martes, 9 de mayo de 2023

Luz, cámara y recuerdos: el top 10 de películas que moldearon mi vida. Parte 4

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Fellowship of the ring (2001)


Era Diciembre del 2001 cuando caminaba a días de navidad con Ignacio, mi amigo del colegio y ahora de universidad que me acompañaba a matar el tiempo tal cual mallrats en un centro comercial antes de volver a casa. Nos detuvimos en el área de cines y escogimos la función más próxima sin darle muchas vueltas. Compramos entradas para la primera película del Señor de los Anillos, y en mi caso, aparentemente por quizás vivir en una cueva o bunker no tenía ni idea de esa adaptación y de la obra de Tolkien; sinceramente hace 20 años lo más cercano a fantasía que veía era Star Wars, que en sí misma es una mezcla de aventura, fantasía y ciencia ficción.



La película de Peter Jackson de entrada con un prólogo épico en todo el sentido de la palabra, me atrapo, es lo que yo llamo un film con magia dentro y fuera de la pantalla, un clásico instantáneo, pues hay películas entretenidas, buenas o excelentes, pero obras maestras hay pocas y La Comunidad del Anillo lo es. Fue un privilegio poder disfrutar por primera vez en una sala de cine esa amalgama entre un buen guión, elecciones de casting que calzan como guantes, banda sonora y puesta en escena magistral, sin margen de error, y ni hablar de algo novedoso a principio de este siglo, el uso a ese nivel de la colorización. Colores vibrantes, con un brillo que casi difuminaba la nitidez de la imagen, lograban su cometido, hacerte sentir en una Tierra Media, en un lugar donde existían los elfos, enanos, magos y hombres, y tal cual A New Hope, Alien o Blade Runner, que empleaban el ”futuro gastado” el Señor de los Anillos se sentía como un lugar fantástico que no parece nuevo o falso, un universo donde generaciones han transitado, sudado y luchado.




        Salimos de la función y fui al cumpleaños de Hugo, un amigo y vecino que de seguro lo debí haber aburrido al contarle, sin el haberlo pedido, en detalle y cuidando los spoilers,  lo que fue ver esa película. Como evangelizando a todo el mundo ese fin de año y principio del siguiente sobre los apóstoles Tolkien y Jackson . Era esa sensación adictiva de nunca tener suficiente, y así, que a diferencia de como me pasó con Batman con el que entendía que tendría que esperar años para ver otra versión después del desastre que fue Batman y Robin con George Clooney, y también comprendía, que entre pelis de Star Wars era incluso mejor la diferencia de años para poder deleitarme con nuevos avances de tecnología, en este caso al saber que los libros estaban escritos en ese momento desde hace casi medio siglo, era cuestión de sentarme a leer la joya que nos dejó J.R.R. Tolkien.



    Fue la primera vez que compraba libros por gusto y con ansiedad de terminarlos, antes eran los clásicos que asignaban en el colegio y me traían mis padres, y si, muchos me llegaron a gustar, como los de Garcia Marques, Sabato o Quiroga, pero esto fue otra cosa. Logre adquirir una versión de colección que unía la trilogía del Señor de los Anillos como quería publicarla originalmente el autor, en un solo libro que  incluia un diccionario para las lenguas de las distintas razas, glosario, ilustraciones de Alan Lee y mapas. Como si fuese ayer, siento la sorpresa y suspiro al final de la primera parte de las Dos Torres, Sam golpeando las puertas luego de no poder hacer nada cuando se llevaban unos Orcos a Frodo, por qué él equivocadamente lo dejó al creerlo muerto. Me sentí como un idiota por burlarme antes de mi amigo Humberto, quien era fan de Harry Potter, para mi , eran “cosas de niños”; en (realidad fue la inseguridad de cuando te importa mucho lo que digan los demás de tus gustos, pues lo que criticamos o de lo que nos burlamos, muchas veces es un reflejo de complejos e inseguridades) me tocaba comerme mis palabras y las paginas de J.K Rowling.



        Cada novela de fantasía que me devoraba junto a mi primo Alex durante el año siguiente fue casi como un analgésico para transitar aquel 2002; nos lanzábamos entre sí libros, tomando turnos capítulo a capítulo, y así, leímos juntos el libro Harry Potter y el Caliz de Fuego, de un mueble a otro donde nos recostábamos en la sala de mi casa en aquel año denso y doloroso para todo venezolano, al ser el año que marcó el inicio del fin de 40 años de democracia. Hace 10 años, en 1992 un militar llamado Hugo Chávez había intentado dar un golpe de estado, pero fracasó, estuvo en prisión y luego, gracias a una jugada política de esas típicas, absurdas y que condenan a los ciudadanos en Latinoamérica, fue indultado, así que allí estábamos una década después con Chávez como presidente, y mucha gente con el sabio mal presentimiento que nada iba a terminar bien. 



        Ese año transcurrió entre protestas multitudinarias por las acciones del gobierno que buscaban modificar la constitución del país para hacerla a su medida,  atentando con las libertades de expresión, políticas y económicas, eso llevo a paros, protestas que redundaron hasta volverse en una gran marcha en Caracas, la capital, que terminó en una masacre. El presidente apostó francotiradores en un puente, tumbó la señal de televisión abierta y comenzó la balacera. Una acción brutal que impulsó a que el alto mando militar le solicitara su renuncia, y así logramos nuestro falso día de libertad, pues tras muchos “errores” (esos que cuando se repiten demasiado durante los años te hacen dudar si son accidentes o al azar)después de solo un día, lo tuvimos de vuelta en cadena de televisión con un cristo en  la mano, y bajo la manga muchas medidas como el control de cambio, cierre o compra de medios de comunicación y la elección indefinida como herramientas para cristalizar lo que ya tiene mas 24 años,  un neo narco totalitarismo, ya que la oposición en Venezuela, nunca ha tenido realmente un plan ni una benigna intención de gobernar, son como Hydra y Shield o los cerdos en la Rebelión en la Granja, esperando a que nuevo caballo sacrificar.   










    Las historias de Sauron, el anillo único, el poder absoluto que corrompe absolutamente, o las de Voldemort, el que no debe ser nombrado, y que busca aniquilar a cualquiera que piense diferente o pueda ser su adversario, lograban tres efectos en mi, distintos, parecidos e incluso contradictorios; por un lado lograban que mi mente viajara lejos de aquel escenario nacional y se maravillara con la imaginación que hizo posible el pasaje del libro Rowling, en el que Harry Potter junto al cadáver de Cedric Diggory debe enfrentarse con Voldemort, o aquel en el Retorno del Rey en el que Eowyn junto a Merry derrota al Rey Hechicero; y por otro me inspiraban a crear mis propias historias, me resultaban ficciones que decían verdades, ficciones que le podían ayudar a cualquier lector con desconocimiento de historia mundial, al darle con sus historias pistas para reconocer en cualquier líder o político a un potencial megalomaniaco.


        Así que en ese 2002 me vi alternando entre participar en protestas contra el régimen, la universidad, escribir mi primeras historias de ficción, ver en casa de Humberto el trailer de Las Dos Torres con la música de Requiem for a Dream, y mi primera relación seria con una tremenda chica llamada Verónica, que me acompañaba en todo lo anterior. Con ella siempre estaré eternamente agradecido, pues fue una mezcla entre novia y mejor amiga y casi mi cheerleader personal, ella leía cada página que escribía, páginas que se volvieron mi primera novela (por ahora sin publicar) y que sirvió de base para mi tesis de grado en la Universidad, una radio novela de suspenso, El hombre sin rostro , que no debe extrañar de que tiene en su musicalización fragmentos de la banda del señor de los anillos. Definitivamente, habían demasiados sentimientos contrastantes conviviendo en mi durante esos 12 meses. 

        Llegó diciembre del 2002 y con él un paro petrolero que buscaba nuevamente derrocar al presidente, un paro que significó una herida en el corazón de Venezuela, una herida aún abierta. El intento fracasó y a la vez se prolongó más de lo debido, causando un daño irreparable en el país. Ingenieros y trabajadores de la industria perdieron sus trabajos, derechos y en muchos casos hasta su hogar. Pequeños y grandes empresarios y dueños de negocio no afectos al gobierno sufrieron la misma suerte. Más encarcelados, desaparecidos y muertos en vano. Recuerdo tristemente a uno de ellos, al padre de mi amigo Eduardo, quien se encontraba entre esos despedidos injustamente y que paso de tener una vida con ciertos lujos a vender papas fritas de forma ambulante en un bar (una noche con tristeza me lo encontré y le compre un paquete con dolor) poco tiempo después murió de un infarto, se presumía que a causa de una depresión. 


        Una negra navidad en que muchos no tenían gas en su casa o gasolina, cocinaban con leña y se reunían con amigos, familia o vecinos para hacer trueque con lo necesario o sencillamente pasar el rato al no poder ir al trabajo. Mi gran videoteca era una suerte de Cinema Paraíso en mi edificio, cambiamos de departamento cada tarde o noche que nos dábamos entre sí ánimos y distracción con un poco de cine.



        Obviamente mi colección con algunos títulos de “dudosa procedencia” pero con impecable calidad de imagen, incluían a las dos primera películas de Harry Potter, el Ataque de los Clones de Star Wars y la que no llegó a estrenarse sino meses después en Venezuela: El Señor de los Anillos, las Dos Torres. Ver la escena del todavía no Emperador Palpatine en Star Wars en la que pedia poderes especiales más allá de la ley por el bien de la República Galáctica y su democracia, resonaban en ese momento tan próximas y dolorosas. 



        Como diría Padme Amidala tres años después en el Episodio III de Star Wars: “Así muere la democracia, con aplausos atronadores”. A lo que agregaría cada vez que siento la tentacion de desearles la muerte, las palabras de Gandalf 

“Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.”







     El viaje por la Tierra Media fue una aventura que abrió mí imaginación, un viaje que terminó de una forma magistral con el Retorno del Rey, una película que hizo que la gente un 25 de Diciembre corriera a comprar entradas en estampida cuando abrieron las puertas del Cine. Una obra maestra no solo literaria (uno de los pocos libros que he leído más de dos veces) sino cinematográfica, con un cierre de trilogía que ganó 11 Oscar, una hazaña que solo 2 películas más lo han conseguido (Ben Hur & Titanic). 




         La saga de Lord of the Rings más de 20 años después sigue siendo junto a la trilogía original de Star Wars y Back to The Future, historias en 3 actos hechas de forma inmaculada y si se quiere merecen quedar intactas, no necesitan remakes ni reboots ni nada que se le parezca, son perfectas. Ahora la obra de Frank Herbert, Dune (libro que como el de Tolkien influyó a la fantasía y ciencia ficción hasta la fecha) ha sido adaptado por un director a la altura del desafío, Denis Villeneuve (Prisioneros & Arrival) así que toca esperar cuando se estrene su última entrega, para ver sí esa obra acompañará a las películas de Peter Jackson, George Lucas y Robert Zemeckis. El tiempo lo dirá pero soy optimista, la fantasía que transmite realidad, nos cambia la vida.

Continua con un viaje de vuelta a la mente de Christopher Nolan

miércoles, 3 de mayo de 2023

Luz, cámara y recuerdos: el top 10 de películas que moldearon mi vida. Parte 3

 Primera Parte

Segunda Parte


The Phantom Menace (1999)

    El año 1999 fue uno mágico más allá de lo esotérico y superstición, lleno de energía y pasión, el fin de un siglo y comienzo del 21. Un nuevo milenio que mezclaba mientras se avecinaba expectativas con la paranoia al Y2K, por programadores que no pensaron en más de dos dígitos en la contabilidad de los años en los sistemas y en la red, convirtiendo al 2000 en un 00 que causaba miedo. Promesas del fin del mundo, lindas profecías y apocalipsis bancarios y bursátiles si todo después del 31 de Diciembre se llegaba en efecto a resetear  según teorías de conspiración.



No cabe duda que el cambio era lo que se respiraba en el ambiente; romper, soltar e innovar. Meses llenos de películas que se volvieron de culto como Election o Fight Club y discos como Bocanada de Gustavo Cerati o Ecos punzantes del ayer de Zapato 3, que se convirtieron en determinantes y fuentes de mix tapes para escuchar en mi walkman con pilas recargables. Puntos de quiebre para melómanos y cinéfilos que se debían escuchar a todo volumen, como aconsejaba a gritos y distorsión Cristian Slater en aquella película de 1990 en la que era un DJ de Radio Pirata (Pump up the volume)


    Me encontraba en el ojo de una bella tormenta, a punto de graduarme de secundaria y de entrar a la Universidad. Casi viviendo en casa de un amigo diferente cada fin de semana. Recuerdo a Scrappy, el perro de Leopoldo con olor a osobuco y cuyo pelaje según la leyenda era blanco y no color sucio. El piso lleno de discos rayados en la casa de Ricardo, de donde agarre el CD de Big Bang de los Enanitos Verdes antes de pedirlo prestado y recibir de respuesta un genial “llévatelo, te lo regalo”. Ni hablar de las idas a la casa de Daniel, el primer amigo que hice en el colegio, gracias conocerlo en un plan vacacional meses antes de comenzar el 4to grado. De niño con mi humilde colección de GI JOE era la apoteosis jugar con su caja de herramientas llena de figuras de acción con sus accesorios. Con los años pasamos a otro tipo de juguetes: los discos de Blink 182, Offspring y Garbage; un quemador de cds y mi primer contacto con el dvd, un formato cuya carta de presentación fue The Matrix, una obra maestra que no vi en el cine porque quería guardar el dinero para ver varias veces el regreso de la saga de George Lucas (un error del que hasta la fecha me arrepiento con todo mi ser, como pude ser tan idiota para no ver en el cine una película que revolucionó esa industria?)

Bueno, sigamos, hay que dejar las culpas y reproches con nuestra versión del pasado.

 Amaba el arte de las portadas de discos y sus cancioneros, de la misma forma que los afiches de películas,  las carátulas de VHS y los trailers de próximos estrenos; los podía ver en loop como los buenos videos de musica en MTV. Llegar a pagar una entrada para entrar a la proyección de Conoces a Joe Black? solo para ver el primer teaser del Episodio I de Star Wars, la Amenaza Fantasma,  y salirme sin ver la película de Brad Pitt. Libre de YouTube y poco o nada trailers en la Web, tocaba eso y cazarlos con grabador encendido en la televisión al final de algún noticiero en su sección de farándula o artes y espectáculo.  





Poniendo en contexto ese momento hay que decir que hacían dos años desde que George Lucas había re estrenado la trilogía original, con negativo restaurado, remasterizada y con escenas adicionales y efectos retocados. Yo no había tenido ninguna aproximación con la saga antes de esas ediciones especiales de 1997, pues nadie en mi familia era fan de la historia de Darth Vader, era un tiempo donde era raro si te gustaba la ciencia ficción, la fantasía y los comics, no había nada cool o de moda en ser fan de ese tipo de cosas, al contrario te hacía ver cómo un "nerd" (el Geek de ahora, solo que en modo de burla y rechazo)lo normal después del Western de nuestros padres eran las películas de acción de Stallone y Schwarzenegger, pero para mi después de verlas por primera vez, se convirtieron en parte de mí vida; las alquilaba sin parar hasta tener mis copias propias, recitaba los diálogos de Yoda, me emocionaba con las escenas de batallas en el espacio acompañadas con la música de John Williams, el “I know” de Han Solo o “I am a jedi like my father before me” de Luke Skywalker. 



        Siempre me encantaba encontrar a otro fan. Recuerdo a Andrés y como nuestra amistad  comenzó con un “también te gusta Star Wars?”... a los 16 años, no hay mucho más para hacer amigos, sin política o filosofía de vida, no hay como complicar las relaciones que pasan de cero a 24/7. 


        En su casa era como una dinámica completamente diferente a la que existía en la mía, mis dos padres son profesores, amantes del orden y lo políticamente correcto. Así que era toda una experiencia nueva estar en una habitación donde se podía fumar libremente, había un marcador negro indeleble para escribir en cualquier parte de las puertas de los closet de madera lo que quisieras, y tenias un bajo con su amplificador entre un poster de Elvis, discos de Genesis y Peter Gabriel y un playstation. Yo era uno de los pocos entre mis amigos con sus papás aún casados, así que al ser adolescentes de padres divorciados, muchos de ellos en aquel tiempo podían hacer prácticamente lo que quisieran sin grandes consecuencias, y definitivamente la máxima expresión de eso era Andrés. En su casa nuestras expectativas y ansiedad por ver la Amenaza Fantasma aumentaba, jugábamos Jedi Knight en su computadora con la Estrella de la Muerte como fondo de pantalla y con una miniatura del Millenium Falcon nos animamos a hacer con los demás un cortometraje, un fan fiction, para sazonar a un más la impaciencia. 




       Estudiábamos en un colegio católico, así que obviamente casi todos mis amigos compartían conmigo cierta  resistencia y rebeldía contra los sacerdotes y la religión, por lo que nos pareció la mejor idea incluir un poco de eso en forma de sátira tonta y casi infantil en nuestro Star Wars marca Acme. Yo sería un Han Solo con una pistola de Nintendo, un futuro estudiante de medicina sería R2D2 con una cesta de ropa sucia sobre su cuerpo y Luis Felipe el designado como Darth Vader, tendría debajo de la mascara una fotocopia en blanco y negro de la cara del director, para cerrar con la escena legendaria de “Soy tu padre”. Toda una producción de presupuesto en negativo con naves hechas de papel de aluminio, explosiones a partir de un encendedor y un spray analgésico (obviamente inflamable) y muñecos de Star Wars, He Man y Gi Joe como dobles de acción. Hollywood puro y duro.


         Llegamos al mes de la saga y estreno de The Phantom Menace, Mayo, entre visionados en grupo de la trilogía original, sesiones de hipótesis a partir de imágenes de revistas y  trailers y nuestro vasto conocimiento casi enciclopédico del universo expandido de la saga de George Lucas, cada libro, comic, revista o juego examinado con lupa. No existía nada más, solo pedíamos a Dios no morir antes de ese día y luego sobrevivir hasta el estreno del Episodio III, el cierre de la nueva trilogía y precuela de las películas originales.  Nos turnamos durante todo el día un lugar privilegiado en la fila para ingresar a la salas de cine, las personas no solo abarcaban los cines del centro comercial Lago Mall en Maracaibo, sino que salían hasta la calle. 





    En nuestro caso teníamos examen de educación física y pudimos coordinado con llamadas de teléfono públicos (los celulares eran  gigantes y un lujo) estar desde la madrugada en grupos dos, esperar a quienes por orden alfabéticos ya habían tomado el examen práctico de volleyball e ir en autobús al colegio a presentar y volver para estar de pie, casi sin comer, horas hablando sin parar de lo mismo que ya veníamos discutiendo a diario. De la emoción casi gritabamos como histéricos que encima se creen graciosos; un hombre disfrazado, haciendo un decente cosplay de Boba Fett se quitó el casco y nos gritó “maduren” antes de volver a colocárselo. Una situación bizarra que solo podía hacerte reír y nada más.


       Entramos y ocupamos casi dos filas enteras… arranca la fanfarria de la Fox, el logo verde de Lucasfilm, las letras azules con la frase érase una vez en una galaxia muy lejana, y pum!, el título amarillo que se devora la pantalla: Episode I, The Phantom Menace. Gracias al poder de negación y el Dolby Digital, sentíamos que algo no era como esperábamos pero igual estaba todo bien, no sabíamos si tanta fue la expectativa  que era imposible saciarlas, o si nuestro cerebro estaba colgado y aun no procesaba a Jar Jar Binks ni comprendía tanta genialidad, lo cierto era que tomamos ese Kool Aid y estábamos viviendo en esa galaxia, experimentando un nuevo capítulo de la saga por primera vez en pantalla grande y en su día de estreno, era nuestro tiempo, sin saberlo con sus altos y sus fallos, la trilogía de Star Wars de nuestra generación. Una trilogía de precuelas  que dos décadas después se ve desde otra óptica, lo que en su momento se le crítico, que tuvieran una estética y narrativa distinta, es algo que ahora se aprecia, lo que tanto se quería de ellas es lo que después fue atacado en la trilogía de secuelas (E7-E9) Hoy se recibe de brazos abiertos a Hayden Christensen (Anakin/Vader) y se valora el aporte en cuanto a la democratización del cine con la era de cámaras digitales, el uso de pantallas verdes y tantas cosas que muchos ignoran pero le hicieron todo más accesible a creadores en el futuro que estaba por venir.



    También después de ver todo a través del prima del tiempo, toma otra dimensión, significado y sentido, como el deporte mundial de criticar hasta el desprecio sin contemplar en lo más mínimo lo que eso puede causar en otro, como terminó siendo el odio desproporcionado que recibió Jake Lloyd (el niño Anakin Skywalker) o Ahmed Beat (Jar Jar) al punto que el último llegó a intentar suicidarse y el primero siendo un niño recibió tanto acoso que terminó en un espiral de enfermedades psiquiátricas y adicciones. En ambos caso, un despropósito criminal la cristalización del fanatismo tóxico, que ahora me hace enfocarme más en hablar de lo que me gusta y disfruto y no en lo que me desagrada, al final no aporta nada. No le hace bien a nadie. 




       Al final el universo de George Lucas, se volvió como ese familiar o amigo con el que puedes discutir, criticar, distanciarte y hacer las paces, pero del que nadie puede hablar mal si no es parte de la “familia”, ese puerto seguro o happy place cuando los golpes de los años hacen de ser adulto toda una experiencia de claroscuros. Es volver a sentir más allá de la nostalgia esa emoción pura e infantil cuando conversas con un amigo de lo que aman en conjunto (Rogue Two Podcast )


Es por eso que fue todo un privilegio sentir lo que sintió la generación del 77 & 80 en los 90 y 2000 cuando Star Wars regreso con un reboot/secuela (o su hija la recuela) en el 2015 con The Force Awakens, una suerte cancion cover, de puente entre tres generaciones. Lo mismo que fue el placer de volver a ver la Amenaza Fantasma en su 25° Aniversario en la gran pantalla, y poder apreciar lo adelantada que estaba su temática en un mundo pre 11/09, ahora su mensaje es más palpable porque es nuestro día a día, normalizado en redes sociales: inocentes que pueden morir o perder su libertad por poderosos, sus intereses y la conveniente lentitud y burocracia de quienes en teoría deberían y podrían hacer algo. Eso es Star Wars: filosofía, personajes, arquetipos, no solo efectos especiales, eso que logra que la gente aún hoy se quede sentada durante los créditos finales sin espera de una escena escondida, solo es el gusto por deleitarse una vez más con el Duel of The Fates de John Williams.



    De seguro, ocurrirá de vuelta en unos años para alguien más cuando una nueva entrega sea la introducción para algún niño que aún no ha nacido y cuyo padre experimentó su introducción a la saga con Baby Yoda o Ahsoka.






"The Force will be with you… this is the way"

Rene Rodriguez R


Continua con un viaje de vuelta a la Tierra Media

martes, 25 de abril de 2023

Luz, cámara y recuerdos: el top 10 de películas que moldearon mi vida. Parte 2


Primera Parte


Pulp Fiction (1994)

Soy hijo único, nací prematuro, con problemas ortopédicos, asma y era el gordito del salón (en un tiempo donde normalmente había solo uno o dos por aula y era lo típico hacer todo un tema por el peso ajeno)  así que estaba lejos de ser un niño cool o popular, definitivamente mi salvación fue la llegada de mi primo Alex cuando recién iniciaba en secundaria. Él vino a vivir con nosotros ya que en su ciudad no había una buena universidad, así que fue una mezcla nutritiva y contradictoria, ir al colegio compartir con niños de mi edad y los fines de semana, jugar a la adaptación y ser un joven precoz entre sus amigos.  Ayudaba mucho que siempre había en su grupo buena actitud. 


    Era 1995 y los cds de música tenían tiempo disponibles en las discotiendas pero mis ahorros de mesada ni los de Alex, todavía alcanzaban para eso, mas si para cassettes, cintas vírgenes de vhs e idas semanales a cualquiera de los videoclubs a los que estábamos afiliados, sin llegar a mis niveles casi obsesivos él compartía conmigo el disfrutar sentarse y ver con completa atención una película. Cada carnet para alquilar servía para un gusto o estilo distinto: el club para lo últimos estrenos, recién salidos del horno (algunos de dudosa procedencia), aquel para cine internacional más allá de Hollywood,  otro donde  poder encontrar Anime o cine de culto, raro, tabú o prohibido, lo casi imposible de conseguir; y obviamente la vieja confiable, Blockbuster. Era la prehistoria antes del Internet en cada casa, años luz de ese que no requería ocupar la línea de teléfono y con la posibilidad de descargar o ver en línea lo que quieras. 



Convertidos en el Indiana Jones de las Arcas Perdidas del escape y la inspiración, y es que así como el ocio y el vicio se caen a besos, el entretenimiento que escogemos delata mucho de lo verdadero en cada uno. Como bien decía Robb en High Fidelity "las series, películas, libros y discos es lo que realmente importa, es lo que te gusta, no cómo eres", es la verdad, lo que nos apasiona y a la que le dedicamos tiempo dice mucho y como un imán atrae o repele a personas y pensamientos. La eterna búsqueda de la nueva película favorita, esa para discutir casi en soliloquio en el recreo con mis compañeros de clase o los viernes con los amigos de Alex, me llevó a tener en mis manos a la caratula vacía, con la foto de Uma Thurman fumando Red Apples detrás del título Tiempos Violentos. 



Disfrutaba como ritual recorrer los pasillos de los videoclubs y ojear cómo vez primera las cajas de cartón de las cintas de vhs; existía un club llamado Video Roxy en donde más me sentía a gusto y sin presión para tomarme mi tiempo y elegir dos o tres películas para el fin de semana. El dueño era un jovial señor que decidió invertir su jubilación en ese negocio, se llamaba Armando, lamentablemente murió 20 años después de ese momento y tanto aprecio le tome que asistí a su funeral. El recuerdo recurrente que tengo de Armando es cuando conversábamos en Septiembre del  2001 frente a la caja registradora mientras le pagaba y vimos en la televisión de su local a un avión impactar contra las Torres Gemelas de New York; no lo podíamos creer, idiotas pensábamos que era el trailer de una película. 


    El decoraba su negocio con caratulas agrandadas que colgaban del techo, recuerdo en especial la de Darkman y Army of Darkness de Sam Raimi, con ese estilo de ilustración de serie B que me encantaba. Justo en ese lugar estaba la obra maestra de Quentin Tarantino, Pulp Fiction. Como una licuadora dentro de mi cabeza el Disco Sueño Stereo de Soda, los Cuentos Grotescos de Pocaterra, los Power Rangers y Chandler Bing le hicieron lugar a semejante inyección de adrenalina a la mente y el alma. Pumpkin y Honey Bunny se daban un beso antes de sacar sus pistolas y robar una cafetería. Asciendia el título en color amarillo con contornos naranja  al ritmo de Dick Dale & The Del Tones "Misirlou Recuerdo despegarme de la pantalla para ver a Alex y él hacía lo mismo conmigo, nos vimos y sin decir nada nos dábamos un festín con lo que había sido un clásico instantáneo el año anterior pero nosotros recién descubríamos.

 
    No conocía al John Travolta de Grease o al de Brian De Palma, sino al de Mira quién Habla, así que fue toda una vuelta de tuerca ser testigo de su Vincent Vega, lo mismo ocurrió al olvidarme sin esfuerzo de John McClane y sencillamente sentir la tensión de no saber cómo saldría Bruce Willis de semejante embrollo. Magia maquiavélica como rayo atrapado en una botella, era la vida que se sentía en ese film, vida que contagia, la vacuna al mas de lo mismo. Una historia contada en capítulos sin orden cronológico, un falso versículo de Ezequiel que memorizar en inglés contagiado con la voz de Samuel L Jackson y la reflexión de Mia Wallace sobre los silencios incómodos, lo innecesario de hablar por hablar cuando no estamos solos y la fortuna cuando encuentras a esa persona con la que puedes solo disfrutar el silencio entre miradas y una cereza en los labios de la mujer que sabes que no debes pero igual deseas.  

        Me convertí en un adicto a verla una y otra vez y como quien degusta una taza de café en el punto exacto de temperatura, cuerpo y amargor, así tal cual quería volver a vivir la experiencia. Luego de una búsqueda larga e  infructuosa por los videoclubs de Maracaibo de la ópera prima de Tarantino,  y no tener suficiente con obras similares como los Sospechosos Habituales, cazaba con el grabador de vhs encendido los canales de cable esperando tener suerte, y de milagro casi a medianoche, antes de una pelicula prohibida de Shanon Tweed tal vez transmitieran Reservoir Dogs o True Romance (cosa que no ocurrió hasta pasados 3 años)



    Después de ese momento, lo que comenzó con Tim Burton, fue a otro nivel, no era más el actor la estrella o el único artífice de ese efecto en mi luego de ver una película, ahora era el momento de prestar atención y respeto a la figura del Director,  en consecuencia antes de estudiar para un examen o hacer alguna tarea podía sacar  20 de 20 en Seven de David Fincher, Ed Wood de Burton o The Omen de Richard Donner. De a poco junto a mis cassettes de cromo con grabaciones piratas de Fin del Cuento de Sentimiento Muerto y el Album Negro de Metallica, estaban mi videoteca de VHS. Sentado con dos reproductores para grabar las cintas alquiladas a video cassettes vírgenes, esperaba en cualquier momento que el FBI derribara la puerta.




    Gracias a Quentin Tarantino aprendí que la mejor forma de estudiar cine era viéndolo, y en el caso de su filmografía era estudiar de los apuntes del mejor estudiante. El poder de una canción al ritmo o yuxtaposición de las imágenes, el lenguaje del color, el poder de los diálogos, la narrativa no lineal y tantos guiños a obras de otros creadores que tocaba ahora estudiar. Como fue el trabajo del maestro Martin Scorsese, de quien junto a Francis Ford Coppola con su obra maestra The Godfather  y Michael Mann con The Heat, que no me cansaba  (ni aun lo hago) de disfrutar de películas como Goodfellas, The Departed o Wolf of Wall Street como si se tratara de un disco de Gustavo Cerati, al punto que era un quinceañero con la película Casino original en su estuche doble de VHS, amante de esas creaciones ajenas que inspiran las propias, y es por eso que a diferencia de lo que quien me conoce piensa, mi género favorito no son las adaptaciones de cómics ni la ciencia ficcion o fantasia, sino las películas de gangsters. 


 
    Así pasaron los años, de estreno a estreno Tarantinesco, desde la Novia ensangrentada en búsqueda de Bill, pasando por el Coronel Hans Landa y sus escalofriantes diálogos, sin olvidar la sabiduría en la grandiosa Django con eso de que hay que saber perder pero sobre todo saber ganar, porque nunca se sabe cuando uno está abusando de su suerte y puede venir alguien a darnos un tiro cuando nos estrecha obligado la mano. Un viaje de cinefilia hasta la expectativa antes de ver Once Upon a Time in Hollywood ahora viviendo en Argentina durante el concierto Reservoir Songs una banda tributo al cineasta en el 2019.

    Cerraba los ojos luego de un sorbo de Cerveza Patagonia y volvía mentalmente a la habitación que deje atrás en Venezuela, decorada con el afiche original de Pulp Fiction enmarcado en negro(que tuve que dejar a falta de espacio en la maleta) al final como al principio hechizado con Uma Thurman y su cigarrillo. Recordaba a Alex y caía en cuenta de lo mucho que nos habíamos distanciado casi pasadas 3 décadas de aquellos tiempos violentos; el ahora vivía con su esposa e hijos en Canadá y yo reflexionaba en si dejar de esperar que el diera el primer paso y ser yo quien retomara el contacto. Ignorando por completo lo que se venia a nivel mundial en materia de proximidad humana. Seguía sondando Bring a Little Lovin' un cover de los Bravos interpretado por la banda Argentina que veía en vivo y que hacia un genial tributo a los Soundtrack de la filmografía de Tarantino. En minutos terminaría el recital y ellos me concederían una entrevista para mi podcast cinéfilo Todocinefansradio


Continua con un viaje de vuelta a una galaxia muy lejana

jueves, 30 de marzo de 2023

Luz, cámara y recuerdos: Memorias de un cinéfilo

 


Escoger qué películas ver según quién te acompañe es todo un arte, nunca es lo mismo que con esas que disfrutas ver mil veces sin que nadie te juzgue, esas que logras redescubrir, las que son las mismas, pero el que cambia eres tú ( Garden State o Wonder Boys ) las circunstancias y perspectivas, se suman nuevos detalles, diálogos que ahora resuenan diferentes por otras experiencias vividas. 





Muy diferente situación las sesiones de cine con tus padres luego de que ya eres mayor que ellos cuando te tuvieron, esos momentos de reencuentro y compartir, es clave, buscar una película con estructura clásica, fácil de entender, que en los primeros 10 minutos se sabe de qué va, obvio con al menos un actor nominado al Oscar (si es ganador aún mejor) y si tiene un mensaje, moraleja o mucho drama saca lágrimas, listo, ¡bingo! cero polémica.


Están esas de ver con los amigos cinéfilos anti Hollywood, Coreanas o alemanas, bien crudas, dobladas, nunca; idioma original con subtítulos diminutos. Si es versión del director con algo de Gore seguro será una buena velada de pizzas y cervezas con final abierto y búsqueda en wikipedia o algún podcast para terminar de entender el argumento. 





Por último las que se ven en pareja, dependiendo de la personalidad de tu acompañante, pueden ser maratones de sagas si son fans de las mismas ficciones o un punto intermedio, un una y una: una comedia romántica o esas basadas en hechos reales alternada con la Naranja Mecánica y Back to the Future, todo es posible salvo un gusto que cancele al otro, un género tabú casi prohibido para ver juntos.   


Cada película es como la canción que forma parte de tu soundtrack personal, es tu zona de paz, una mezcla entre nostalgia y novedad, una pastilla anti estrés, depresión o rabia, que algunos necesitamos a diario tomar; y aquí voy a iniciar un viaje al pasado hasta llegar al hoy, con esos recuerdos, esas personas que me acompañaron en ocasiones como cómplices de los silencios o aplausos al aparecer los créditos luego de un fundido a negro, mi top 10 con opción a un bonus track, 10 películas (tal vez 11), 10 momentos en mi vida.



Batman de Tim Burton (1989)


Tratar de recordar, intentar revivir un momento que tal cual tatuaje o cicatriz, dejó una marca, una musa, la imagen en cámara lenta y rápida, personalmente editada, es sumamente fácil; solo es complicado cuando se trata de algo ordinario, pero nunca con la extensión de un evento convertido en memento, en una creación un tanto real y ficción.

Cierro los ojos y le hago trampa al primer recuerdo relacionado con el cine que trae mi memoria, por lo vago en su definición, solo retazos de imágenes cuando tenía 4 años en 1986: mis padres a la salida del Teatro Landia en Maracaibo después de ver King Kong Lives. Casi como una fotografía gastada, sin color y desenfocada, a diferencia de la exactitud de aquel junio de 1989 cuando junto a mi Papá, hacía fila para entrar a ver a Batman.



Casi puedo oler las cotufas, pochoclos o pipocas en la larga y ancha fila para comprar las entradas, y poder ingresar al Cine Altamira, una emblemática y pionera Sala de Cine de mi ciudad natal que estaba construida en la planta baja de un edificio clausurado por una estructura mal ejecutada, el esqueleto de algo que nunca cumplió su propósito, y que causó década y media después el cierre de la sala, algo igual inminente conforme se propagaban las salas múltiples de Centro Comerciales.


Era el tiempo de vendedores en plena calle que ofrecían merchandising pirata de películas. Tengo grabada la imagen de cada camiseta, chapa y vaso estampados con el mejor logo en la historia de adaptaciones del personaje de DC, el símbolo del murciélago con fondo amarillo. Aumentaba la expectativa ya sentados en nuestras butacas en espera de que se apagaran las luces y el proyector se encendiera. Tantas cosas que conectan al Caballero de la Noche, la creación de Bill Finger y Bob Kane con el hombre que amo, mi padre, empezando por la gran coincidencia que comparten día de cumpleaños (o creación) el 30 de Marzo.



Más allá de lo obvio, lo inherente en la tragedia de Bruce Wayne, el miedo de todo niño: perder un padre o terminar siendo huérfano; se conjugaba al hecho de que tiempo antes del estreno de la película, tuve una operación correctiva en mis dos pies y pase un par de meses con las piernas enyesadas y moviéndome en silla de ruedas, algo que paradójicamente recuerdo con cariño pues mi papá, inteligentemente, me había regalado una montaña de comics de Batman.



Así que allí estábamos los dos frente a la gran pantalla, inmersos en la música teatral, una suerte de fantasma de la ópera de Danny Elfman, el imaginario gótico icónico de Tim Burton, y el hipnótico y perfecto Michael Keaton con su ”I am Batman”, y es que nadie ha logrado aún, lograr una mejor voz para el Gran Detective, salvo el difunto Kevin Conroy en la versión animada. Imposible pasar por alto al maquiavélico y magnético Jack Nicholson, gracias a él, termine siendo un niño que disfrutaba sentarse a ver en Betamax One Flew Over the Cuckoo's Nest y The Shining.


    En simultáneo junto al disfrute de la película y la conexión con mí padre, tuve una epifanía, descubrí, definí y fijé (hasta hoy 34 años después) a la sala de cine como mí templo, me sentí emocionado, con la certeza de pertenecer, de estar en paz, un lugar donde incluso solo siempre estaría acompañado, caminando entre pasillos con afiches enmarcados. No al azar mis salidas favoritas siendo niño no eran a una plaza o parque, un Arcade o franquicia de comida rápida, sino a un vídeo club. Así no resultó raro pedir en navidad un reproductor VHS y otro el año siguiente para poder grabar y crear mí propia y primera videoteca.


"You gonna get nuts? Come On! Let's get Nuts!"




     Decía un enloquecido Bruce Wayne, una línea traducida en subtítulos que no alcanzaba a leer a mis casi 7 años, pues cambiaban muy rápido. Pero no había problema, mí papá en susurros casi al oído para no molestar a los demás me leía: "Te quieres volver loco?. Vamos!. Vamos a volvernos locos!" Eran otros tiempos en que salvo una película animada de Disney, todo venía en idioma original. Cómo extraño aquel momento.



    Salimos del cine y sencillamente fue el inicio de una tradición, ir a cada estreno de una película de o con Batman. Desde aquel primer viaje sin mis padres a Caracas en el que pude ver con mis primos Batman Returns en 1992, para terminar locamente enamorado de Michelle Pfeiffer. Pasando por el sillón reclinable más confortable en el que disfrute en Sala Premium en el 2008, tal cual vaso con Whisky de una sola malta a la obra maestra que es The Dark Knight de Christopher Nolan, y enloquecer con el Joker de Heath Ledger. Vivir toda la montaña rusa y absurda que fue poder ver durante la pandemia la visión de Zack Snyder de la Liga de la Justicia, o tragarme la lengua después de la sorpresa que fue,como hater de Twilight, disfrutar del Batman de Robert Pattinson, con ese estilo tan Sev7n.







   Han pasado los años y que ahora suman décadas, en las que alegorías en pozos y escaleras en las películas del murciélago me vuelan la cabeza, ver al héroe subiendo por un pozo libre de miedos luego de caer y ser víctima de nuevas fobias o al payaso bajando bailando por escaleras que conducen a su infierno después de subirlas taciturno y lúgubre, incapaz de rozar al cielo,  cada uno por su lado antes les tocó hacer lo contrario, caer y ascender, miedos y daños, valor y caos.









    La gran diferencia y dilema entre justicia y venganza. Sencillamente una historia que me regaló y le sigue dando inspiración y escape a mi vida.







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