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lunes, 21 de abril de 2025

Naturaleza y viceversa


    La emboscada estaba lista, cuando una niña de ojos negros y redondos, disfrazó un agujero inmenso con una manta agujereada, cubierta con hojas secas y amarillas, en el rincón más recóndito de un bosque exiliado de los cuentos de hadas, rico en aire áspero y árboles de brazos amputados, pero en esa tarde en contraste no había nubes con tonos grisáceos, no le antojaba lo tenebroso a tan lúgubre escenario.

 -       Gaviota, gaviota, ven que la merienda se te enfría (repetía con malicia Coni, cazadora incansable de águilas y lo real en fantasías)  

    Justo después de arrancarle la aguja a su brújula, Coni colocó sobre la trampa la carnada, se trataba de un oruga que imploraba ser capullo, con la condición de convertirse en una mariposa esclava, pero más pudo, las ganas de tener como mascota a una gaviota; lástima, pensó de inmediato la niña con sonrisa de estrella por la mañana, cuando su presa cayó tras aterrizar en una pequeña sabana.

    Sus alas sorprendidas no se agitaban a diferencia de otras tornasoladas, y es que para su sorpresa, el señuelo cumplió su trabajo pero sin ser alimento, ya que escapó luego, como una mariposa que dejó de arrastrarse para volar en ráfagas. 

 -   Tengo que tener esa mariposa, qué fácil le ganó a mi gaviota (la niña quedó boquiabierta, mientras observaba al águila que creía gaviota, todavía atrapada con retazos de tela blanca, en lo profundo de una excavación de dedos pequeños sin picos ni palas) 

    Dos osos con insomnio vieron perplejos a una pequeña exploradora correr, con la inocencia de que nunca conspiraría contra ella.  Sus pies, al cambiar de lugar la punta de las flechas, ir hacia adelante era el norte de la parte posterior a su cabeza.

 -    Yo no se nadar…   Parada sobre el agua las leyes de gravedad tomaron vacaciones de verano, pues sin ser hielo nunca se hundió su cuerpo; alivio inusitado, cuando sin preverlo se detuvo al dejar atrás la orilla de un arroyo. La mariposa no se cansaba de ser bromista y de revolotear justo a la mitad de aquel suelo acuoso, pero sus bromas la hicieron a ella víctima, por descuidada Coni pudo atraparla. 

 -     Te lo dije,  porque por las buenas no me acompañas… (aseguraba la picara chica antes de que la invadiera una letal tristeza, la mariposa tenía las alas rotas, porque ella, la había inmovilizado con una fuerza no propia para sus diminutas manos, cuyas palmas sin rayas mostraban vergüenza) 


-Por fa cambia de color mariposa, y dejaré que te vayas libre a otro lado. 

    Las partículas que conformaban el vaivén que ella pisaba, ascendían como lágrimas que regresan  a una melancólica mirada, alimento para nubes enfermas de glotonería, eran cada una de las gotas que se elevaban junto a Coni y una mariposa adormecida. La pequeña atravesó el techo de algodón como cruzando una pared que separaba dos cuartos, y dejó de subir para comenzar a caer hasta sumergirse en un océano sin islas prestas a naufragios. Antes del segundo en que tocaría la tierra de sirenas, la mitad de un hombre emergió de la arena que en el fondo se mantiene seca, él gritó y muchas burbujas se conjugaron en solo una, la cual le abrió sus puertas, esas que se despidieron de su transparencia con una tonta excusa, jugar a lucir desde afuera como una luna llena, y en consecuencia, Coni sobrevolaba junto a su nueva mascota en coma por ahora el fastuoso mar, iluminando como un faro a barcos extraviados a punto de encallar; pero cuatro fantásticas bestias de lo más horrendas lanzaron contra ellas una lanza que no jugaría a la inversa, esta vez, las cosas seguirían el orden de la naturaleza, y luego de que estallara una esfera, la niña exploradora y su mariposa tendría que descender no hacía un bosque, sino directo a los que esconde una selva que si cree en el pánico de noche. 


 -       Jajajajajajajajaja, creo que no solo hemos atrapado la cena sino un buen molde para una muñeca de cera (gruñía una de las criaturas que había capturado a la niña, sus palabras viajaban en un hedor putrefacto, pero Coni nunca reflejo miedo, lo cual no la hacía lucir del todo inofensiva) 

-       Ustedes suenan como columpios oxidados (ella comenzó a palpar con travesura los ojos gelatinosos de quien la sujetaba haciendo muecas inexpertas) ¿saben que parecen?, ¿a que no adivinan?.... ¿no?, huelen a montaña rusa. 

    El rechinar de uno de los brazos enmarañados de aquellos villanos al descubierto, desencadenaron una avalancha de infantiles carcajadas, contagiosas al extremo, de incluir en la burla a los otros monstruos, luego furiosos, por quedar como un cuarteto de tontos que aspiran provocar sustos. Alguien salió de unos matorrales que antes bien pudieron no haber existido, se trataba de un chico que empujó a los captores poco amenazantes, averiando cada uno de los dispositivos que le daban vida a varios mecanismos.   

-       No tienes que agradecerme, da igual ser débil o héroe, son tan patéticos, tienen desde hace mucho esos trajes de animales parlantes y pretenden no hacerles mantenimiento, son solo huesos(alguien le dijo al oído a Coni) 

    Ella no podía ver sus ojos pues él tenía unos lentes negros y cuadrados, y además, su piel y cabellos estaban untados en barro, algunos pedazos limpios bien pudieron mostrar  carne, pero por el contrario, era una suerte de vidrio. Ambos niños se destornillaron de la risa, viendo dos pares de cráneos hacerlo literalmente del resto de su esqueleto, cayendo al desmembrarse sus disfraces, los cuales, no eran más ni menos que pieles artificiales con articulaciones de falso acero inoxidable, corroídas a falta de grasa  y sus voces eran grabaciones de un disco rayado, que repetía en breves lapsos frases espeluznantes como “de esta no te salvas, de, de, de, de esta no te, no te, de esta no te salvas”, al unísono en algunos engranajes, rodaban dirigiéndose hacia un torbellino de arena a relativo espacio de distancia.    

  -       ¿ Y tú cómo te llamas?, mi nombre es Coni y esta es mi mascota, era una oruga pero ahora es una gaviota (el niño embestido en lodo sonreía al ver a la aporreada mariposa) 

-       Soy incógnito, un amigo imaginario desempleado, hace un rato estaba ayudando a un detective a hacer un retrato hablado, la historia es larga, pero en resumen tuve que renunciar a mi último trabajo, fue lo más lógico, siete de mis compañeros de trabajo no dejaron ni rastro, pero ese niño… no puede ser tan malo después de haberme dado un regalo (abrió la mano y el chico de lentes cuadrados le mostró a Coni un avión de aluminio arrugado demasiado) hay que ser precavido, nunca se tiene demasiado cuidado con los extraños. 

-       No quiero ser una mirona quitadora, eso es casi tan malo como ser una dadora pedidora, o recibidora devolvedora, pero… sería mucho pedir si me dejas romper tu avión, es para una buena causa (Incógnito se apiadó de la pequeña y le cedió el obsequió del niño desaparecedor) 

    El avión de papel plateado regresó a su estado natural antes de ser roto en pedazos, y así, los fragmentos que fueron fuselaje blindaron las alas rotas de la mariposa en coma por ahora. Sorpresa de esas que no lo son en esencia, pues se esperan, traslució del rostro rosa de nuestra cazadora, al tiempo en que su gaviota, dejó de ver las manos de Coni como una cama solitaria de hospital, para sacarle provecho a una plataforma de despegue potencial.  

-      Coni eres tremenda enfermera, pero te falta prudencia, requisito indispensable para ganarte como yo la merienda, mira, no hay advertencias luminosas, pero donde vuela tu gaviota, es una cortina de tierra de lo más embaucadora (el torbellino de arena que se tragó algunas de las piezas de las calaveras recubiertas, succionó sin condescendencia a la mariposa en plena recuperación)- no quiero rendir más declaraciones por desapariciones. 

    Las alas de la damisela aérea eligieron un color y dieron fin a su vistoso tornasol, un verde esmeralda se apreciaba a través de cada grano de polvo que se agitaba, y a Coni, la sedujo una esperanza, sin temor ni valentía, solo instinto de poder ser amiga de una gaviota sana y salva. En el interior de un ciclón con hastió a ser peligroso, cada movimiento se mantenía en cautiverio, tanto la pequeña y su compañero incógnito, emulaban a las alas entablillabas con aluminio que se detuvieron, pero uno del trío, perdió sus facciones sin ansias a ser anónimo, fango seco que se volvía giratorio y el niño imaginario, invisible e ileso,  atravesó el ciclón para colocarse sus lentes cuadrados y negros de nuevo. 


-       Es un reloj de manecillas rotas y números gastados, allí tiene quietud el ahora, y si me acompañas se prolonga tu pasado, no creas que soy sabio, solo repito lo que talló un quien diría en este árbol amputado(confesó Incógnito cerca de restos de pacíficos esqueletos, señalando  una placa vegetal, donde unas palabras indicaban la manera adecuada, de usar aquella tormenta de arena) - sabes que por pequeño no se me permite serlo, sabio me refiero, uhmm… (un risa infecta de sarcasmo, le regaló Incógnito a la arqueóloga, que compartía sus pensamientos dichos en silencio) - y si sigues caminando con tu ruta contradictoria, el futuro es de cada uno de tus planes, el reverso (parte de la cara de Coni salió al otro extremo de la arena que rotaba, sus gestos eran viejos y un próximo regreso se avecinaba) así que solo te queda el techo, sí te fijas es como un ojo de viento,  es la única vía que las instrucciones nunca explican, sí me lo preguntas, siempre es algo bueno. 

    La gaviota la incitó a emprender el vuelo, ambas juntas en suspiros huracanados, al ritmo de giros que poco a poco las iban fusionando, en ausencia de ambición al turbulento tornasol, brotaban de la espalda de que aquella niña de mejillas coloradas  alas de color esmeralda,  y así, sencillo para las dos, pero complicado para osos con ojos rojos, surcaron una vez más la barricadas de algodón, siendo deleite a curiosos.







jueves, 1 de octubre de 2020

La primera década después de la última pandemia.




Capitulo 1

"Dónde quisieras estar en la próxima pandemia?"

Un mundo de mascarillas y desinfectantes.

Los alter egos en redes sociales se volvieron personas con el rostro al descubierto. El resto aprendió a identificarse solo con sus ojos y el movimiento bajo sus mascarillas y anteojos

Las reuniones por video llamadas, la nueva zona de confort, entre más virtual, más responsable. Muchos quedaron con la fobia a las interacciones para evitar enfermarse.

Octubre 2030

Pasaban los años entre el alivio para quienes creían que lo vivido y perdido no se repetiría, y la coherencia según otros de pensar, que sería cuestión de tiempo para que la enfermedad y paranoia regresara incluso de maneras nuevas.

Igual ella seguía buscando a quien saber hacía lo mismo de vuelta. Lo que buscas te está buscando dijo un sabio, solo déjate encontrar.

Mientras él con el mismo miedo, de sufrir de arrepentimiento, de contagio, de no coincidir espacio/tiempo o en anticuerpos, el terror al desperdicio de momentos buenos frente al teléfono por instantes huecos frente a otro cuerpo. De las náuseas por ansiar que todo fluya, ausencia romántica, esa que hacen a dos uno y no piezas que no encajan, solo se esfuerzan a estar entre si acompañadas.

Sin temor a la no química, a lo físico, al contagio, al no saber que hacer cuando el mínimo contacto se sienta al máximo... ellos dos prefirieron equivocarse.

Capítulo 2

Quién leerá mí biografía?...  Él se pregunto enajenado con la tristeza que se retroalimenta.

Entre logros y vivencias impalpables, descartables, y reemplazables.

Él se sentía hastiado de las aplicaciones y sus actualizaciones para una relativa mejor interacción, falsas promesas de mayor contacto, más inmediatez y conexión.

Oxidado en el arte de socializar más allá de dar un like, enviar stickers y reducir todo a un meme. Con anemia de abrazos, sediento de un beso bien dado.

Pero a la vez, en su eterna paradoja de desear lo mismo que le causaba rechazo. Con el terror latente a sufrir de nuevos ataques de pánico al estar frente a otro humano. El deseo de lavarse las manos, la ansiedad después de un apretón de manos y el sudor frío con el solo sonido de una tos o estornudo de un amigo o extraño.

Intentos frustrados de estar cómodo en reuniones dónde hasta un tono de voz alto o poco armónico podía irritarlo. Gente hablando al mismo tiempo o la cacofonía de un ambiente transitado, le hacía sufrir de la fobia a no poder tan solo desaparecer al cerrar con un click su sesión. Miedo al saber que en carne y hueso no hay pantallas que apagar o micrófonos que silenciar, pero si, la obligación de dar una excusa y explicación para querer estar solo sin parecer un loco, inadaptado y asustado. 

En un mundo donde encajar e influenciar a diario lo es todo, querer ser una isla libre  de Wifi resultaba un tanto raro. 

Paranoico, incluso víctima de las últimas teorías de conspiración, al creer que quizás la vacuna inoculó en él la enfermedad de la soledad e insomnio sin antídoto, la eterna angustia, el irreparable vacío. Se Sentía como corriendo sobre la superficie de un lago, sin querer sumergirse, flotando sin saber cómo sus pies se elevaban sobre el agua, piernas suspendidas querían mojarse, nadar y dejar de volar secas y aisladas. 

Y allí, a la vista, cómo lo que menos encuentras cuando escudriñas, y que aparece después de dejar de buscar, estaba ella en la orilla de esa isla que él tanto anhelaba, con sus manos sumergidas por completo en el agua, saludando a la victoria de los náufragos... no perder la cordura en espera de otro barco. 

Capitulo 3

 Aburrí los lugares, del sofá a la cama, de la sala a la terraza, enterrando mí tristeza en maquillaje, sin salir de casa, grabando tutoriales para mí canal de YouTube. Se dijo así misma ella, diez años atrás, en el año de las pausas, de los finales y el mientras tanto. Una década pasó entre live de instagram, post de su canal de YouTube, y muchas horas de podcast y playlist de Spotify.


Ella sintió que ya no tenía fuerzas, que cada paso era una espina que se clavaba en sus piernas. Pero lo logró, surfeo la ola y sobrevivió después de muchas videollamadas de terapia. Era el 2030 y sentía esa sensación amarga y familiar un dejavu. En su rebeldía de anhelar una real conexión.



Aferrada a un sueño, a un propósito, a un nexo entre tanto ensayo y error, buscando en cada nuevo emprendimiento, el fulano éxito, llenar el vacío de no sentirse plena. La cura al sentir truncado de expresion y liberación...

La Fórmula perfecta no existía, ella lo sabía...nada era perfecto... menos el compañero y complemento idealizado, intachable... El Mal para los perfeccionistas en estos días... Hay que encontrar el aliento ...


De encontrar lo nuevo, el cambio, el antídoto a lo muerto dentro de la vida


A veces quiere llorar y quedarse en su cama sin moverse, otros días ansiosa por salir a correr en un bosque interminable y exageradamente verde... dejar que se pasen los días.


 "Pero esto es más fuerte que yo... " pensaba en ecos eternos en silencio.

Ese silencio que quiere rendir cuentas ni sabe aún queriendo dar una explicación. No todo se debe justificar ni confesar. Secretos para no molestar.

Innecesarios argumentos para revelar.

Pensaba en sus padres, cuánto se amaban en apariencia, en fotografías de Facebook. Hasta ese 2020 que como una lupa todo lo amplifico. El despido de su papá, el resentimiento acumulado de su madre, una combustión en potencia que redundo de pelea en pelea hasta ser separación.

Se vendía alegre, optimista y siempre exudando buen gusto coquetería, pero bajo la superficie, existía una rabia secreta, un rencor incluso a aquellos que ella en redes seguía. Pensaba en su abuela, víctima de una amiga creyente en teorías de conspiración, que sin lavarse las manos, en protesta contra el nuevo orden mundial, sencillamente la saludó, su abu se contagio y no la pudo contar.


Mucha impotencia, como esa que daba al escuchar a la ahora extinta OMS, esa que invita a gritar, a golpear la pared y romper el vidrio. Destrucción que no dañe a nadie, para ella era la idea más justa y terapéutica.


Gritando al vacío del viento sin grillos ni pajaros que cantan al amanecer, armando de sus retazos, una obra de arte, "y que lo viejo el mar se lo lleve" deseaba tanto, "para cuando el momento justo llegue", su mantra, su zen y calma, la marea que se va y vuelve, disipe lo vivido para abrirse al abismo de lo desconocido, lo incierto con su promesa de distinto. Soltar, dejar ir, esa idea de lo que debió ser, de lo merecido, de lo que no fue, el ancla, que pesa, que arrastra y detiene, sin dejar que el no tiempo, el no lugar, se trague su rabia. Para poder volver a nacer, después de morir un poquito todos los días.

La auto crueldad que todo lo erosiona, las expectativas imposibles, dañinos patrones , adictos y tan dañinos. Estaba a punto de terminar. Cuando lo vio a el, prófugo como ella de lo que se espera, de la.vida que alguien más diseña.

Intermedio

Una puerta sin llave nos separa 
de quienes extrañan nuestros abrazos. 
No estan encerrados en muchos casos,
es la mejor decisión tomada con dolor de estar alejados con el deseo de un beso, para protegerlos de un mayor daño.
Estar cerca sin tocarlos, es el mayor amor y afecto en tiempos de contagio. Nada será igual, ningun gesto de cariño se volverá a dar por sentado. Como volver a despreciar un sincero apretón de manos, el roce con cariño en la mejilla de otros labios?. A veces cuando amas a alguien y quieres protegerlo debes mantenerte lejos y ser un extraño.



Capitulo 4

Noviembre 2030

Èl estaba en la estación de subte, deslizando sus dedos entre elección y descarte, en una nueva aplicación de citas en su teléfono. Era su día libre en su trabajo como delivery. 

Ella lo observaba, desde que él entro al vagón en el que viajaba hace casi una hora después de una caminata semanal en una plaza, a dos metros de distancia ella nadaba en aquella ajena pantalla de celular, separación obligatoria entre dos desconocidos, un protocolo que se mantenía desde la última pandemia china, para prevenir algún potencial contagio a cualquier nuevo e inminente virus. 

Ella lo espiaba de regreso a casa cuando él pasaba de foto a foto, entre mujeres con tatuajes, otras posando con audífonos, algunas leyendo un libro, acompañadas con un perro, un gato o ambos, tantas en trajes de baño, como BIOS de redes sociales que se creían trascendentales y originales. Ella se sonreía al saber que hacía lo mismo en casa, en sus recesos cuando trabajaba a salvo desde su computadora a distancia.

Usar el celular en una reunión era señal de apatía y mala educación, pero se volvió después del corona, para muchos, en la única opción. 

La aplicación Alwaysmatch buscaba compatibilidad en otros usuarios de forma inmediata y con una permanente actualización de base de datos. El algoritmo medía constantemente lo que decias en voz alta, lo que hacias en público y en privado. 

Lo escrito, lo borrado, buscando patrones, conductas impertectibles incluso para quién usaba la aplicación. Y así, alguien podía estar con un candidato seleccionado, supuestamente The one, el indicado hasta que el celular dijera lo contrario, pues si algo no salia como debería en una cita, al instante Alwaysmatch buscaría a otro aspirante en el mismo lugar donde estaba quien usaba la aplicación, con una potencial pareja. En simultáneo experimentabas conocer a alguien, lo evaluabas y se te presentaban nuevas opciones. Alternativas dadas por la inteligencia artificial siempre activa en el dispositivo incluso estando apagado. 

La tecnológica herramienta era cada vez más precisa, intuitiva y fácil de usar para conocer a personas nuevas e iniciar relaciones que fluctuaban al ritmo de un algoritmo,entre ser duraderas y efímeras, se sumaba, una secuela del 2020, el gusto y olfato interrumpido para muchos en aquel entonces, regresó en la mayoría mutado y aumentado al punto de causar: rechazo, náuseas, alergia y hasta urticaria con el mínimo contacto, un breve abrazo, respirar el aroma bajo del perfume y el roce de los labios. Resequedad por abuso de antibacterial y alcohol en las manos, volvieron las caricias, algo poco placentero, se hizo habitual lo áspero.



Compartir fluidos nunca había sido para tantos una ruleta rusa, algo que rayaba en lo desagradable, incluso a prueba de pastillas y látex. No existía protección contra la no química.  


Él por su parte después de ensayo y error, de intento y fracaso, de levantarse de una cama ajena, hastiado de estornudar por una nueva alergia o vomitar por el sudor combinado, que ahora para muchos asqueaba y enfermaba, la volvía a ver a ella sentada en el vagón del tren, a dos metros de distancia, aterrado de acercarse a saludarla. Otra semana sin atreverse a decirle a ella"hola" gastando en Amazon lo poco ahorrado en un visor de realidad virtual, una nueva alternativa para tener sexo sin peligro a enfermarse.



 Los bares y moteles virtuales cada vez se abarrotaban más y era cada vez más complicado reservar. Cada quien en medio de unos tragos, comida o encuentro sexual VR, podía buscar otra nueva persona u opción, pausar para retomar después o de plano apagar el artefacto y escapar sin tener que pedir disculpas o dar lógica explicación, más allá de un "no me provocó".

Mientras ella al mismo tiempo había llegado hasta su límite, su ya no más, el hastío a artefactos que le ahorraran un supuesto mal rato, a que lo que había previsto un programador la atosigara con infinidad de notificaciones para alertarla de una nueva opción de futuro mejor. De no aprender por si misma, sobre lo que leía en ficción, la aventura y el riesgo en lo espontáneo, el acierto que se acerca tras cada error humano, se sentía como una tonta, por su miedo al automático, primitivo e instintivo no, por un beso no correspondido, gustos que difieren, opiniones que abren las puertas a la polémica de la que no se vuelve. Lo dejo todo atrás y dio un paso al frente, de pie junto a él en el recurrente vagón del tren, lanzó los dados, y se atrevió a saludarlo.

Apostando a lograr como los erizos en un día de frío, la tan buscada y complicada distancia perfecta, pues cuando ellos buscan el calor con la proximidad corporal, se causan entre si más dolor, pero si se alejan sienten el frío que quema de vuelta, viven la eterna paradoja, la dolorosa contradicción, que los obliga a ir cambiando la distancia hasta que encuentran la perfecta separación, el espacio que los salva del frío y el calor. 





Capitulo 5

 -Hola mí nombre es Isabel, puedes llamarme Isa, cuál es el tuyo?. Pregunto ella frente a él en el vagón del tren, violando el protocolo de dos metros de separación entre extraños.


-No te conozco pero recuerdo la línea de tu cuello hasta el último detalle. Contestó Max a pesar de su miedo, no termino balbuceando sino más bien se sentía elocuente más allá de sus manos sudorosas y su voz que delataba que se encontraba temblando.

Pasaron las horas y su primera cita, les mostró a ambos algo nuevo. Lo espontáneo. Sentían los nervios antes de un beso, lo eléctrico entre mayor proximidad entre sus cuerpos. El descubrimiento al dejar atrás la rigidez, el desapego, expectativas y paradigmas, rompiendo los barrotes de las limitaciones auto impuestas. Aprendiendo y disfrutando al unísono, dejando todo fluir, a realmente observar y escuchar al otro, sin interrumpirlo para escribir un tweet, comentar o subir una foto a instagram o buscar en medio de una discusión, corroborar algo en Google.

Sin creer al otro como prescindible, descartable y fácilmente sustituible. Max se maravillaba por los gustos y pasiones de Isa, y ella se sorprendía por los gestos de él, sus acciones, sus ademanes, e incluso por el olor de su aliento y el sabor en su lengua. Se sentían desnudos antes de estarlo literalmente, libres de la nostalgia por el pasado, la seguridad y placer en lo buenos recuerdos, y desembarazados de la ansiedad al futuro, al mañana, dueños del " un día a la vez", el regalo del siempre es hoy, y es que al final el hoy es el futuro que no habías imaginado.

Aprendieron a ser egoístas, a no compartir sus momentos, sus risas y sus tristezas por redes sociales. No sé trataba de ser un secreto o vergüenza, era la picardía en lo privado, el privilegio de lo solo conocido por ambos.


No depender de inmortalizar instantes en imágenes y luego ahogarlas entre likes, comentarios o alguna polémica innecesaria en mundo que se ofende y transgrede segundo a segundo. Era cuestión de sentir, de observar, de escuchar, saborear y respirar, cada caricia, cada beso, cada encuentro. Piernas que se mezclan, abrazos que liberan, tanto entre suspiros y orgasmos.


Horas que se convirtieron en meses hasta ser un año. Conversaciones cruciales y triviales, siempre filosofando. Llegando a la misma conclusión, que la vida se abra camino sin pensarlo demasiado. La victoria de los náufragos es no perder la cordura en espera de un nuevo barco.




Diciembre 2031


-Gracias por atreverte a acercarte, a conocerme, sin antes stalkearme en redes, todos vivimos temerosos de conocer gente realmente desde cero, un saludo es casi un salto al vacío. Le confesó Max mientras ella lo contemplaba con ternura.


- Crei en mí instinto, como trapecista sin red, al final pudo más que un algoritmo. Lo nuestro es tan fuerte, tan voraz, tan real, que arrasó con todo lo que es simulación, esa emoción artificial se acabó. Aseveró Isa antes de un abrazo interminable.


"Cuando no te escribo...


 ...igual te tecleo en mi mente". 


Pensaron sin decirlo.


Unir los puntos crea una figura, pero que tal si se hace un cambio de ruta, un robo al destino?. Si se trata de un engaño lo prediseñado, porque no burlarlo de vuelta?.


La vida es un incendio...


cuando pasa no te da tiempo.


Es cuestión de disfrutarla mientras sucede a pesar de sus reveses. Es lo malo y lo bueno.


Entenderla es tarea de los muertos.


Enero 2040


Mayre veía a sus padres mientras leía un poema que Max escribió y que ella decidió dedicarle a sus abuelos. Isa pensaba en su padre siempre protector desde el cielo, en su madre aún con vida, y él en los suyos por ahora lejos. René Rodríguez Roque



La primera década después de la última pandemia Podcast










viernes, 7 de septiembre de 2018

Los hijos perdidos

“Los hijos perdidos”

A toda velocidad, sentada dentro de un carro de supermercado, una niña de cabellos rizados, llamada Ana, abría los brazos con los ojos cerrados, mientras su mamá conducía, entre pausas, cada vez que encontraba en los anaqueles algunos de los pendientes anotados en su lista, tantas marcas para un mismo producto, el Valhalla capitalista.

“Hoy no Anita, ya tienes en casa demasiadas chucherías”, sentenció la mamá.


                                                           Fotografía de Ernesto Pérez                                                                                           








Ana tenía la intención de abrir sus ojos, manipuladores como el del Gato con botas, para ver a su madre sin rostro y lograr persuadirla para que le comprará más galletas reinitas, con cremita de fresa, de esas que abres y lames dejando solo las galletas con saliva. Pero tan solo se topó con el fracaso… y la realidad, pues Ana estaba soñando, y despertó ahora un poco mayor, en su nueva cama, esa que compartía con su abuela Emma, pues su mamá tenía par de meses que había abandonado Venezuela.

Con un mal sabor de boca, se levantó y su abuela reconoció en su mirada la misma "pesadilla" recurrente: imaginarse haciendo algo tranquila como en los tiempos de antes, con toda su familia unida, sin la angustia que ahora permea todas las rutinas.

“Mija, quite esa cara, venga que le hice una arepita frita, con quesito rallado, me quedó mi amor con te quiero, con el huequito en el medio como le gusta”, dijo a modo de consuelo.

Con un beso en la mejilla, Ana se sentó en la mesa de dos puestos, a probar su desayuno, sabía que no había chocolates en la alacena, pero se sentía feliz por tener con vida a su abuela, quien arrastraba los pies, repetía las cosas y gritaba incluso estando cerca, acostumbrada a hablar con sus amigos jubilados y pensionados, que decían todo a todo volumen en la cola del banco, pero era su abuela, la única quien la escuchaba sin fingir atención, con un pan dulce y café con leche en mano, haciendo hincapié siempre que era esto era “una merienda de ricos”, que no debían quejarse, pues muchos estaban peor, pero que “gracias a Dios” ellas tenían a la mamá de Ana, enviándoles dólares desde Texas.
 Fotografía de Laurio Di Luzio


·         “Por cierto Anita, tu mami escribió que te ama y te extraña mucho”.
·         “¿Ah sí? Qué bueno… siempre escribe lo mismo”, respondió Ana a su abuela con la misma apatía con la que contemplaba su arepa.  
·         “Ana no seas cruel, cuando tengas hijos sabrás lo que duele, lo que le parte el alma a una madre que tiene que estar lejos, apenas poder saludar en la distancia”.
·         “Si, si, ya sé, pero me cansé de hablar todas las noches con ella como una boba llorando y contando  en reversa los días para que regrese”.
·         “No llores con ella Anita, disimula mija… sino ella se estresa más allá".
·         “Abue, dejemos de hablar de ella, por fa. Aquí ella es el único tema”, pronunció la muchacha.
·         “Mija... ¿y las clases?”, refutó la abuela. 
·         “Abue... ¿ya se te olvidó otra vez? Tenemos clases 3 veces por semana. Los pocos profesores que aún quedan en el país, no tienen efectivo pa’ los carritos. Hoy voy a aprovechar y voy a verme con Carlos y Juan”.
·         “Cierto, cierto… -suspiró- bueno, vaya, pero se me cuida y regresa para la hora de almuerzo, no se confíe, comase su comida de una vez que si se va la luz no hay microondas y no voy a ensuciar sartenes pa’ recalentar en la hornilla, que bastante caro que están los camiones cisternas cuando se consiguen”.


Finalizado el desayuno, Ana se va caminando con prisa al encuentro con sus amiguitos de siempre, Carlos y Juan. Esta vez, ella nota a la gente más gris que nunca, deambulando, taciturnos, como zombies o esclavos sin cadenas, andando en la calle; mientras unos van a pie hacia sus sitios de trabajos, otros permanecen congelados en filas infinitas esperando algún ensayo de autobús con sus viandas desgastadas y sujetadas sin muchas ganas.

Cuando era más pequeña, Ana solía espiar en los garajes de las casas para ver si retaba a algún perro bravo o alguna gata zalamera, pero ahora se topaba con casas vacías con uno que otro carro sucio y cauchos desinflados. Esta vez el camino a encontrarse con Carlos y Juan se hacía más aburrido de lo habitual, así que aceleró el paso para llegar a su destino.

“Volviste a soñar con este sitio, y como me lo describes, es igualito a como nos contaron que era -suspira-. Creo que debemos cambiar de lugar para encontrarnos, es raro que siempre sueñes eso”, le aconsejaba Carlos, su amigo de 14 años, que siempre tenía cara de recién levantado, mientras caminaba junto a ella en un supermercado abandonado que ahora era lo más parecido a un parque de diversiones, con pasillos largos y estantes inmensos, ideal para cualquier invento, pero no para simular que estaban comprando con normalidad, eso hicieron al principio cuando encontraron ese sitio, pero más le hacía daño que divertirlos.

-“¿Nos contaron?”, refutó Ana. “No, Carlos, no nos contaron… ¿O será que tú ya no te acuerdas? No somos niños, ni tan viejos, yo si llegué a vivir algo de eso”.

Carlos suspiró, y con la mirada perdida, le dió la razón a Ana.

“¡AJÁ!”, gritó Juan, el otro amigo quien Ana y Carlos esperaban. A él le encanta aparecer sigiloso y sorprenderlos. Según Carlos, es un ‘paranoico’ que quería descubrirlos hablando mal de él o para enterarse de algún ‘brollo’. Pero para Ana, Juan llegaba siempre tarde para darle chance a Carlos de que se le declarara. Cosa que nunca ocurriría, según Carlos le confesó a Juan, pues sí no tenía plata para novias, ¿qué le podía ofrecer a una muchacha tan bella como Ana? Ella amaba los chocolates, y él, quien veía como un lujo tomarse un Toddy bien cargado, muchas veces se dormía con el “estómago pega’o” del hambre porque en su casa no había nada para cenar. Así que lo más sensato y práctico era ser amigos, máximo, ser amigos con derecho, pero sabía que Ana no quería eso.


“Menos mal soñaste que estabas con tu mamá, pudo ser peor, de pana aquí siempre puede serlo. Yo por ejemplo, anoche soñé que tenía luz, y en el sueño veía a youtubers con desespero. Con miedo a un bajón y se cayera el Wi-Fi o se me dañara la compu… porque ahí si es verdad que me suicido. Cero distracción. Qué ladilla eso, como la fiesta de fin de año del colegio, que la ‘machetearon’ por la luz o la Navidad que pasamos sudando y con velas. Mi hermana no pudo estrenar sus patines porque no se veía nada, jajajaja, ¿te imaginas? se caía la muy boba y ¡pacatá, un yeso! ay no, qué estrés”.


Las historias de Juan eran distintas a las de Ana, pues ella sola con su abuela no vivía tanto drama, al contrario de él, que vive con su hermana, sus padres y su abuelo cascarrabias. Un señor mayor muy enfermo que odia a la dictadura, y que pide en voz alta todas las noches a su difunta amada que se lo lleve. Hay oraciones que dan miedo. Juan desea secretamente que sus padres se divorcien de una buena vez por todas, pues ellos peleaban a diario por no poder ponerse de acuerdo si irse o quedarse en el país. Su papá es básicamente un ‘marañero’, su lema es: "ser asalariado en este país, es de pendejos, prácticamente tú gastas para ir al trabajo. Vender cualquier cosa es más rentable: comida, trámites, una carrerita o simplemente poner un estado de WhatsApp vendiendo par de ‘lechugas’ de alguien más, es preferible a una miseria de quincena".

La mamá de Juan quiere irse a Colombia o a ‘Chilezuela’, pero su marido es “una vaina seria” pues se queja a diario de la situación pero a la vez, parece adicto a la ‘creatividad’ que impone la crisis: siempre pensando cómo hacer dinero sin trabajar, sin mucho esfuerzo, comprar algo barato y venderlo después caro cuando ya fuese escaso. Ella peleaba mucho por eso, porque sentía que con esa actitud de él y de muchos, empeoraba el país. Él le decía -con risa burlona siempre- que no es así, que el daño ya estaba hecho y uno solo sobrevivía a la jungla de concreto... Pero en medio de esa jungla particular de ambos, estaba Juan, quien no tenía como Ana una abuela cómplice, solo a su hermana pequeña, así que le tocaba ser fuerte, fingir que nada le afectaba y jugar con ella, tragándose las lágrimas.


“¡Plin!”. Suena de fondo, es el sonido del celular de Juan que recibió un mensaje en WhatsApp en plena reunión con sus amigos. Lee en voz alta: “La ‘Barbie’ respondió en la foto que subí contigo Ana, está diciendo que nos lleguemos a su casa, a ver series en Netflix o si tal, nos metamos en la piscina”.

La tentadora invitación no combinaba con la mirada de cierto resentimiento que tenía Carlos tras escuchar el nombre ‘Barbie’. Así le decían a una ‘carajita’ que él odiaba por consentida, una hija de un ‘enchufado’, que llegó a estudiar con ellos, antes de cambiarse a un colegio de ‘gente conectada, gente eléctrica’ como les decía Ana. La ‘Barbie’ es una adolescente que vivía sola o con el servicio, sus padres nunca estaban en casa, siempre estaban ‘ocupados’ viajando, en el gimnasio, en un restaurante degustando platos gourmet o comiendo grandes tortas con macchiato, su vida eran fotografías, posts de Instagram, los típicos ‘bendecidos y escarchados’.

·         “Ella me cae mal, es un fastidio, es muy gafa”, confesó Ana con el mismo desdén que tuvo durante el desayuno.
·         “¿Pero quién queda de nuestros panas? Los que no se han ido ya están por irse... uno debe juntarse con los que están, no hay de otra”, aseguraba Juan con una mezcla de cinismo y resignación sin dejar del todo un tono casi infantil en su voz.
·         “Yo no trago a esa carajita. La detesto con todas mis fuerzas. Ustedes saben que mi hermano está preso por las guarimbas. Él fue un duro con su escudo de cartón, mi héroe de franela. Yo no piso casa de enchufado”, sentenció Carlos.
·         “Hermano… no es pa’ menos, pero yo te dije lo que me dijo mi papá sobre tu hermano y no te vas a molestar como la otra vez. Es una pérdida de tiempo luchar aquí. Los políticos ‘opos y rojos’ se caen a whisky, mientras los demás pelean entre sí y beben anís, son las dos cabezas de una misma culebra. Las protestas y el otro tema... ¿cómo es que le dice?”
·         “‘Opio electoral’, ‘el simulacro’, ‘la farsa anual’, si, ya sé Juan, me lo has dicho mil veces, que si el lado correcto de la historia o el ‘perfecto’ tiempo de Dios, bailar salsa, ponerse la gafa gorra tricolor o tocar cacerolas. Si la oposición  se fusionaran como Goku y Vegetta, serían ‘CapriBobo o MariCoco’. Es una bobera, si ya sé, tú mínimo me sacas los títeres una vez al mes. No te la des de adulto, de grande, tú solo repites como loro lo que dice el padre tuyo, que por cierto bastante paja que hablaba antes, de ser ‘cuatriboleado’, cuando se llenaba la ‘jeta’ pidiendo que le dieran un fusil... y ni una piedrita, ni papel con una liga, le tiró a un guardia, así le este cayendo a lacrimógena a la familia, puro bla bla y más nada. Tu papá es como el gobierno, un bachaquero, un ¿cuanto hay pa' eso?”.

 Fotografía de Laurio Di Luzio

Carlos y Juan se miraron con rabia, como dos chamos en el colegio durante el recreo rodeados por niños coreando "¡dale!, ¡dale!, ¡dale!". Ambos con los puños cerrados esperando a ver quien iba a pegar primero. Ana los miró antes de cerrar los ojos, quería teletransportarse de allí, y se refugió en un recuerdo. Los tres en el cine con el hermano mayor de Carlos, quien ahora estaba preso, de seguro torturado, pero que en ese momento, les compraba un combo de cotufas para entrar a ver una película de Marvel, sin interrupciones por cortes de luz y  con el aire acondicionado frío, delicioso, todo un oasis, un espejismo en aquel infierno.

“¡BASTA MUCHACHOS!”, gritó Ana. “Estamos como los viejos... Si siguen así y se pegan  una sola vez o se vuelven a hablar feo, olvídense que existo, prefiero escuchar las mismas historias de mi abuela, por lo menos las de ella, son divertidas, de su pueblo, de Mitare, de cochinos, y jugar con tierra. Y sobre lo de ir a que la ‘Barbie’,  no me da nota. Anda tú Juan, esa piscina es rica, pero esa chama es una ladilla. Así tenga un Play 8 yo no me anoto. Mis papás están re flacos, casi que todo lo que hacen lo envían, mientras los de ella, gastan la plata que no se han ganado. Mi abuela los tenía en Facebook y la bloquearon por qué ella se descargó en una de las tantas publicaciones que ponen ellos criticando a ‘Mabruto’... son ‘deprava’o’ de descarados. Los cara ‘e tabla esos. Ella les escribió que mientras ellos tenían planta eléctrica, ella se acostaba todas las noches pidiéndole a Dios frente a una vela que el corte durará solo cuatro horas y no el día entero”.

El silencio vino luego. Juan tan solo bajó la cabeza, abrió los puños y sin decir nada, se fue del supermercado. Carlos y Ana suponían que más pudo la ilusión de Juan de ser el novio de la ‘fulana heredera’ que la amistad de ellos, así que, sin más, los dos se miraron y después de un minuto en silencio, como un luto a esa muerte de crecer antes de tiempo, se dieron un abrazo y Carlos con los ojos invitó a Ana a que se montará en el único carrito de supermercado sin ruedas rotas o trancadas. La impulsó a toda velocidad y ella, sentada con los ojos cerrados, se iba imaginando escuchar sonidos casi olvidados: ‘cuchicheo’ de compradores despreocupados, cajas registradoras abriendo y cerrando, recibiendo y entregando efectivo, sin tantas colas, sin tantas tristezas, costumbres sencillas por ahora olvidadas por Ana y Carlos, algunos sonidos ellos nunca los habían escuchado, solo los imaginaban según se los habían contado.

“Me voy del país. Me gustas mucho, pero me tengo que ir. Mi familia teme que siga los pasos de mi hermano y termine preso, que me violen o algo peor, me desaparezcan”, suelta Carlos repentinamente y Ana se queda en shock, sin poder pronunciar palabra alguna. Carlos se desahoga sin parar: “Un primo me dice que preferiría saber que mi hermano está muerto, que esto de no saber nada. La zozobra mata, así dice, y yo ahora le creo. Si quieres podemos seguir hablando por Skype, cuando al fin tenga un celular decente. Tú eventualmente te irás también, igual lo hará Juan, en parte lo entiendo, es desesperante vivir en su casa, a que la ‘Barbie’ tiene su burbuja, todos quieren una, la mía llegará algún día, pero para tener la de él prefiero que la exploten de una”.

“Creo que fingiré demencia Carlos y me alejaré lentamente”, dijo Ana, mientras le sonreía con cierta inocencia y le hacía un guiño con sus ojos caídos.

Carlos seguía conmovido porque, al hablarlo con Ana, su ida del país era un hecho, pues “decirlo lo hizo real”, como diría su hermano. Un secreto que al dejar de serlo lo sacudía profundamente. Ana, igualmente conmovida, reflexionó a través del recuerdo: “Ahora que lo pienso, los papás de Antonio venían del futuro”, dijo.

“Sí, qué envidia, Tony no vivió nuestra versión 4D de Mad Max y Walking Dead. El se ‘quería ir demasiado’ y vaya que se fue... se tomó su selfie creativo, en el piso de colores del aeropuerto, antes que fuese el cliché visual de las redes”, respondió Carlos, y con cierta rabia, empujó uno de los estantes del abandonado supermercado hasta tumbarlo, tal efecto dominó, todos cayendo, cacofonía de estruendos, retumbando tanto como en ellos esa conversación. 

“Cada vez que me quejo de que no hay agua, luz, internet, señal, que no hay nada que hacer, que la comida me sabe igual, que todo está caro y que hasta los ladrones están emigrando, mi abuela me dice siempre: “si tú vida fuese una baraja y yo la pudiera meter en un mazo de cartas y sacar otra, ¿lo harías?", pues la carta podría ser cualquier otra vida, mejor o peor a la mía, pero nunca igual, insiste y me pregunta, barajeando sus cartas, "¿lo harías?". Siempre digo que no, no lo haría,  pero ya que te vas le contestaría: depende del mazo, si son cartas con vidas fuera de aquí, metela y dame otra”.

Spoiler alert: cualquier opción es mejor. Esto superó a mi imaginación. Los sifrinos fueron brujos. Se iban por no poderse comprar el último Iphone, y ahora muchos, por no tener con qué pagar un paquete de arroz”, dijo Carlos. 

Carlos permanecía en el supermercado abandonado, testigo de una despedida sin un beso de película. Ana caminó de regreso a casa sobre billetes de juguete, billetes tirados al asfalto por los mendigos, limosnas rechazadas, sumas que no compran nada, por otro cambio en el cono monetario, menos ceros en la cuenta de su abuela, más ceros en los gastos. Pasos sobre dinero sin valor, dinero hecho anticuado muy rápido, y esa era la sensación para Ana de vivir en su país: muchos cambios, años que pasaban sin notarlos, pero en contraste los días se hacían lentos, como los de presos, luchando por no acostumbrarse al encierro. La victoria de los náufragos es mantenerse cuerdos en espera de un nuevo barco.


Ana caminaba en la ciudad de los contrastes, de hospitales sin medicinas y cafés lujosos repletos de gente que tenía como pagar pero no cómo dar propina, iglesias con sermones sobre la última noticia viral en Twitter, ciudad que se ilumina con la explosión en cadena de postes de luz, videos de secuencias que emulan una guerra que nunca se dio. Oscuridad, silencio, en la hora de los adioses, los días del arrepentimiento, los años de los reproches y una vida con hambre al propósito y los sueños. Ella era otra hija perdida en el abismo del comunismo. No era simplemente una niña, adolescente o mujer, era un ser con ganas de estar bien.

- “Bendición, abuela”.
- “Dios te bendiga mija, ¿cómo te fue?”
- “...Bien, como siempre”
- “Como debe ser”.

Ambas se sentaron en la mesa cenar, ninguna desmintió a la otra, mordieron cada bocado, sonrieron y no hablaron más hasta el otro día o hasta una nueva lucha... ‘un día a la vez’ en su criollo cóctel no apto para cardíacos o propensos a enloquecer. 

FIN

                                                                       René Rodríguez Roque