñaba”, le dijo el rey a quien también fue enemigo de su ancestro. “Una hoja de acero afilada por dos reyes, ¿cómo… cómo puedo? -se entrecortaba su voz- ¿Cómo puedo soñar con que mis súbditos vuelvan a creerme? Si no es permitiéndoles a todos tener tinta en la firma de tu muerte, hasta el último plebeyo podrá hasta con saliva flagelar tu cuerpo, antes que te enfrentes con la horca, y después, sacando a punta a pies a todos los senescales, tus hijos de distintas mujeres que igual violaste, ellos que hacen tu voluntad en todas las tierras que conquistaste”.

               Luego de lo dicho, el Rey Licius Segundo escupió el rostro mal herido y sucio del Siniestro Prisionero, antes de escuchar como irrumpía Heejios en los calabozos. En el interior de las catacumbas del castillo, la escolta de la corona estaba a punto de apresar a Heejios, quien con gritos interrumpió al Rey, delito purgado con la guillotina según la ley, pero el mismísimo hijo de uno de los que la habían escrito, con una señal le permitió libre entrada a quien pronunciaba intentos de palabras.

-             “Su majestad, creo que tendrá que hacer lugar para una cabeza adicional con ganas de rodar” dijo el jefe del cortejo con un guiño compartido, mientras dejaba ir al joven Heejios, después de bromear con sus compañeros.

-             “Sé que debes querer tener una tajada en nuestra represalia, pero eres aun un muchacho y mejor que disfrutes el tiempo que te queda sin estar manchado” agregó el Rey libre de una voz cruel mientras miraba fijamente a Heejios.



El monarca alborotó el grueso y ensortijado cabello negro de Heejios, sin detenerse en su desatino de no cuestionar, que lo que antes parecía un desesperado grito de auxilio terminó siendo simple curiosidad. Ardor en la piel que se abría sin dagas a la vista, formando una cicatriz en el cuello de Heejios, exacta a la figura que antes distinguía al prisionero, y que ahora había desaparecido en él, su mirada antes diáfana se iba oscureciendo como humo negro serpenteando en sus ojos víctimas de un secuestro, pues el alma que estaba dentro del Siniestro Prisionero se había metido en el cuerpo de Heejios de forma inadvertida para todos. 






-             “Vas a morir… esta vez no podrás huir… llora como un chico que extraña la teta de su madre, mientras ella busca monedas en los brazos de quien no es tu padre” le dijo Heejios amenazante al hombre torturado, cuando sin sospechas el rey lo invitó a que se retirara.

Heejios subió las escaleras en espiral de regreso a donde la vida de sus dos amigos pendía de un hilo, y sonreía con una sórdida mueca, al escuchar desde lejos el llanto desesperado del prisionero que ya no lucía siniestro, plegarias de quien antes se inmolaba a su suerte pues disfrutaba no temerle a la sangre que hierve.

-             “¡Maestro se lo suplico, abra los ojos, somos sus discípulos y reaccione!” dijo Licius Segundo en una última bocanada a Melogk, implorando por algo que Aarquell nunca pidió.


Cuando Heejios entró a la sala de curación sin intención de rescate en sus ademanes, lo cual llamó poderosamente la atención de Melogk, pues reconoció que el cuerpo de su discípulo tenía un nuevo dueño: el antes conocido como el Siniestro Prisionero. Desesperado ante el pandemónium dentro de su mente, se arrancó los ojos de espejo con sus propios dedos, los cuales cayeron al suelo y se desembarazaron de los hilos que luego, dibujaron un efímero sol nocturno; exactamente la misma figura que con luz no iluminaba la penumbra, fue la que vieron Aarquell y Heejios al mismo tiempo que testigos de cómo huía el trastocado Melogk, un aprendiz a asesino.  René R.R



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Presentación del libro y entrevista. Maracaibo 2018

























viernes, 7 de septiembre de 2018

Los hijos perdidos

“Los hijos perdidos”

A toda velocidad, sentada dentro de un carro de supermercado, una niña de cabellos rizados, llamada Ana, abría los brazos con los ojos cerrados, mientras su mamá conducía, entre pausas, cada vez que encontraba en los anaqueles algunos de los pendientes anotados en su lista, tantas marcas para un mismo producto, el Valhalla capitalista.

“Hoy no Anita, ya tienes en casa demasiadas chucherías”, sentenció la mamá.


                                                           Fotografía de Ernesto Pérez                                                                                           








Ana tenía la intención de abrir sus ojos, manipuladores como el del Gato con botas, para ver a su madre sin rostro y lograr persuadirla para que le comprará más galletas reinitas, con cremita de fresa, de esas que abres y lames dejando solo las galletas con saliva. Pero tan solo se topó con el fracaso… y la realidad, pues Ana estaba soñando, y despertó ahora un poco mayor, en su nueva cama, esa que compartía con su abuela Emma, pues su mamá tenía par de meses que había abandonado Venezuela.

Con un mal sabor de boca, se levantó y su abuela reconoció en su mirada la misma "pesadilla" recurrente: imaginarse haciendo algo tranquila como en los tiempos de antes, con toda su familia unida, sin la angustia que ahora permea todas las rutinas.

“Mija, quite esa cara, venga que le hice una arepita frita, con quesito rallado, me quedó mi amor con te quiero, con el huequito en el medio como le gusta”, dijo a modo de consuelo.

Con un beso en la mejilla, Ana se sentó en la mesa de dos puestos, a probar su desayuno, sabía que no había chocolates en la alacena, pero se sentía feliz por tener con vida a su abuela, quien arrastraba los pies, repetía las cosas y gritaba incluso estando cerca, acostumbrada a hablar con sus amigos jubilados y pensionados, que decían todo a todo volumen en la cola del banco, pero era su abuela, la única quien la escuchaba sin fingir atención, con un pan dulce y café con leche en mano, haciendo hincapié siempre que era esto era “una merienda de ricos”, que no debían quejarse, pues muchos estaban peor, pero que “gracias a Dios” ellas tenían a la mamá de Ana, enviándoles dólares desde Texas.
 Fotografía de Laurio Di Luzio


·         “Por cierto Anita, tu mami escribió que te ama y te extraña mucho”.
·         “¿Ah sí? Qué bueno… siempre escribe lo mismo”, respondió Ana a su abuela con la misma apatía con la que contemplaba su arepa.  
·         “Ana no seas cruel, cuando tengas hijos sabrás lo que duele, lo que le parte el alma a una madre que tiene que estar lejos, apenas poder saludar en la distancia”.
·         “Si, si, ya sé, pero me cansé de hablar todas las noches con ella como una boba llorando y contando  en reversa los días para que regrese”.
·         “No llores con ella Anita, disimula mija… sino ella se estresa más allá".
·         “Abue, dejemos de hablar de ella, por fa. Aquí ella es el único tema”, pronunció la muchacha.
·         “Mija... ¿y las clases?”, refutó la abuela. 
·         “Abue... ¿ya se te olvidó otra vez? Tenemos clases 3 veces por semana. Los pocos profesores que aún quedan en el país, no tienen efectivo pa’ los carritos. Hoy voy a aprovechar y voy a verme con Carlos y Juan”.
·         “Cierto, cierto… -suspiró- bueno, vaya, pero se me cuida y regresa para la hora de almuerzo, no se confíe, comase su comida de una vez que si se va la luz no hay microondas y no voy a ensuciar sartenes pa’ recalentar en la hornilla, que bastante caro que están los camiones cisternas cuando se consiguen”.


Finalizado el desayuno, Ana se va caminando con prisa al encuentro con sus amiguitos de siempre, Carlos y Juan. Esta vez, ella nota a la gente más gris que nunca, deambulando, taciturnos, como zombies o esclavos sin cadenas, andando en la calle; mientras unos van a pie hacia sus sitios de trabajos, otros permanecen congelados en filas infinitas esperando algún ensayo de autobús con sus viandas desgastadas y sujetadas sin muchas ganas.

Cuando era más pequeña, Ana solía espiar en los garajes de las casas para ver si retaba a algún perro bravo o alguna gata zalamera, pero ahora se topaba con casas vacías con uno que otro carro sucio y cauchos desinflados. Esta vez el camino a encontrarse con Carlos y Juan se hacía más aburrido de lo habitual, así que aceleró el paso para llegar a su destino.

“Volviste a soñar con este sitio, y como me lo describes, es igualito a como nos contaron que era -suspira-. Creo que debemos cambiar de lugar para encontrarnos, es raro que siempre sueñes eso”, le aconsejaba Carlos, su amigo de 14 años, que siempre tenía cara de recién levantado, mientras caminaba junto a ella en un supermercado abandonado que ahora era lo más parecido a un parque de diversiones, con pasillos largos y estantes inmensos, ideal para cualquier invento, pero no para simular que estaban comprando con normalidad, eso hicieron al principio cuando encontraron ese sitio, pero más le hacía daño que divertirlos.

-“¿Nos contaron?”, refutó Ana. “No, Carlos, no nos contaron… ¿O será que tú ya no te acuerdas? No somos niños, ni tan viejos, yo si llegué a vivir algo de eso”.

Carlos suspiró, y con la mirada perdida, le dió la razón a Ana.

“¡AJÁ!”, gritó Juan, el otro amigo quien Ana y Carlos esperaban. A él le encanta aparecer sigiloso y sorprenderlos. Según Carlos, es un ‘paranoico’ que quería descubrirlos hablando mal de él o para enterarse de algún ‘brollo’. Pero para Ana, Juan llegaba siempre tarde para darle chance a Carlos de que se le declarara. Cosa que nunca ocurriría, según Carlos le confesó a Juan, pues sí no tenía plata para novias, ¿qué le podía ofrecer a una muchacha tan bella como Ana? Ella amaba los chocolates, y él, quien veía como un lujo tomarse un Toddy bien cargado, muchas veces se dormía con el “estómago pega’o” del hambre porque en su casa no había nada para cenar. Así que lo más sensato y práctico era ser amigos, máximo, ser amigos con derecho, pero sabía que Ana no quería eso.


“Menos mal soñaste que estabas con tu mamá, pudo ser peor, de pana aquí siempre puede serlo. Yo por ejemplo, anoche soñé que tenía luz, y en el sueño veía a youtubers con desespero. Con miedo a un bajón y se cayera el Wi-Fi o se me dañara la compu… porque ahí si es verdad que me suicido. Cero distracción. Qué ladilla eso, como la fiesta de fin de año del colegio, que la ‘machetearon’ por la luz o la Navidad que pasamos sudando y con velas. Mi hermana no pudo estrenar sus patines porque no se veía nada, jajajaja, ¿te imaginas? se caía la muy boba y ¡pacatá, un yeso! ay no, qué estrés”.


Las historias de Juan eran distintas a las de Ana, pues ella sola con su abuela no vivía tanto drama, al contrario de él, que vive con su hermana, sus padres y su abuelo cascarrabias. Un señor mayor muy enfermo que odia a la dictadura, y que pide en voz alta todas las noches a su difunta amada que se lo lleve. Hay oraciones que dan miedo. Juan desea secretamente que sus padres se divorcien de una buena vez por todas, pues ellos peleaban a diario por no poder ponerse de acuerdo si irse o quedarse en el país. Su papá es básicamente un ‘marañero’, su lema es: "ser asalariado en este país, es de pendejos, prácticamente tú gastas para ir al trabajo. Vender cualquier cosa es más rentable: comida, trámites, una carrerita o simplemente poner un estado de WhatsApp vendiendo par de ‘lechugas’ de alguien más, es preferible a una miseria de quincena".

La mamá de Juan quiere irse a Colombia o a ‘Chilezuela’, pero su marido es “una vaina seria” pues se queja a diario de la situación pero a la vez, parece adicto a la ‘creatividad’ que impone la crisis: siempre pensando cómo hacer dinero sin trabajar, sin mucho esfuerzo, comprar algo barato y venderlo después caro cuando ya fuese escaso. Ella peleaba mucho por eso, porque sentía que con esa actitud de él y de muchos, empeoraba el país. Él le decía -con risa burlona siempre- que no es así, que el daño ya estaba hecho y uno solo sobrevivía a la jungla de concreto... Pero en medio de esa jungla particular de ambos, estaba Juan, quien no tenía como Ana una abuela cómplice, solo a su hermana pequeña, así que le tocaba ser fuerte, fingir que nada le afectaba y jugar con ella, tragándose las lágrimas.


“¡Plin!”. Suena de fondo, es el sonido del celular de Juan que recibió un mensaje en WhatsApp en plena reunión con sus amigos. Lee en voz alta: “La ‘Barbie’ respondió en la foto que subí contigo Ana, está diciendo que nos lleguemos a su casa, a ver series en Netflix o si tal, nos metamos en la piscina”.

La tentadora invitación no combinaba con la mirada de cierto resentimiento que tenía Carlos tras escuchar el nombre ‘Barbie’. Así le decían a una ‘carajita’ que él odiaba por consentida, una hija de un ‘enchufado’, que llegó a estudiar con ellos, antes de cambiarse a un colegio de ‘gente conectada, gente eléctrica’ como les decía Ana. La ‘Barbie’ es una adolescente que vivía sola o con el servicio, sus padres nunca estaban en casa, siempre estaban ‘ocupados’ viajando, en el gimnasio, en un restaurante degustando platos gourmet o comiendo grandes tortas con macchiato, su vida eran fotografías, posts de Instagram, los típicos ‘bendecidos y escarchados’.

·         “Ella me cae mal, es un fastidio, es muy gafa”, confesó Ana con el mismo desdén que tuvo durante el desayuno.
·         “¿Pero quién queda de nuestros panas? Los que no se han ido ya están por irse... uno debe juntarse con los que están, no hay de otra”, aseguraba Juan con una mezcla de cinismo y resignación sin dejar del todo un tono casi infantil en su voz.
·         “Yo no trago a esa carajita. La detesto con todas mis fuerzas. Ustedes saben que mi hermano está preso por las guarimbas. Él fue un duro con su escudo de cartón, mi héroe de franela. Yo no piso casa de enchufado”, sentenció Carlos.
·         “Hermano… no es pa’ menos, pero yo te dije lo que me dijo mi papá sobre tu hermano y no te vas a molestar como la otra vez. Es una pérdida de tiempo luchar aquí. Los políticos ‘opos y rojos’ se caen a whisky, mientras los demás pelean entre sí y beben anís, son las dos cabezas de una misma culebra. Las protestas y el otro tema... ¿cómo es que le dice?”
·         “‘Opio electoral’, ‘el simulacro’, ‘la farsa anual’, si, ya sé Juan, me lo has dicho mil veces, que si el lado correcto de la historia o el ‘perfecto’ tiempo de Dios, bailar salsa, ponerse la gafa gorra tricolor o tocar cacerolas. Si la oposición  se fusionaran como Goku y Vegetta, serían ‘CapriBobo o MariCoco’. Es una bobera, si ya sé, tú mínimo me sacas los títeres una vez al mes. No te la des de adulto, de grande, tú solo repites como loro lo que dice el padre tuyo, que por cierto bastante paja que hablaba antes, de ser ‘cuatriboleado’, cuando se llenaba la ‘jeta’ pidiendo que le dieran un fusil... y ni una piedrita, ni papel con una liga, le tiró a un guardia, así le este cayendo a lacrimógena a la familia, puro bla bla y más nada. Tu papá es como el gobierno, un bachaquero, un ¿cuanto hay pa' eso?”.

 Fotografía de Laurio Di Luzio

Carlos y Juan se miraron con rabia, como dos chamos en el colegio durante el recreo rodeados por niños coreando "¡dale!, ¡dale!, ¡dale!". Ambos con los puños cerrados esperando a ver quien iba a pegar primero. Ana los miró antes de cerrar los ojos, quería teletransportarse de allí, y se refugió en un recuerdo. Los tres en el cine con el hermano mayor de Carlos, quien ahora estaba preso, de seguro torturado, pero que en ese momento, les compraba un combo de cotufas para entrar a ver una película de Marvel, sin interrupciones por cortes de luz y  con el aire acondicionado frío, delicioso, todo un oasis, un espejismo en aquel infierno.

“¡BASTA MUCHACHOS!”, gritó Ana. “Estamos como los viejos... Si siguen así y se pegan  una sola vez o se vuelven a hablar feo, olvídense que existo, prefiero escuchar las mismas historias de mi abuela, por lo menos las de ella, son divertidas, de su pueblo, de Mitare, de cochinos, y jugar con tierra. Y sobre lo de ir a que la ‘Barbie’,  no me da nota. Anda tú Juan, esa piscina es rica, pero esa chama es una ladilla. Así tenga un Play 8 yo no me anoto. Mis papás están re flacos, casi que todo lo que hacen lo envían, mientras los de ella, gastan la plata que no se han ganado. Mi abuela los tenía en Facebook y la bloquearon por qué ella se descargó en una de las tantas publicaciones que ponen ellos criticando a ‘Mabruto’... son ‘deprava’o’ de descarados. Los cara ‘e tabla esos. Ella les escribió que mientras ellos tenían planta eléctrica, ella se acostaba todas las noches pidiéndole a Dios frente a una vela que el corte durará solo cuatro horas y no el día entero”.

El silencio vino luego. Juan tan solo bajó la cabeza, abrió los puños y sin decir nada, se fue del supermercado. Carlos y Ana suponían que más pudo la ilusión de Juan de ser el novio de la ‘fulana heredera’ que la amistad de ellos, así que, sin más, los dos se miraron y después de un minuto en silencio, como un luto a esa muerte de crecer antes de tiempo, se dieron un abrazo y Carlos con los ojos invitó a Ana a que se montará en el único carrito de supermercado sin ruedas rotas o trancadas. La impulsó a toda velocidad y ella, sentada con los ojos cerrados, se iba imaginando escuchar sonidos casi olvidados: ‘cuchicheo’ de compradores despreocupados, cajas registradoras abriendo y cerrando, recibiendo y entregando efectivo, sin tantas colas, sin tantas tristezas, costumbres sencillas por ahora olvidadas por Ana y Carlos, algunos sonidos ellos nunca los habían escuchado, solo los imaginaban según se los habían contado.

“Me voy del país. Me gustas mucho, pero me tengo que ir. Mi familia teme que siga los pasos de mi hermano y termine preso, que me violen o algo peor, me desaparezcan”, suelta Carlos repentinamente y Ana se queda en shock, sin poder pronunciar palabra alguna. Carlos se desahoga sin parar: “Un primo me dice que preferiría saber que mi hermano está muerto, que esto de no saber nada. La zozobra mata, así dice, y yo ahora le creo. Si quieres podemos seguir hablando por Skype, cuando al fin tenga un celular decente. Tú eventualmente te irás también, igual lo hará Juan, en parte lo entiendo, es desesperante vivir en su casa, a que la ‘Barbie’ tiene su burbuja, todos quieren una, la mía llegará algún día, pero para tener la de él prefiero que la exploten de una”.

“Creo que fingiré demencia Carlos y me alejaré lentamente”, dijo Ana, mientras le sonreía con cierta inocencia y le hacía un guiño con sus ojos caídos.

Carlos seguía conmovido porque, al hablarlo con Ana, su ida del país era un hecho, pues “decirlo lo hizo real”, como diría su hermano. Un secreto que al dejar de serlo lo sacudía profundamente. Ana, igualmente conmovida, reflexionó a través del recuerdo: “Ahora que lo pienso, los papás de Antonio venían del futuro”, dijo.

“Sí, qué envidia, Tony no vivió nuestra versión 4D de Mad Max y Walking Dead. El se ‘quería ir demasiado’ y vaya que se fue... se tomó su selfie creativo, en el piso de colores del aeropuerto, antes que fuese el cliché visual de las redes”, respondió Carlos, y con cierta rabia, empujó uno de los estantes del abandonado supermercado hasta tumbarlo, tal efecto dominó, todos cayendo, cacofonía de estruendos, retumbando tanto como en ellos esa conversación. 

“Cada vez que me quejo de que no hay agua, luz, internet, señal, que no hay nada que hacer, que la comida me sabe igual, que todo está caro y que hasta los ladrones están emigrando, mi abuela me dice siempre: “si tú vida fuese una baraja y yo la pudiera meter en un mazo de cartas y sacar otra, ¿lo harías?", pues la carta podría ser cualquier otra vida, mejor o peor a la mía, pero nunca igual, insiste y me pregunta, barajeando sus cartas, "¿lo harías?". Siempre digo que no, no lo haría,  pero ya que te vas le contestaría: depende del mazo, si son cartas con vidas fuera de aquí, metela y dame otra”.

Spoiler alert: cualquier opción es mejor. Esto superó a mi imaginación. Los sifrinos fueron brujos. Se iban por no poderse comprar el último Iphone, y ahora muchos, por no tener con qué pagar un paquete de arroz”, dijo Carlos. 

Carlos permanecía en el supermercado abandonado, testigo de una despedida sin un beso de película. Ana caminó de regreso a casa sobre billetes de juguete, billetes tirados al asfalto por los mendigos, limosnas rechazadas, sumas que no compran nada, por otro cambio en el cono monetario, menos ceros en la cuenta de su abuela, más ceros en los gastos. Pasos sobre dinero sin valor, dinero hecho anticuado muy rápido, y esa era la sensación para Ana de vivir en su país: muchos cambios, años que pasaban sin notarlos, pero en contraste los días se hacían lentos, como los de presos, luchando por no acostumbrarse al encierro. La victoria de los náufragos es mantenerse cuerdos en espera de un nuevo barco.


Ana caminaba en la ciudad de los contrastes, de hospitales sin medicinas y cafés lujosos repletos de gente que tenía como pagar pero no cómo dar propina, iglesias con sermones sobre la última noticia viral en Twitter, ciudad que se ilumina con la explosión en cadena de postes de luz, videos de secuencias que emulan una guerra que nunca se dio. Oscuridad, silencio, en la hora de los adioses, los días del arrepentimiento, los años de los reproches y una vida con hambre al propósito y los sueños. Ella era otra hija perdida en el abismo del comunismo. No era simplemente una niña, adolescente o mujer, era un ser con ganas de estar bien.

- “Bendición, abuela”.
- “Dios te bendiga mija, ¿cómo te fue?”
- “...Bien, como siempre”
- “Como debe ser”.

Ambas se sentaron en la mesa cenar, ninguna desmintió a la otra, mordieron cada bocado, sonrieron y no hablaron más hasta el otro día o hasta una nueva lucha... ‘un día a la vez’ en su criollo cóctel no apto para cardíacos o propensos a enloquecer. 

FIN

                                                                       René Rodríguez Roque