viernes, 11 de septiembre de 2020

Prohibidos





Entre las certezas y las dudas,

que nos mueven y detienen,

en su romance secreto de luces y penumbras.

Rumores y susurros nos cuestionan,

El sentido de buscarle respuesta a todas las preguntas.

No hay pecado en la acción inconclusa,

Puntos suspensivos que como energía se transforman: 

En el aquí y ahora…


Sentada frente a la ventana de este tren, en su asiduo retraso con ganas de ir y no volver...


Allí sentada, entre prosas y diálogos


Allí con ansiedad y miedo, de arrancar, de la próxima estación o del eterno stop


Experta en el arte ajeno, niña en mi voz


Allí justo allí estás vos


Esperando, expectante de un giro en la trama de tu vida, del verso que no rima


Allí estás, tan eterna, tan efímera como un post


Justo allí te veo, y sin escuchar tu canción


Te digo aquí estoy yo


En tu oído, entre susurros y la calle y sus ruidos


Te invito seductor a saltar, más allá del miedo, a lo nuevo, al error



Besos entre dos cuerpos que entre alientos sus almas intercambian. Dos coincidencias dilatadas,tantos arrepentimientos y 

sus dolorosas pausas. 
Recuerdos que conmueven y 
otros que desvelan,
pensamientos 
sobre consecuencias y sus causas.
Imágenes de tu piel que hierve 
y mí miedo a perder el control 
cuando el deseo es quien manda.
Silencio atronador, tiempo de separación,
tanto que decir cuando sobran 
y a la vez no alcanzan las palabras.


En esa cercanía, 
a pesar de los kilómetros 
y realidades que ahora nos separan.
Momentos que bloqueo
para adormecer sentimientos,
aquellos puestos en rimas prohibidas,
latidos suspendidos en el tiempo,
confinados sin ser presos,  
en esas suerte de cartas mías 
que aún tu guardas. 





Si fue amor, no de ayer solo sin futuro probable o cercano. De sentimientos y dedos cálidos, mezclados entre el sudor, la fricción y el momento injusto. El instante que acerca luego nos deja separados y en pedazos. Rastros de mar en la arena, olas con el vaíven que coquetea. Eres tú en frío un recuerdo que abriga. 


Un tesoro bien guardado en la secreta memoria. La insomnia, las caricias mientras el otro dormía. Si fue amor, ninguno lo sabía. Lo decíamos pero fue tan instantaneo se disfrazó de fantasía y ahora de melancoĺía, pero no lo es ni nostalgía, es otra cosa sin nombre ni rostro, un pensamiento silencioso, serpenteante en la soledad, un acompañante, un dulce ataque, una verdad que no se puede engañar. R.R.R.





Perdiendo el tiempo.


Atascados en el momento casi perfecto,
abrazados a esos instantes tan pequeños pero nuestros.
Mi olor y tu sabor mientras respirábamos el aliento del otro,
como guardándolo,
tal cual oro,
atesorando el instante
que se sabía sería un lejano,
dulce y doloroso recuerdo.
Y aquí estamos,
separados en medio del mutuo destierro,
más juntos que cuando sentías el calor de mi cuerpo,
y yo la suavidad de tu piel,
juntos bien adentro, el total secreto.


La fé de volver, del amanecer a esta noche,
a la paz, al sudor, a dos miradas que se aman,
sin reproches o miedos.
Que se encuentran cuando se piensan,
cuando no hay cadenas ni distancias,
todo tan simple, sentido y honesto.
La verdad engañada. El amor que se esconde para perder el tiempo.R.R.R.












Lo nuestro es descubrimiento como 
planetas ardiendo en un mismo lugar. 
stellium en besos que desgarran, que no 
saben de distancias, que solo saben en su 
ignorancia, explotar.R.R.R.











Tu mirada habla y me encantaría descubrir lo que tiene que decir.



Rotos en pedazos al mínimo contacto imaginario. Pensamientos que pausamos o que camuflajeamos entre lo olvidado. Cada fragmento entero de nuevo 
tras un breve saludo o un secreto recuerdo.
Nadie lo sabe, lo prohibido, lo imposible e impensable, a flor de piel, tan real, en sueños casi palpables. 



Cómo la familia que pudo ser, los niños no nacidos que nos amarían como padres. El o ella, uno, dos o tres, entre el claudicar, la ilusión, el cinismo y nuestra fé. Amar lo que fue y pudo ser, tu rostro y mí voz en la extensión de nuestra piel. Frenesí en susurros, suerte de serenatas de canciones que te... ojalá escuchemos juntos. Somos la tormenta perfecta entre circunstancias adversas y emociones intactas que siempre viajan contra el tiempo y la marea. R.R.R.





Oasis 
En medio de la tormenta de un mundo atrapado en una pausa eterna, lo volvimos a hacer, dos quimeras y su coincidencia, dos escorpiones enajenados en su tregua. Un Oasis para sedientos, de paz y disfrute, de momentos que a lo lejos, más allá del tiempo, igual se recuerdan. Cómo aquellos besos bajo las estrellas, acostados sobre la grama, que nuestro secreto nunca delata, bailes sin público, tantos amaneceres juntos, gracias por esos instantes, solo míos, solo tuyos, la serendipia de buscar la soledad y terminar juntos en un segundo que se contuvo. René R.R.





Segura en tu silencio, en aquel rincón libre de arrepentimientos.

Allí estás, entre brújulas rotas de viajeros sin regreso.

Pude verte y fingiste locura, esa de borrachos que mienten en su juramento de que lo olvidaron todo luego.

Susurros atronadores cuando se hacen recuerdos que juegan a ser imaginación, allí estoy yo, entre miradas descifrando tu secreto. R. R.






Tu voz cuando cantas 
me acaricia el alma
como mis dedos te recorren 
y descubren secretos 
en tus sueños.

Tu cabello negro 
es vivo como las llamas 
que no queman 
pero te alejan del frío y el calor.

Almas que en su trashumancia, viajan más allá de ojos abiertos para besarse 
y morderse el cuello.

Éxtasis de atrapar tu aliento 
en una bocanada 
es la magia de convertir 
tu suspiro y gemido
en el oxígeno de mi respiración.Rene R.R.




Tu rostro preso en fotos,
te hizo dueña de pensamientos 
que nunca de mí te alejan. 

Tan presente, tan ajena
lejos pero cerca cuando te imagino conmigo

 arrugando sábanas y mordiendo almohadas empapadas. 

Allí estás en ese abrazo al aire

en el calor de tus piernas invisibles sobre las mías en mañana inagotable

allí estás, con tu rostro perfecto, la inspiración en mí voz y en mis dedos.



Batman, 

Era una tarde veraniega, estábamos cenando, aún había luz del sol, aunque ya apuntaba su caída. Recogí la mesa y me voy al lavaplatos. Has venido a la nevera en busca de agua, observas mi vestido de jeans con falda en tipo A. Te acercas a mi oído para decirme lo bien que me queda. Notas que al contacto de tu boca en mi oreja se me eriza la piel, no ves secreto, orejas, cuello, senos son mis puntos débiles,  soy muy de roces, lo sabes y te aprovechas de la situación. Te quedas allí detrás de mi, frotando tu miembro en mis nalgas y tus manos juegan con mi cabello, lo tiras hacia adelante y empiezas a comerme la nuca. Jadeo sin control. Vas abriendo mis piernas con tu mano izquierda,  buscas bajarme mi ropa interior la falta se interpone y pierdes la paciencia.  Con tus dos manos acomodas la falda del vestido, quitas mis ropa interior, sacas tu miembro, me inclinas hacia el lavaplatos y me penetras. R.R.N

TE MIRO 

Te miro mas allá de la tierra 
mas allá de la selva

Te miro de lejos y de cerca
desde dentro y desde fuera 
desde arriba y desde abajo 

Contemplo tu esencia 
tu superficialidad 
tu deseo 
el cuerpo y alma 
de vida y muerte 
entre incertidumbre y certeza.

L.R.
1/8/25


Entre Erres, la Resurrección

Entre erres,
norte y sur nos distancian...

Entre erres vive la esperanza
y la resurrección.

Coincidencias de letras,
las erres de nuestros nombres,
y un país que no puede pronunciarlas.

Dicen que entre erres
solo caben la rabia, el rencor, lo ridículo, lo ruin.
Dicen…
los que no miran más allá
de lo cotidiano en el léxico de sus palabras.

Pero entre erres
también habita la risa,
el resplandor,
lo que rejuvenece.

La resiliencia.
Lo romántico.
Lo que reina.
La recompensa.
Nuestras rimas
y su revelación:

El amor.

Entre erres
corre un rumor.
Pero no es un ruido,
es el latir del deseo:
dos presencias;
un torrencial rocío
que va fluyendo en Descartes,
con la fuerza de un río.
En el que fluyen instantes y fragmentos 
de una musa entre erres de nuestra oración. 

Polvo De Estrella
Tú, que eres polvo de estrellas,
el que nunca dejó que la supernova que vive en su pecho
se extinguiera del todo.
Tu luz iba dejando rastros
que guiaron el camino
que mi opaco resplandor pudo distinguir.
Así, como dos destellos tímidos
que se buscan en la inmensidad,
hicimos brillar nuestros cosmos
hasta encontrarnos en esta vía láctea.
No fuimos únicamente hierro, carbono y oxígeno:
fuimos el deseo de volver a encender la vida,
la llamarada que quiso mirar de frente a la luz
y reconocerse en el otro.
Una chispa que hizo su elección
incluso antes de que supiéramos nombrarnos.
Porque hubo un instante —solo uno—
en el que el universo dejó de expandirse
para permitirnos vernos
y, de algún modo, entendernos.
Al final, comprendemos,
venimos del mismo estallido,
de la misma supernova que lo dio todo
para que nosotros pudiéramos existir.
Y por eso, cuando nos miramos,
el tiempo se inclina un poco,
como si recordara
lo que somos tú y yo—
el mismo polvo de estrellas,
reunido de nuevo
en la forma más perfecta
que esta vía láctea pudo imaginar.





Aprendí a conocerte años después 
a pesar de los meses 
en los que compartimos techo y pared.

Sos vendaval, calma y lágrimas 
Que no se mezclan como aceite en el agua.

Descubrí también 
la rudeza de tu filo 
y la certeza de sentimientos 
que no penden de un hilo.

Prisioneros en paralelo 
de celdas sin cadenas 
la relatividad del tiempo 
y nuestras sentencias.

Queda acompañarte a lo lejos 
entre abrazos en forma de textos 

un stellium en escorpio 
un beso que ya no es de novios. R.R.






Tu alma se expande en el vacío del espacio
Que igual sin sonido lo vas poblando 

de estrellas fugaces 
que para otros ojos son solo fotografías viejas 
vistas desde la tierra.

Aviadora que recuerda 
al Principito y su bufanda 
a su Rosa y viajes por pequeños y grandes planetas.




Mientras observa sus huellas en la arena acariciadas por una brisa que las hará desaparecer como a las sombras creadas 
por el sol que da paso a una luna llena.

Justo en ese instante

de revelaciones capaces de romper cristales 
como mordeduras de serpiente que no significan muerte 

Tu avión enciende
tomas agua del pozo milagroso 
y recuerdas 

que lo esencial es invisible a los ojos 
pero evidente al corazón 
que palpita al reconocerse en el otro.



Como lo hizo el Principito con el zorro 

o el farolero con la luz 

es la Rosa de corta vida 
que solo tiene para protegerse sus espinas 

Pero no por eso es débil ni tiene poca suerte

Su vida corta, la contempla y  protege

quien como única la quiere.

Buen viaje aviadora, nos veremos en el asteroide B-612.

Que ganas de besarte como hace mucho que no lo hace nadie 

De tomarte por el cuello y entre mis dedos sentir tu cabello y alejarte de mis labios para escucharte respirar agitado y disimular tu gemir 

Anhelo en sueños de que mis dedos te estremezcan el cuerpo entero 
con cada caricia que poco a poco te desnuda la piel y pensamientos.

Deseo puro y primitivo de penetrarte y empaparme en tu placer líquido, de que tus piernas prisioneras sean también mi celda.

De escuchar en mi oído la música de tu placer 
De lamer y morder tus pechos 
De sentir tus uñas que se clavan sin doler.

Necesidad de caer extasiados entrelazados y mojados entre dormidos y felices a punto de dormir cansados


No sé qué hacer 

No se que hacer
trato de no pensarte
de no escucharte 
gimiendo imaginandome. Tengo todas las de perder
e igual es inevitable.

Añorar tu cuerpo en todas tus ausencias
es un adictivo lugar 
como soñar estar entre tus piernas 
Con tus uñas 
escribiendo en mi espalda letras que arden cuando las mojas con tu lengua.

No sé qué hacer. 
La mente 
y su dominio sobre la dureza que te humedece. 

No se qué hacer más que dejar de contenerme 

Al deleite de contemplar imágenes de mis labios y dientes besando y mordiendote. 

Proyectados dentro de mis párpados sellados. 

Como un cine prohibido 
sin público ni final
solo tu cuerpo que mis manos se derrite y se sostiene. 
René R.R.
.


sábado, 15 de junio de 2019

Crónicas del eterno eco . Capítulo 1










I.          Naturaleza viva en hojas secas.

La luz del alba no alcanzaba a Aarquell, un guerrero de mirada oscura, quien contemplaba triste el filo gastado de su espada. Sus parpados sellados mostraban una suerte de antifaz hecho a partir de sangre por batallas, sangre que no solo tintaba su rostro inescrupuloso, sino que le recordaba el linaje de todos aquellos, que sin ser cobardes, prefirieron el infierno antes de atreverse a enfrentársele; sus dedos soltaron la empuñadura de su arma, y sus manos fueron acariciadas por la brisa de un bosque de árboles altos, completamente solo cuando ni los sonidos de pájaros le acompañaban, solo voces del pasado derramaban lágrimas ásperas, suerte de ecos bajo el mismo verde techo de lo que fue para él otra madrugada, recordando las palabras que escuchó hace muchas vueltas de reloj de arena atrás:





-             “Soy casi el rey, en mi sangre no está perder, incluso equivocado la razón está de mi lado…” decía el príncipe Licius Tercero, el vencedor de un breve encuentro entre aliados.

Cabellos rizados y dorados escondían la mirada azulada del joven príncipe, quien observado por su maestro Melogk, había derrotado, como era de costumbre a su mejor amigo durante su entrenamiento, un joven de ojos color cuervo llamado Aarquell.

-             “Ves lo que te he dicho Heejios, nada más peligroso que solo gozar con la victoria en tu paladar, cuando otro bocado tiene sabor a caos, lo desechas del resto, y sigues mordiendo lo añejo, sin pensar jamás… que puede que ya esté arruinado el pan” señaló Melogk, quien puso su mano en el chaleco deshilachado de Heejios, el tercer muchacho, el aprendiz a consejero, un alumno siempre deseoso de ser enseñado.


Cuando Aarquell estaba arrodillado frente al príncipe Licius Tercero, con la punta de una espada rozando su cara, vio en lontananza a una doncella que con un solo gesto, un mínimo movimiento de su cuello como hecho en el cielo, le dio al vencido un nuevo latido en su corazón, un ritmo de tambor con hastío a la decepción. Abrió sus ojos encendidos sin odio ni prisa, solo el momento justo para tomar con sus manos desnudas, el filo de la espada del príncipe a mitad de una estocada, la quitó de su camino y se puso de pie sin decir una palabra, tantas preguntas en la mente de su adversario, mientras lo espiaba cuando éste recuperaba su arma incrustada en el tronco de un árbol anciano.



            Choque de acero y rostros fuera de contexto en sus recuerdos, cuando el pequeño guerrero borró de sus facciones cualquier sentimiento, en contraste a los labios apretados del Príncipe Licius Tercero (que sin haber caído se sentía humillado). En el instante en el que Aarquell clavó contra el fango su espada y le dio la espalda desarmado, en consecuencia a una batalla siniestra e interna el príncipe fue al ataque como queriendo matarlo.

-             “Ambos llegaron a la lección de esta víspera de guerra” dijo el maestro Melogk, mientras sujetaba con fuerza la mano de Licius Tercero, quien se resistía a frenar el ataque cobarde. El príncipe iluso creía completar la trayectoria funesta. “Les he hablado tanto del lago de hielo, lago de misterios:  un lago rodeado por montañas con una pequeña abertura al océano, sólido como piedra y adornado con un barco encallado, el piso trasluce a victimas de pensamientos traicioneros; ya que quien camina guardando secretos sobre el frio resplandor de una falsa luna llena atascada en la tierra, cuando el sol se refleja en ese espejo de la naturaleza, es devorado por un circulo de agua a menos que la mente no atesore nada que bien pueda ser dicho en voz alta” reveló el maestro Melogk a sus tres discípulos.

El maestro se alejó de su pupilo Heejios para caminar con sus parpados abajo, tomó del suelo cuatro hojas secas y le entregó una a cada uno de sus alumnos. Los tres veían incrédulos en la palma de sus manos aquellas hojas amarillentas y él les dijo:

-             “Deben silenciar sus recuerdos, sus pensamientos, y más aún, sus sueños… sin memoria ningún sentimiento tiene rastro del daño pasado, sin filosofías tontas la vida misma se encarga de responder las preguntas por si solas, la naturaleza no da pasos en falsos, ella no fantasea, solo es… aquí y ahora, un día a la vez, la fortuna de un árbol y su sombra”, y mientras él hablaba, con cuidado se acercaba alguien más: la joven doncella que había visto Aarquell a lo lejos, para escuchar mejor la lección de Melogk, sin que una hojarasca la delatara.

Repentinamente, el maestro rompió con sus dedos la hoja que guardaba para él sin romper el silencio, incluso, cuando sus atónitos alumnos llegaron a imaginar el crujir, ese sonido que dos de ellos sí llegaron a escuchar cuando hicieron lo mismo; a diferencia de la última hoja seca, en la mano abierta de Heejios había rastros de una pequeña porción de naturaleza muerta, pero sin ruidos que evidenciaran a una mano apretada con fuerza, lo cual sorprendió a todos los presentes. Solo el maestro y Heejios lograron romper una hoja seca sin que emitiera sonido alguno.


-             “No te jactes”, le dijo de forma despectativa Licius Tercero a Heejios. “Que nos haya superado en esto, no se compara con todas las ocasiones que has mordido el polvo contra cualquiera de nosotros” enfatizó mientras Aarquell permanecía sin fijar posición, pues mantenía su mirada fija en la joven espía.  

                          El maestro interrumpió las palabras de Licius Tercero y aclaró:

“Si no fuera por una distracción, Aarquell habría hecho que solo tú rompieras la paz de este lugar” dijo mientras hizo un cómplice guiño a la muchacha que desde lejos los observaba, ruborizándose por completo. “No subestimes a Heejios, quien por solo refugiarse en su sabiduría mas allá de su corta estadía en esta existencia”, dijo Melogk con decepción al hijo del rey, agregando: “Ni ofendas por gozar de la osadía de Aarquell, de decir algo simplemente por que alguien prohibió que fuese pronunciado, y mucho menos, destruyas por tener el poder de dar fin así sea a lo que tú mismo construyas, los tres pueden ser como un triángulo hecho por la Madre Tierra: perfecto y con el coraje de seguir a su corazón, el ímpetu de no claudicar contra la marea y sobre todo, la conciencia, de saber sin lanzar una moneda cual es entre miles de rutas, la correcta”.



Las palabras de Melogk retumbaban en los oídos del príncipe Licius Tercero, casi causando un llanto malcriado y frustrado, pero Aarquell se acercó a él y le susurró algo al oído, cambiando su rostro: primero, se torno molestó, pero luego, poco a poco, emuló la quietud de una estatua.

Mientras tanto, entre ramas lejanas, la damisela intentaba torpemente mantener en vano su anonimato y seguir escuchándolos, pero tuvo que conformarse con una imagen inolvidable: el príncipe tomó de nuevo su espada y con los ojos abiertos, iba cayendo bajo el hipnotismo de su silencio interno mientras asimilaba lo que Aarquell le acababa de aconsejar, sin percatarse que su maestro, en señal de respeto y aprobación, pedía prestada al unísono el arma de Aarquell, antes de imitar su postura de ataque de Licius Tercero.



 Y entonces, sucedió una embestida simultánea, que los dejó detenidos en donde antes estaba el otro tras el choque de espadas. En dicho encuentro, ambos pisaron una alfombra de hojas secas sin destruir una siquiera, como si sus cuerpos pesaran nada gracias a que los dos tenían una blanca mirada, libre del color azul, el príncipe dibujó una grata sonrisa en su cara.

-             “Después de todo usted tenía razón, maestro Melogk” gritó con emoción el príncipe mientras se desvanecía asombrado por lo que acababa de suceder, y aseveró: “Obedecer no es humillarse”, antes de arrodillarse. El maestro sintió orgullo al ver que su alumno ya no era desafiante.

Un cuervo sobrevolaba sobre ellos, albino, pero de ojos y pico negro; el maestro lo observaba y de repente, un augurio rompió su concentración, y con un silbido le invitó al ave sin ademanes de mal agüero a emprender el vuelo, pues el maestro ya había descifrado el mensaje.

-             “Suficiente por hoy, es hora de volver al castillo, y a diferencia de ayer, hoy seremos cinco” dijo Melogk interrumpiendo repentinamente la sesión, pero manteniendo la calma. Como gesto de despedida, le entregó la hoja intacta al príncipe y le pidió que finalmente se colocara de pie.

Seguidamente, señaló a la damisela quien permanecía oculta en vano, y le pidió que se acercara y se subiera al carruaje con ellos. La joven, estaba tan embelesada con la situación, que se unió sin cuestionar la intención del maestro. Licius Tercero, altivo por su título, se presentó ante ella primero que sus compañeros, mientras que Aarquell con sus puños cerrados, tal cual auto flagelo, se limitó a ver el suelo anhelando pacientemente la oportunidad de hablarle a la bella muchacha llamada Vina.


Ya dentro del carruaje, vía a las murallas de Worrim, el Reino de Piedra y Plata, Aarquell contemplaba fijamente a Vina, quien aún no era una mujer, pues sus manos solo habían tocado lentamente su propia piel, de labios vírgenes como isla de blanca arena, esperaban los pasos del naufrago que veía en brisa prófuga de palmeras, placer que valía su precio, una nueva vida sin ganas de volver a la que conocía.



   
Los caballos se detuvieron repentinamente y veían por las ventanas la silueta del conductor acercarse a la puerta del carruaje, abrió el cerrojo y los cuatro jóvenes vieron con terror las manos en movimiento de un cadáver, era un títere como muy bien lo suponía Melogk, él no tenía que ver para saber la identidad del titiritero.

-             “Tienen que protegerla, no me fallen, ninguno de los tres, recuerden muy bien que son el triángulo perfecto, dudo mucho que Él haya venido solo, así que salgan de aquí, no suelten sus espadas, busquen un lugar seguro, ya no son niños ni esas armas de madera, no me fallen” dijo el maestro parco pero sin dejar de mostrar en su voz un tono gallardo. 


Sus cuerpos transpiraban miedo, pero las palabras de Melogk aunadas al rostro de desasosiego de Vina, los empujó a todos a seguir las órdenes con un control simulado a la perfección, incluso cuando un muerto, les hacía una reverencia invitándolos a abandonar aquel lugar donde ocurriría un duelo. Dicho arlequín macabro era obra de Kazkan, un hombre de cabellos de plata, cuyas puntas eran afiladas y duras como agujas de acero. Él era el titiritero y cada cabello, era un hilo con vida propia que atravesaba la carne sin vida del chofer del carruaje, haciéndolo bailar sin música más allá de sus sádicas carcajadas.

-             “Sé bien a lo que has venido, tanto, que ya he enviado un mensaje al reino vaticinando este ataque, nuestro fiel cuervo albino debe estar en el trono ahora mismo” confesó Melogk al asesino después que ver como este liberó de sus ataduras a un muerto bajo sus dominios.



El maestro se colocaba en guardia mientras hablaba; con su vista fijada a su cota de malla, pues sujetadas a cada brazo había un par de cuchillas en forma de media luna afiladas como guillotina, las unió y formaron una navaja circular, que podía lanzar a cualquier distancia y siempre regresaría a sus manos luego de matar.

-             “Te has convertido en tu peor discípulo, tus proverbios no podrán evitar que caigas a merced de tus propios consejos” le refutaba Kazkan a Melogk, y con un ademán de superioridad y desprecio, le dijo:“No vine a un suicida rescate, mi amo puede por si solo liberarse de tu rey, vine a buscar mi asiento en primera fila. Hoy es el día que lo van a ahorcar en frente de tu pueblo, tu soberbia es mi mejor aliada, prepárate para ser ciego, sin vendas, parábolas o moralejas, de verdad tendrás que afrontar la oscuridad”.

                         
               Lo inquietante era que las palabras de Kazkan emitían sonido enmudecido que con dificultad se escuchaba, como provocado por dedos que solo rozan las cuerdas de un instrumento para maleficios. 


Una ráfaga de cabellos de plata iba a toda velocidad directo al maestro en una embestida infecta de furia. Sin pedir ayuda, el maestro se mantenía impávido aguardando el momento justo para contraatacar y en un segundo, sus cuchillas giratorias partieron los hilos mortíferos por la mitad. Con la cuchilla de vuelta en sus manos, Melogk separó su arma deleitándose de ver las agujas regadas alrededor de él, completamente inmovilizadas y, en una suerte de danza de la muerte, sus brazos alcanzaron al victimario dejándolo derrotado, sus dagas de media luna cortaron la cabeza de Kazkan.



Sus alumnos celebraron que él había triunfado, todos menos Heejios, quien al igual que el maestro tenía el presentimiento que eso no era del todo cierto, pues las puntas de los cabellos del asesino decapitado, despertaron y todas se clavaron en los ojos de Melogk, en un duelo que siguió el curso trazado.

Estas agujas que perforaron su mirada le provocaron un estado similar a la locura, mientras espasmos violentos atacaban sin piedad a su cuerpo y sus ojos se tornaban vidriosos y se convertían en una suerte de espejos, tal cual dos esferas de plata de las cuales brotaban lágrimas hirviendo, gotas saladas que tras impactar con su armadura conllevaban a que ésta se evaporara, como si de su ser brotara el fuego mismo del averno, vapor con olor a azufre que con su estela pulverizaba hasta el último aro de su cota de malla. 
(Primera parte del poema que inspiró está novela)


Con imágenes de sangre muy adentro, clavadas en la mente del maestro, le hacían ver como caras alegres lo que era en realidad desconcierto en aquellos que sufrían por su dolor, ese que no se aplacó cuando la ayuda apareció: guerreros a caballos se acercaban a socorrerlo y sostenían un sol en plena noche dibujado en un estandarte, el mismo sol que estaba grabado en el anillo de un hombre con una mirada a media asta gracias a una esperanza casi amputada, quien perdió a un amigo para ganar una batalla, un padre, que los esperó paciente hasta su llegada al Castillo Aicost, una fortaleza impenetrable de murallas colosales.

-             “¡Qué alivio hijo mío, por poco te pierdo”, dijo conmovido el Rey Licius Segundo a su heredero, quien se sorprendía de aquella muestra de afecto!   “Si no fuera por el cuervo de tu maestro hubiese sido peor mi fracaso, los cuatro serían victimas de pesadillas estando despiertos” agregó el Rey al oído de su hijo, frente a una habitación cerrada de donde se escuchaban gritos de espanto de fondo.

              Intentando hablar aún más fuerte que los espeluznantes lamentos, dijo sereno: “Guarden la calma, que en las mazmorras ya existe alguien con quien cobrar venganza”. El Rey no ofrecía consuelo, así que miró a su hijo y a quienes acostumbraban acompañarle, y al notar a la damisela asustada, pidió al vigilante de aquella habitación que la llevara junto a la reina, pues como es tradición: “ella sabrá, mejor que yo, que hacer con ella”.


Aarquell y Heejios se acercaron al príncipe luego de que el Rey bajara por unas escaleras, que lo conducían a un prisionero dueño del suspenso dentro del reino. Los tres veían como la doncella se alejaba hasta desaparecer entre los corredores, iluminados por candelabros cuya tenue luz dejaba ver rastros de cera petrificada. Lamentos en ecos se detuvieron, y lo que antes fueron ruidos de clavos contra manos incrustadas en una cruz, ahora eran el imperio de la quietud.

-             “¿Por qué no entramos a verlo?” sugirió Aarquell con la aprobación de Licius Tercero y el recelo de Heejios. “Tenemos tiempo para que nadie se de cuenta, el guardia de esta puerta debe estar aún con la reina”, insistió.
-             “¡Ni se les ocurra hacerlo!”, exclamó Heejios, quien es el más cauto entre los tres. “Ustedes no se imaginan lo que ha de estar viendo nuestro maestro”.

Ambos lo ignoraron por completo, mientras abrían sigilosamente la sala de curación, lo cual motivó a Heejios. a marcar distancia del plan y desde el dolor de haber sido ignorado, delatarlos sin pensar que los estaba traicionando, creyendo no estar errado al estar, según él, haciéndoles un favor.



Por su parte, la reina permanecía de pie en el balcón de una sala tapizada con mapas, veía taciturnas escaramuzas de inocencia maquiavélica en la señorita Vina, quien no podía evitar contemplar la delicada tela y las gemas que envestían a la reina sin diadema adornando su cabeza, pues jugueteaba con la corona que bailaba en su mano izquierda.

-             “Poner tus ojos curiosos en hombres con poder sobre otros, es peligroso… si crees que compartirán el trono, solo porqué hablan de dos con un falso nosotros” dijo inesperadamente y con frialdad la Reina a Vina luego de invitarla a que viera desde donde estaba ella, como preparaban la horca en las afueras.

Mientras tanto, el príncipe y Aarquell bajaban más de un par de escaleras y, repentinamente, el rechinar de la puerta interrumpió la intención de entrar a tientas, cuando su maestro tras dos giros de moneda de caras gemelas, se le añadieron arrugas a su anterior tez tersa envejeciéndolo drásticamente. Sus labios secos hechos pedazos, besaban la penumbra sin reparo en ver quienes habían llegado, ojos que, a pesar de verlo encadenado a la cama, sentían más asco que lástima, sentir repulsión por quien en otrora inspiraba respeto los afectó en aquel momento jamás etéreo.

-             “¡Váyanse engrendos… yo no merezco la ayuda de ustedes! Soy un forastero en el infierno y mi pecado fue enseñar como matar. ¡Me creí un guerrero y estuve equivocado! ¡Déjenme en paz!” suplicaba Melogk con los párpados apretados y resignado tras haber sido derrotado por Kazkan.



            Por pretensiones de prestar auxilio a quien no la está pidiendo, sin ser la cura para un enfermo, Melogk abrió sus ojos plateados y dejó de fingir estar postrado. El maestro atacó a quienes fueron a ayudarlo, dejando que ellos pudieran verse claramente reflejados en su mirada, como si parpadear significara la muerte, la agonía que ellos sintieran y vieran como él los estrangulaba. 


          El Rey Licius Segundo observaba un símbolo tatuado en la nuca de un hombre siniestro, mientras éste era azotado, con rastros de carne en el látigo y vistazos a huesos fracturados. Lo curioso es que la actitud del torturado nunca fue de mártir, sino más bien emanaba una especie de gozo sádico con cada golpe, como si incluso lo disfrutara. El Siniestro Prisionero, mostró a sus agresores un dejo de abolengo en sus gestos, incluso envestido en ropas de pobre, lo cual inquietaba al Rey, quien más bien esperaba escuchar una exclamación en busca del perdón (estuviese o no arrepentido en realidad).  

-             “Mi padre, quien me honró con su nombre, creyó haberte asesinado con su propia espada, la misma que te atravesó cuando yo la empuñaba”, le dijo el rey a quien también fue enemigo de su ancestro. “Una hoja de acero afilada por dos reyes, ¿cómo… cómo puedo? -se entrecortaba su voz- ¿Cómo puedo soñar con que mis súbditos vuelvan a creerme? Si no es permitiéndoles a todos tener tinta en la firma de tu muerte, hasta el último plebeyo podrá hasta con saliva flagelar tu cuerpo, antes que te enfrentes con la horca, y después, sacando a punta a pies a todos los senescales, tus hijos de distintas mujeres que igual violaste, ellos que hacen tu voluntad en todas las tierras que conquistaste”.

               Luego de lo dicho, el Rey Licius Segundo escupió el rostro mal herido y sucio del Siniestro Prisionero, antes de escuchar como irrumpía Heejios en los calabozos. En el interior de las catacumbas del castillo, la escolta de la corona estaba a punto de apresar a Heejios, quien con gritos interrumpió al Rey, delito purgado con la guillotina según la ley, pero el mismísimo hijo de uno de los que la habían escrito, con una señal le permitió libre entrada a quien pronunciaba intentos de palabras.

-             “Su majestad, creo que tendrá que hacer lugar para una cabeza adicional con ganas de rodar” dijo el jefe del cortejo con un guiño compartido, mientras dejaba ir al joven Heejios, después de bromear con sus compañeros.

-             “Sé que debes querer tener una tajada en nuestra represalia, pero eres aun un muchacho y mejor que disfrutes el tiempo que te queda sin estar manchado” agregó el Rey libre de una voz cruel mientras miraba fijamente a Heejios.



El monarca alborotó el grueso y ensortijado cabello negro de Heejios, sin detenerse en su desatino de no cuestionar, que lo que antes parecía un desesperado grito de auxilio terminó siendo simple curiosidad. Ardor en la piel que se abría sin dagas a la vista, formando una cicatriz en el cuello de Heejios, exacta a la figura que antes distinguía al prisionero, y que ahora había desaparecido en él, su mirada antes diáfana se iba oscureciendo como humo negro serpenteando en sus ojos víctimas de un secuestro, pues el alma que estaba dentro del Siniestro Prisionero se había metido en el cuerpo de Heejios de forma inadvertida para todos. 






-             “Vas a morir… esta vez no podrás huir… llora como un chico que extraña la teta de su madre, mientras ella busca monedas en los brazos de quien no es tu padre” le dijo Heejios amenazante al hombre torturado, cuando sin sospechas el rey lo invitó a que se retirara.

Heejios subió las escaleras en espiral de regreso a donde la vida de sus dos amigos pendía de un hilo, y sonreía con una sórdida mueca, al escuchar desde lejos el llanto desesperado del prisionero que ya no lucía siniestro, plegarias de quien antes se inmolaba a su suerte pues disfrutaba no temerle a la sangre que hierve.

-             “¡Maestro se lo suplico, abra los ojos, somos sus discípulos y reaccione!” dijo Licius Segundo en una última bocanada a Melogk, implorando por algo que Aarquell nunca pidió.


Cuando Heejios entró a la sala de curación sin intención de rescate en sus ademanes, lo cual llamó poderosamente la atención de Melogk, pues reconoció que el cuerpo de su discípulo tenía un nuevo dueño: el antes conocido como el Siniestro Prisionero. Desesperado ante el pandemónium dentro de su mente, se arrancó los ojos de espejo con sus propios dedos, los cuales cayeron al suelo y se desembarazaron de los hilos que luego, dibujaron un efímero sol nocturno; exactamente la misma figura que con luz no iluminaba la penumbra, fue la que vieron Aarquell y Heejios al mismo tiempo que testigos de cómo huía el trastocado Melogk, un aprendiz a asesino.  René R.R



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Presentación del libro y entrevista. Maracaibo 2018