domingo, 13 de abril de 2025

Alma, el deseo entre formatos


    Abro los ojos de nuevo sin necesidad del despertador, y ahora que lo pienso,  lo coloco por necesidad de un plan alternativo, que muchas veces nunca necesito. Piccolo con sus patas me golpea antes de ladrar para que demos la primera vuelta del día. Los días son un bucle en el que solo sientes el paso del tiempo por el cambio de estación y lo que eso implica. Tomo mi café tipo intenso sin azúcar, antes de terminar de ver la película algoritmo que puse para tener de fondo mientras revisaba el celular antes de dormir. Me visto rápido y voy a la estación de subte para ir al trabajo antes que la mayoría, detesto ir como sardina en lata, prefiero madrugar y tener asiento en el vagón y no estar a merced de cualquier accidente que me cause retraso, casi una locomocion en piloto automático.   

Pasan las horas en mi trabajo en una tienda de ropa de caballeros, fingiendo que me interesa que color de corbata le queda mejor a algún cliente a quien le sostengo su opciones de camisa, del otro lado de la cortina de un probador. Se siente que aún no termina el verano, hay olores que delatan a quien tiene problemas para algo tan básico como tomar un baño. 



    Es la hora de salida y hoy me toca cerrar la tienda. Se me dificulta más de lo acostumbrado bajar la persiana metálica del local. Ya ni me estreso, es mejor, 30 minutos de más o de menos, hace gran diferencia en las horas picos, menos gente en la estación. Comienza a llover y camino observando los adoquines mojados evitando caer en un charco profundo y empapar mis zapatos. Veo un carnet plastificado de Blockbuster y no lo puedo creer, hace años que no tenía uno de esos en mis manos.

Recuerdo que hay un videoclub abandonado en un local cuyo dueño quizás por la maldición de algún cinéfilo nunca pudo arrendar a nadie más. La lluvia no es tormenta ni llovizna, así que sigo, no olvido mi cautela pero tiene caso volver a casa, pues no puedo bajar a pasear a mi perro dalmata. Camino cuatro cuadras y lo consigo, entro a donde por muchos años fue mi happy place (en un tiempo sin celulares inteligentes, solo aquellos bloques para llamar o enviar mensajes) un lugar decorado con afiches decolorados o arrancados, Estantes vacíos, mucho polvo y sonido de bichos que se arrastran en la oscuridad y es mejor ni iluminar.  

    En el mostrador solo unas monedas, un teclado de computadora vieja y una base para televisión culona. Espera, hay algo más, debajo de recibos de servicios por pagar hay una cinta de vhs con una etiqueta escrita en marcador negro: Alma, la tomo y salgo corriendo como quien acaba de robar.



Llego a casa ya había parado de llover, bajo a Piccolo y le cuento con entusiasmo lo más divertido que me había pasado desde que lo había rescatado a él. Obviamente ni se entera pero igual da vueltas, salta y babea cuando le hablo así que cumple la función. Después de un buen baño me lanzo en el sofa con mi VHS pensando dónde demonios podría reproducirlo; es raro hoy preguntarse eso cuando tu universo es reproducible en cualquier teléfono. 

        Recuerdo a mi vecino del tercero, un señor mayor que se que es cinéfilo pues siempre me habla del Padrino o los Freaks (una película bien bizarra de los años 30 que se desarrolla entre fenómenos de un circo) tocó a su puerta con vhs en mano y sin nada pensado como excusa solo le muestro la cinta y el obviamente extrañado y a la vez feliz por esa visita sorpresa me abre su puerta.

Me comía las uñas y la piel alrededor de ellas mientras el me habla de cosas que no me interesan, me sirve un fernet con coca y la cosa mejora. En efecto él tiene un reproductor vhs y coloca lo que sea que encontré en el videoclub abandonado. Después que le da play comienzo a pensar en la posibilidad que fuese justo una porno y lo curiosa e incómoda que resultaría la situación. 

La pantalla se pone azul y luego aparecen imágenes indescifrables con esa resolución de video analógico que cualquiera nacido después de los 2000 no entendería cómo alguien podría hallar aquello nítido. Solo veíamos distorsión sin sonido hasta que el señor Armando se levanta a ajustar el tracking de su reproductor y logra estabilizar la imagen en su televisor. 


        Aparecen sin créditos iniciales un hombre de 42 años caminando junto a una mujer en el Cementerio de Recoleta en medio de un mar de turistas que tomaban fotografías a los mausoleos y sus estatuas. Ellos se escabullen entre los corredores y se detienen a leer epitafios hasta que ya cansados, se sentaron y al saberse solos en aquel silencio se besan.

    Sus labios sincronizados liberaron a sus lenguas hambrientas que bailan tango, el hombre se percata que es evidente su excitación en su abultado jeans ya casi completamente encarpado y la mujer se sonreía con malicia, limpiando su labial corrido ahora en la boca de ambos. Lo mira a él y a la cámara antes de hacer un guiño, como rompiendo la cuarta pared, en la supuesta película que yo veo junto al señor Armando. Los dos también nos vimos, él consternado y yo con ansiedad paradójica. Parece que ella le hará un oral al hombre en esa erótica película con estética y producción para nada pornográfica. El señor Armando nervioso presiona el control remoto y la cinta se comienza a rebobinar, cosa que al parecer es un pecado mortal en ese aparato. Los cabezales del reproductor de vhs se comen la cinta y hasta ahí llegó nuestra función de medianoche. 

    No puedo recordar el rostro de la mujer del vídeo pero si la sensación que me produce cuando la pienso, es como un escalofrío bueno, como una caricia en el lugar justo, la piel erizada y no un no sé qué placentero, como de viernes de pago.

    Abro los ojos, paseo a Piccolo, hago el desayuno y disfruto mi café negro. Veo las luces por la ventana del vagón del subte en movimiento, como líneas que en su caligrafía escriben algo en un idioma que no entiendo. Pasan los días, y ahora me encuentro en otro lugar aprendiendo un oficio nuevo. Quiebro catalizadores de autos usados dentro de un galpón prácticamente vacío, un espacio polvoriento y sin color, en contraste a los colores de otoño que decoran el exterior que puedo apreciar gracias a las ventanas; clasificó chatarra electrónica y desarmo artefactos viejos para separar sus partes para su posterior reciclaje. Martillo, destornillo y gracias a la práctica y memoria muscular, mi torpeza se vuelve destreza robótica y mente una computadora en stand by. 

    Escucho música de Enanitos Verdes y podcasts de cine, marketing, adiestramiento de mascotas o crecimiento personal. Abro los ojos, paseo a Piccolo, hago el desayuno, voy al trabajo, cumplo horario, almuerzo, no dejo nada pendiente, vuelvo a casa, ahora caminando (mi nuevo laburo me queda a 10 minutos de distancia) preparó una cena con lo que me queda en la nevera y me lanzo al sofá alternando mi atención entre alguna serie genérica y mi celular en un infinito scroll.  

    Piccolo me saca del trance y me obliga a jugar a tirarle una pelota, se acuesta patas arriba esperando una caricia en su panza quejándose por las tragedias y responsabilidades en su vida perruna. Abro un reproductor dvd para sacar su placa electrónica y separar el plástico del cobre, pero me detengo cuando veo un disco dvd blanco con una palabra escrita en marcador negro: Alma. Finjo tranquilidad pero estoy emocionado bajo mi tapaboca y mis lentes de seguridad. Se que mi jefe me observa desde las cámaras así que con tranquilidad tiro el disco entre las cosas que están para desechar. 

    Cuento las horas hasta que es momento de limpiar mi área de trabajo, como puedo aprovechando un punto ciego, aparto el DVD y lo meto en mi buzo. Regreso a casa emocionado y saco un dvd que había “rescatado” entre los desechos que compran en mi trabajo. Me froto las manos, agarro mi taza de té caliente con limón y miel, hace bastante frío y coloco el disco en la bandeja del aparato y presiono Play en el tablero. 

    La escena era otra, la mujer cuyo nombre asumo que es Alma estaba acostada sobre la grama bajo una noche estrellada, a su lado el mismo hombre del vídeo en el cementerio, la toma por el cuello y la besaba. Ella se pone encima de él luego de quitarse la parte de abajo mientras él hace lo mismo. Mi imaginación me permitió ver la luna llena en el patio trasero de la casa en la que sucede esa escena, y ser yo quien le hace el amor a Alma. Siento su humedad deslizándose en mi pene, su piel que hierve calentando las yemas de mis dedos y cierro los ojos absorto en la relatividad de un minuto cuando es de gozo. 

     Siento desasosiego cuando la imagen se pixela hasta ser solo cuadros de colores entre vetas verdes. Saco estresado el dvd. No había notado que el disco se había golpeado y formado una burbuja de des laminado en un costado. Me culpe, pero tenerlo de forma clandestina era la única manera, mi jefe, es una rata miserable capaz de decirme que deje que el lo revise primero, para al final nunca hacerlo, ni darmelo, por su puesto. 




    De forma compulsiva desarmo artefactos, clasifico placas madre y arrojo procesadores con la misma fuerza que abro catalizadores de carro con una amoladora, cincel y martillo. Los días pasan y no vuelvo a encontrar ningún otro disco dvd, pen drive o de cualquier otro formato identificado con la palabra Alma. Estoy ansioso, una caja de Tic Tac color azul me dura 10 minutos, mientras las pastillas rojas ni las toco, paso de una pestaña a otra en el navegador y me irrita al extremo Piccolo si comienza a ladrar al despertarme.

    Es domingo y siento angustia como una depresión de que sea lunes. Incluso desvio las llamadas de whatsapp. Me estreso por estupideces como si se me quema el café u olvide comprar queso o pan para el desayuno. Necesito hacer ejercicio, pero en vez de eso entro en el agujero de conejo de buscar en youtube a Alma. Ni google o Chatgpt consiguen hallarla por mucho que describa las dos escenas de la película,  nada igual aparece.

    Envuelto como un tamal en mi edredón con una cerveza en la mano y una bolsa de Doritos en la otra, cansado de buscar qué ver en una aburrida tarde de invierno, a punto de volver a ver Breaking Bad de un tirón, la veo a ella, a Alma entre las sugerencias que me da la aplicación, así que con miedo de que se trate de una alucinación presiono ok en el control remoto.




    La imagen es un plano subjetivo, ella sonriendo a la cámara en mano, dando esa sensación de que quien la observa en pantalla, la acompaña debajo de esas sábanas, ella sonríe con cara de aún no haberse levantado, puedo ver sus piernas y casi puedo tocarlas, sobresale de unos shorts de algodón ese sexy bulto inferior, en que termina una pierna y  comienza una nalga, puedo ver, gracias a la luz del amanecer y la resolución llevado a lo casi real del 4K, los sutiles vellos de sus brazos, y tocar su suave espalda bajo una franelilla blanca.


    Es como un pájaro que antes de que salga de su jaula lo atrapo en el aire por última vez para meterlo entero en mi boca y luego soltarlo sin comerlo. La beso en el cuello, luego la muerdo y algo en su vientre duele de placer. La calefacción está encendida pero ya no es necesaria, mis dedos se resbalan, caricias que se deslizan entre el sudor mezclado de los dos. La penetro con mi lengua y ella más que gemidos, maulla como Gatubela. Una felina que devora mi pene jugueteando con él, como predador con su presa. Finalmente estoy sobre ella la sujeto por las muñecas y la penetro al ritmo de su respiración que se acelera y se ralentiza mientras con una de mis manos me sostengo y con la otra sujeto uno a uno sus pechos para disfrutarla por el momento que dure esto sea lo que sea que es.

    Ambos acabamos casi en simultáneo pero Alma quería un poco más, así que acto seguido se sube sobre mí y se frota entre nuestras partes y fluidos  hasta llegar a un segundo orgasmo. Es éxtasis puro ser testigo de sus desinhibiciones. Nos quedamos dormidos desnudos a medio arropar con un olor a sexo que impregaba a las paredes de una habitacion que se ocurece como un fade out. La oscuridad me invade de nuevo, despierto en mi sofá con mi boxer  víctima de un sueño húmedo. En vano es escribir Alma en algún buscador, escurridiza como siempre volvió a desaparecer.

    Camino por la ciudad en medio de un feriado soleado de primavera, los colores vivos de los árboles y los juguetes de niños que corren detrás de Piccolo cuando le lanza una pelota y me la trae de vuelta. Algunos me piden si pueden jugar con él a la pelota y los dejo siempre atento, pues Piccolo no es agresivo pero es muy agitado y fuerte y cualquier salto podría tumbarlos.


  Pienso en Alma, dudo si todo es solo producto de mi soledad o mi necesidad de conectar a ese nivel. Antes de volver a casa veo a una mujer como ella, leyendo el Principito  sentada en una banca. Antes era más fácil llenarse de valor y acercarse a conocer a alguien, pero ahora sin un previo contacto en cualquier aplicación, da paranoia parecer un acosador, o tal vez, sea el miedo al rechazo en el mundo real que se ha hecho más aterrador. La protección del anonimato o la proximidad de lo virtual en esta suerte de simulación. 

    Mi celular en horizontal es ahora mi televisión, absorto viendo tutoriales, vídeos de música o algún cómico short, intento cada cierto tiempo encontrarla en You Tube cuando voy en tren a Sao Paulo, hasta que me veo a mi mismo en un live de instagram, volteo a ver a todos lados, y no descubro quien me esta grabando. Una multitud me observa proyectado en una pantalla de cine, y yo los observo mientras ellos también lo hacen de vuelta, como una suerte de efecto droste, un bucle de la misma imagen dentro de sí misma.  

    La mujer de la banca ahora sentada en una butaca de cine me observa dueña de un tatuaje en su antebrazo, una rosa que levita protegida en una pequeña cúpula de cristal. Su mano está sumergida en un balde de palomitas de maíz, que saca para comer un bocado antes de tomar un sorbo de su refresco helado. Al parecer alguien a ella también la estaba grabando, pues mira directo a la cámara para sonreirle a Alma, cuyos ojos se iluminan con la luz que emanaban de alguna pantalla.  

René Rodríguez Roque 




El ego persigue la perfección 
como quien persigue un espejismo; 
no le interesa la verdad, 
solo el reflejo pulido 
que otros puedan admirar. 
El alma, en cambio, 
elige la desnudez de lo auténtico,
aunque eso signifique caminar sola, 
aunque eso signifique no ser comprendida.

En un mundo de apariencias, 
ser alma es un acto de valentía y rebeldía total.

Atrévete a ser lo que eres.

Maria A Ocando





miércoles, 19 de marzo de 2025

El arte de vivir hoy: lo que me enseñó Ahsoka

 


    Los perros no miran atrás. Eso me golpeó mientras veía a Ahsoka olfatear el aire, correr tras un ruido o simplemente dejar que el viento le rozara el hocico. Nosotros cargamos el ayer como un saco pesado y temblamos por lo que aún no llega, pero ellos no. Para Ahsoka, cada segundo era todo: un aroma fresco, un crujido en la distancia, el ahora en su forma más pura. Y yo, que vivo enredado entre recuerdos y planes, me quedé pensando cómo nos complicamos solos.



Errores sin remordimiento.

    ¿Has visto cómo enfrentan sus desastres? Ahsoka podía romper algo o desordenar la casa, pero nunca se ahogaba en culpa. Si le decía “no”, ella giraba la cabeza, probaba otra cosa y listo. Sin dramas, sin peso. Los gatos también lo hacen: un salto fallido, un tropiezo torpe, y al rato ya están lamiéndose las patas como si nada. Es una lección silenciosa: equivocarse no es hundirse, es ajustar el paso y seguir.


Aquí y ahora.

    Ella vive plenamente. Busca la pelota como si fuera una misión épica, come su ración como un banquete de reyes y se tira a dormir como después de un largo dia de trabajo. No había medias tintas, solo una intensidad que parecía susurrar: “¿Y si todo acaba mañana”. 

Amarlos por lo que son y no por lo que se supone que sean.



    Ahsoka me enseñó algo que suena simple pero no lo es: quererla como perro. Al principio, esperaba que entendiera mis silencios, que sintiera como yo. Que llenara vacíos que no tiene cómo ni porqué llenar. Ella no es un espejo de mis emociones, es ella y ya está. Amarlos es verlos, disfrutarlos, en el mejor de los casos aprender de ellos, sin idealizarlos ni fantasearlos a lo película de Hollywood. 

    Hay días en que miro atrás y el peso me dobla, o miro adelante y la incertidumbre me muerde. Entonces pienso en Ahsoka. Los animales saben algo que nosotros buscamos en libros y terapias: estar aquí, ahora, con todo lo que somos, sin pensar en lo que debió ser, ya no es o podría suceder. Quizás ese sea su secreto, y nosotros solo tardamos en descifrarlo.








viernes, 21 de febrero de 2025

El Brutalista y la Brutalidad de la simpleza

“Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo” Johann Wolfgang von Goethe.


    La estatua de la Libertad invertida, una de las primeras y poderosas imágenes, entre tantas, del Brutalista, cumple el precepto fundamental del lenguaje cinematográfico, “show, don’t tell”(muestra no cuentes) planos en su elocuencia dicen más que voz en off o diálogos.

    Para mí en muchos sentidos la vida es como el arte detrás y frente a la pantalla de cine. Aprendemos y respetamos al otro, muchísimos más por sus acciones, que por lo que nos dicen. 

    La película del director Brady Corbet en su sublime épica, tan vieja escuela, se siente necesaria cuando hoy las producciones son claustrofóbicas en su escala, y pasajeras en su impacto, como música de fondo, “contenido” para disfrutar en segundo plano. Es agua fría en medio del calor y la sed, como el Brutalismo en la arquitectura, una corriente que va al grano, construcción postguerra, concreto para reconstruir rápido y barato sin ornamento, con geometría clara y grande que en su interior busca sorprenderte.



Una analogía en forma y fondo, con el personaje de Adrien Brody, Lazlo Toth, un arquitecto, sobreviviente del nazismo que al estar lejos de su tierra y  separado de su familia, esta convertido en una sombra de sí mismo, y como muchos inmigrantes (los cimientos de países como Estados Unidos) sabe sobrevivir, adaptarse sin llamar la atencion, mas alla de su acento extranjero y delator, guardando su pasado y sus sueños de legado en su interior como un caparazón tosco de hormigón, cemento chorreado al secar, capaz de sobrevivir a la guerra y sus ataques. 


Casi una página y aun ni hablo de la trama, pues como diría el difunto David Lynch el cine no precisa de ser comprendido o explicado, más si de ser experimentado y sentido; pero si hay que hablar de argumentos el del Brutalista es como el Brutalismo mismo, simple y por eso funcional y verdadero. 



    La historia gira en torno a un millonario encaprichado en empaparse con la genialidad de un artista, una suerte de palanca social para impresionar, ya que con la ayuda de su chequera, para nada ilimitada, logra someterlo con la excusa de un proyecto desafiante y casi interminable, para el rico, alimento para su ego, pero para el Lazlo, es acariciar con arte su sufrimiento, recreando el encierro, asfixiante de sus carceleros durante el holocausto, que lo separaba de su esposa, con la posibilidad de reescribir dicha historia, con la licencia de la imaginación, con corredores secretos que conectaban espacios que a primera vista parecen aislados.



    Dicho mecenas, como su hijo ficticio lo subraya, “tolera” a este extranjero porque puede ser su mascota que sirve para hacer trucos pero que jamás puede osar a morder la mano que lo alimenta, así sea por algo justo. Un ser siniestro, que cobra vida gracias a un soberbio y exacto (sin una línea o segundo de desperdicio) Guy Pearce, quien como Adrien Brody, tuvo una segunda oportunidad para lucirse después del Pianista, Pearce nos recuerda el talento que nos había enamorado en L.A Confidential, Priscila la Reina del Desierto o Memento.


El Brutalista es una película sobre (y hecha gracias a) segundas oportunidades, algo que en un mundo “inclusivo” y la vez tan binario, es muy necesario, un mundo de absolutos, polarización y cancelación, necesita a gritos historias sobre la redención. Es por eso que en esta década solo hay dos tipos de películas  con las que consigo conectar: las historias épicas hechas con artesanía la, imperecederas como Dune u obras que visualmente te obligan a prestar atención, las que te liberan de la anestesia  mental por sobredosis de dopamina; como  The Substance.



Vivimos en el mundo de Oppenheimer, uno al borde de su destrucción, el multiverso de la locura, donde cada decisión e incluso inacción, crea una nueva realidad, en la que vivimos o nos atormenta. La obsesión de la juventud eterna cuyo precio es tu bomba atómica personal.  Es eso o como diría Ke Huy Quan en   Everything Everywhere all at Once: “en otra vida, me hubiera gustado mucho lavar la ropa sucia  y pagar los impuestos contigo”. Es el dilema entre vivir en el caos abrumador o la simpleza, fortaleza y certeza que tiene el personaje de Felicity Jones en el Brutalista, cuando le asegura a su esposo “el daño que nos han hecho ha sido solo contra nuestros cuerpos”. 




Definitivamente llenar vacíos con abismos es un martirio infinito. Los vacíos se llenan con tiempo, silencio y soledad. No buscando gustar, complacer, satisfacer a terceros. Es mirarte en el espejo aprendiendo a enamorarte de vos más allá de la soberbia y el ego.


Esta obra es una caricia al alma del inmigrante y es por eso que cierro con un fragmento del libro de Frank Herbert, Dune, otra de las grandes historias que han devuelto las ganas de disfrutar una película en la gran pantalla:


“Donde vivíamos no había necesidad de crear un paraíso, fisico ni mental, vivíamos en uno real, y ahora pagamos el precio que pagan quienes alcanzan el paraíso en vida, nos hipismo descuidados y débiles, perdimos nuestra fuerza”


Siempre en la lucha por no perderla, y si pasa, a recuperarla!


miércoles, 22 de mayo de 2024

Luz, cámara y recuerdos: Bonus Track. Ethan Hawke (1989-2022)

 Memorias de un cinéfilo

Luz, cámara y recuerdos Cap I

        Como ya lo he mencionado durante toda esta travesía a través de recuerdos y películas, hay géneros, actores y directores favoritos, incluso existen esos placeres culposos películas tan malas que son buenas o sencillamente producciones que fueron casi que hechas solo para ti y quien la hizo, pero hay un espacio especial para las películas de culto a nivel personal, esas que trascienden el tiempo y con sus escenas marcan en ti una huella sin importar si son para el resto buenas, clásicos u obras maestras, da igual, logran su cometido contigo. 



Son películas con las que creces y de las que aprendes, como me pasa con Devil 's Advocate y la mayoría de las escenas de Al Pacino: “No importa lo bueno que seas, nunca dejes que te vean venir. Tienes que mantenerte pequeño. Inocuo. Sé el pequeño”. ¿Cuánto de mi filosofía de vida fue moldeada por ese diálogo?, muchísima. Su monólogo sobre las contradicciones entre Dios y sus reglas y ni hablar de la advertencia detrás de su confesión sobre la vanidad, cuidado con el pecado favorito del Diablo.






Historias hechas a la medida, personajes que se vuelven amigos y hasta familia, y como tal los aceptas con sus defectos, como Donnie Darko o los Boondock Saints. De esa manera así como es fácil hablar de la genialidad y versatilidad de Christian Bale, Emma Stone o Leonardo DiCaprio, o la maestría de Ridley Scott, Nolan o Tarantino, hay actores que son un genero en si mismos como Nicolas Cage o Meryl Streep, y entre esos artistas que quizás no sea la opción más obvia existe uno que ha crecido conmigo y del cual a pesar que he aprendido con sus papeles, no mucho lo menciono, porque es un puerto seguro que prefiero guardar para mi(hasta ahora) y no es otro que Ethan Hawke.

Ethan Hawke es un actor que conocí antes de los diez años viendo por televisión una de las películas más determinantes en mi vida como hijo de maestros: Dead Poet Society(1989) un film en el que el actor interpretaba a uno de los estudiantes del elocuente y gracioso maestro Keating, interpretado por Robin Williams quien con su carisma y talento inmensurable nos regalaba línea con calidez y honestidad palpable: “no leemos y escribimos poesía porque es bonita, leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana y la raza humana está llena de pasión. El derecho, comercio e ingeniería son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida pero la poesía, la belleza y el romanticismo, son las cosas que nos mantienen vivos”. Similar afirmación hecha por Hawke décadas después en su Ted Talk: “el arte no es un lujo, sino un soporte vital, un sustento. Lo necesitamos. Ahora bien, ¿qué es? La creatividad humana es la manifestación de la naturaleza en nosotros”. 

Si bien el personaje de Robin Williams en esa película era la idealización de la figura del profesor, distante de su interpretación de psicólogo guia en Good Will Hunting en la que con humilde simpleza le explicaba al personaje de Matt Damon, que la complejidad de la vida nunca podría explicarse en un libro sino solo al vivirla con todos los riesgos que ello implica. Ni hablar de Jack Black en School of Rock, Mads Mikkelsen en Another Round o Paul Giamatti en Holdovers (todas películas grandiosas y de culto) profesores que se redescubren y encuentran la chispa de una vocación marchita. Es en esa inocencia de los poetas muertos que perdi la verguenza en equivocarme o no ser genial al crear lo que fuese, en parecer cursi por escribir poesía y entusiasmarme cuando una idea germinaba en mi cabeza; yo fui el personaje de Ethan Hawke perdiendo el miedo y atreviendome a hacer el ridículo o fracasar espectacularmente, pues solo así se puede llegar a tener éxito. 

    Innegablemente lo que más te puede dejar entre fracasos y ridículo es enamorarse, y ahí estaba de nuevo Ethan con Before Sunrise (1995) una de las peliculas, parte de una trilogía (Before Trilogy 1995/2004/2013) que pasa de lo juvenil a lo adulto, inevitable y agridulce. Un americano en un tren a Viena conoce a una cautivadora Julie Delpy y juntos comparten una noche de romance bohemio con la promesa de encuentro, el cual, descubrimos 9 años después que no ocurrió hasta la siguiente película. Como confiesa su personaje que es escritor y había convertido dicho encuentro en un best seller, con un final abierto para optimistas con fe a un regreso y pesimistas con la certeza que sería mejor la remembranza que la inevitable separación. 





        Para mi en el año 2003 como fan optimista de esa primera película desconociendo la resolución en Before Sunset, la secuela del 2004, me enamore de una chica y después de un breve amorío, seguí alimentando un regreso, que eventualmente pasó y terminó convirtiéndose en matrimonio, pero como Jesse y Celine en el cierre del 2013 Before Midnight, el amor con los años no siempre es suficiente, no siempre prevalece, y no es tragedia, es realidad, no se trata de reproches, son los riesgos de los que hablaba el gran Robin Williams cuando Will le preguntaba si no se arrepentía de no haber asistido a un legendario juego de béisbol para enamorarse y luego sufrir por la enfermedad y muerte de su esposa, a lo que contesto que no, a pesar de los momentos malos o sus gases nocturnos, todo valía la pena, todo era parte de la vida y la belleza de vivirla. 

En Before Sunrise Jesse le explica y cuestiona a Celine su teoría sobre las almas y como teniendo en cuenta como la población mundial ha crecido exponencialmente, como podría ser factible todo aquello de las almas eternas y antiguas que reencarnan, “¿si cada vez hay más gente, son las mismas almas o están fragmentadas”. Es increíble que justo ahora que vuelvo a ver la película para escribir este capítulo me doy cuenta que esa escena inspiró en mí una historia que escribí durante años y aún revolotea en mi cabeza, la del amor entre Existencias Ajenas, pues así es el arte, la creación ajena que inspira la propia. 




Una historia de amor a través de las décadas que en su cierre (Before Midnight) causó un cierto desagrado en mi ex novia Beth (mi primera relación post divorcio) al verla con ella. Obviamente era más atrayente y entretenido ver a dos jóvenes enamorarse durante una velada romántica en Viena, o dos viejos amores reencontrarse casi 10 años después en París, para disfrutar una lectura de un libro o escuchar una canción, paginas y música inspiradas en su primer encuentro; que ver a un matrimonio con hijos en Grecia discutir e intentar limar sus asperezas. Pero para mi era lo real, no más idealización.


    Si una cosa me dejó el cine que por inocencia no supe interpretar en su justa medida como ficción y que quise trasladar a la realidad con desastrosos resultados fue querer o aspirar ser el héroe y la idea dañina de la única alma gemela. Cuando conocí a quien fue mi esposa fue como en Before Sunset, una conexión inmediata, un amor a primera vista, a quemarropa. Eso hizo que sinceramente no disfrutara la relación en la que estaba porque solo podía comparar con la idea ficticia de lo que podría ser con ese otro alguien, ese alguien hecho a la medida, ese destino inexorable que debía perseguir.



    No me arrepiento de haber perseguido a esa mujer destino, pero si el que al hacerlo significara deshonrar a quien me acompañaba y me dio su confianza, amor y tiempo, si, tiempo, la vida es finita, el tiempo es el único recurso no renovable y lo peor que podemos hacerle a alguien, es hacerle perder el tiempo, si no amamos como amantes y pareja, como amigos o familia, no se debe fingir lo contrario, es un desperdicio de vida para ambos. Eso hice al no honrar ese tiempo compartido con Veisner, mi novia de la universidad, luego con Consuelo ese “destino y amor violento” cuando ya era hora de terminar en el 2017 y seguía postergando la separación cuando era lo mejor si ya no tenía ganas de luchar por ese amor y por estar mejor los dos; con Beth por someterla en silencio a la eterna e injusta comparación, cuando la diferencia de edad y filosofía de vida hacía ver que lo mejor sería no intentar una convivencia o compromiso. Mis tabúes, prejuicios y preceptos de mi generación me afectaron a la hora de lidiar con una mujer con mayor experiencia y deseo de experimentación sexual que yo. Caí víctima de mis inseguridades injustificadas, de las etiquetas sociales y de expectativas que nunca deberían ser saciadas, porque nadie debe llenar las expectativas del otro, uno no está para eso en el otro ni lo están los demás para uno.

    Me costó mucho desprenderme de eso del alma gemela, del héroe y del destino, cuando lo cierto es que el amor es algo más adulto, es ser empático, compasivo con el otro y contigo mismo,  y buscar ser tu mejor versión para ti mismo y al hacerlo terminarás siendo irremediablemente un mejor compañero. Pero me hacía falta para comprenderlo una mujer que me rompio el corazon, Mani, una ex compañera de la universidad con la que nunca llegue a tener algo ni siquiera una amistad hace 20 años atrás. 

    Nos volvimos a ver en su despedida de Venezuela en el 2018 cuando me la encontré en un bar en el que estaba con todos sus amigos, y ella me acercó una silla a pesar de que su mesa estaba repleta. Todos sus amigos se pusieron celosos porque a pesar de no éramos ex pareja sino simples conocidos, todo el mundo desapareció, conversando maravillados observando al otro, como Jesse y Celine en Viena. No nos volvimos a ver hasta año y medio después, unos meses antes de la pandemia en Argentina, cuando yo después de mi ruptura con Beth me la encontré y fuimos por dos meses dos en la ciudad de la furia. Pensé que sería mi segundo ticket dorado a la fábrica de chocolates, pero mi romanticismo, idealización y paradigma hollywoodense me nublo el menos común de los sentidos, el sentido común. 

    Ella estaba en medio de un divorcio y a punto de irse para Estados Unidos, al punto que tenía en su casa portaretratos sin fotografías, pero yo solo veía con los lentes lúdicos, del éxtasis, diversión y pureza de los sentimientos cuando estábamos juntos: juntos por Corrientes y la Av 9 de Julio, juntos compartiendo una bañera en su departamento ahora de soltera con balcón y vista panorámica, juntos cuando la observaba doblar y acomodar mi ropa con ternura, juntos pero separados porque no era nuestro momento, la prisa no me dejo comprenderlo, y ella, al no tener el valor o la sabiduría para confesarlo, era un fantasma con el que yo bailaba hasta quedarme con sabanas vacias entre mis brazos.  



    Un impulso al estilo poema navajo de “saltar ya!, pues ya vendrá el piso”, era algo muy característico en mí, algo casi kamikaze como el argumento de la infravalorada Gattaca (1997) que cuenta como en un futuro donde la genética marca las diferencias, potencialidades y límites. Un mundo en donde con una gota de sangre, sudor, un cabello o saliva se puede saber todo de ti, de dónde vienes y adónde podrías ir. Una historia en la cual la segregación ya no es racial, económica o geográfica sino por la “calidad” de tu ADN, hace más claro que lo imposible es el villano de toda vida, el necesario para evolucionar, y así, el protagonista Vincent pretende ser otro escondiendo sus genes con las de una persona mejor dotada, a la cual las circunstancia le arrebataron toda oportunidad futura, al anclarla tras un accidente a una silla de ruedas. La tragedia de uno, la fortuna de otro, la de Vincent para llegar a las estrellas, demostrando, como lo hizo con su hermano al ganarle una carrera de nado, a pesar de sus diferencias físicas, que todo lo consiguió porque todo lo hacía sin dejar nada para el regreso. Ese era su secreto. 

    Una actuación vulnerable que me ayudó mucho durante mi crecimiento, ya que nací casi con dos pies izquierdos, lo que se sumaba a mi forma de ser acelerada, causando un ciclo anual de caídas, fracturas, yesos, complicaciones y muchas cosas materiales rotas por mi torpeza. Aprendí a tomarme mi tiempo, en enfocarme en cada cosa que hacía, me enseñe a estar concentrado en mis pasos, en mis manos, en evitar algún accidente, y de ahí nació una de mis máximas “del apuro queda el retraso”. Siempre por querer hacer algo rápido se termina causando algo que nos roba más tiempo que el de hacer todo a su justo momento. 

    También sembró en mí sentir mucha empatía con la torpeza o accidentes de terceros, no vale la pena hacer gran escándalo de un vaso roto o una reguera en el suelo, nadie se quiere caer, nadie romper lo comprado, ni hacerse daño, bueno nadie cuerdo. Así con Maní paradójicamente olvidé o fingi amnesia con  esa lección “del apuro queda el cansancio” y eso  del riesgo de no entender que es ficción ese amor de película, de felices para siempre, es sola una utopía que hace daño, una historia que se cree ser un desenlace cuando es una trama que solo va por la mitad, lejos de su final, un final que para que sea bueno y digno, debe trabajarse demasiado, no se trata de sacrificios, se trata de compromiso, real, no papeles o anillos. Pero me faltaba aprender una última lección: desaprender esa fascinación o síndrome del héroe, nadie necesita que tú lo salves, lo más sano es acompañarnos mientras el otro se salva por sí mismo. Tal vez esa necesidad heroica es para distraerte de la acción crucial de salvarte, de evolucionar. 

    Pues tu “Shadow”, la parte que te avergüenza y de la que no puedes deshacerte, no quiere la atención del mundo solo la tuya, debes hablarle con compasión. Desde niño uno busca la aceptación, ser parte del grupo, luego uno crece y busca reconocimiento, familiar, académico, laboral o de pareja. Ahora es la eterna de validación diaria por extraños y sus likes y comentarios por redes sociales, cuando la verdad no se trata de aceptación, reconocimiento ni validación, es estar en paz con quien eres hoy, solo eso esta bajo tu control y para eso me hizo falta como en la película Predestination (2014) enfrentarme conmigo mismo y mis ínfulas de superhéroe, cuando eso es un trabajo para Batman y sus colegas en los cómics o la gran pantalla.  

    En aquella película que lamentablemente pasó por debajo de la mesa a pesar de su genialidad, Ethan Hawke es un viajero del tiempo, el agente Doe, que debe en el pasado con ayuda de Jane (una sublime Sarah Snook pre Succession) atrapar a un asesino del futuro, pero para hacerlo él será testigo y artífice de cómo ella se enfrenta a su identidad y dualidad sexual, desafiando a los roles, la individualidad y las paradojas de una culebra mordiendo su cola. Una premisa que resume mi vida hasta ahora, como el verso que uso de estandarte “un escorpión siempre paciente frente a las cenizas de un fénix”. La resurrección y su naturaleza cíclica, la condena de romantizar al eterno comienzo que como un eterno eco, decidi que debia de romper, solo que lo hice otra vez, de la forma equivocada; luego de pasar de un lado del espectro al otro, del amor y pasión a la costumbre y resignación con la excusa de estar haciendo lo correcto, el bien, lo heroico, para terminar al hacerlo, siendo el villano de otra historia. 

Conocí a María en Argentina a días de iniciar la pandemia del 2020 y en medio de mi visita a su casa en otra ciudad para una segunda cita, se decretó las restriccion de circulacion y cuarentena  (que ya sabemos que se extendió más allá de lo soportable) en medio de todo ese caos ella me confeso que tenia cancer y que debía pasar por todo un proceso quirúrgico y posiblemente de quimioterapia. Volví en ese momento al instante en el que cuando perdí mi virginidad con una chica uqe me confesó que había sido violada y yo sentí tanta culpa que no solo dormí con ella sino que seguí con ella y “aprendí” a quererla. El amor no se aprende ni se practica hasta que sale bien, se siente o no se siente, y yo más allá de cariño, afecto y química sexual, no sentía amor verdadero. 

Recuerdo que cuando adolescente rebelde me apague enfrente de mis amigos un cigarrillo en mi mano derecha, cuando se burlaban por una chica que me había roto el corazón, asegurandome que no valía la pena, pero lo hice para mostrar tonta y machista fuerza, por estúpido, para dejar una cicatriz que ver en el futuro, para ver en ella lo idiota que es hacerse daño a uno mismo y tener claro que el primer error no es tu culpa, el segundo si, y el tercero ya es un vicio autodestructivo. De esa manera yo con María era yo olvidando ver esa cicatriz, cometiendo el error de dejarme llevar por la culpa, la lástima o la falsa compasión, el complejo de héroe innecesario. Así que esa relación sacó lo peor de mí, porque sencillamente no era feliz, y ahí otra vez estaba Ethan Hawke para hacerme compañía sin saberlo. 

Me hice adicto a gustar, a gustarle a otras mujeres, a sentirme querido, deseado y admirado en el mundo virtual, cuando la realidad es que a nivel interno mi autoestima estaba hecha añicos y solo conseguía un poco de oxígeno cuando me escapaba solo a una sala de cine, a sentir entusiasmo y felicidad, así recuerdo el 2022 disfrutando de dos de sus películas más inquietantes junto con la joya del 2007 “Before the devils knows you're dead” , Black Phone y The Northman. Historias que viajan hacia lo más profundo de las miserias, impulsos y ambiciones humanas, la codicia, la venganza y la maldad encarnada. Las veía y veía mi alma y mente en la pantalla en su decadencia, un alma que necesitaba la luz en sus sombras, anhelaba equilibrio.

    Durante esa separación que fue la más tormentosa, algo loco de pensar luego de haber pasado por un divorcio luego de diez años y una ruptura con una mujer de carácter fuerte e impredecible en otro país. El cine me acompañó y el cine de este actor y el de su director fetiche (Richard Linklater-School of rock-Before Trilogy) en especial me ayudaron en mi sanación, en la que la película de ambos, Boyhood (2014) me dio esperanza en el tiempo, porque definitivamente la vida es un idioma que solo el tiempo puede traducir. 



    En esa película, cuya producción llevó 10 años, vemos a Mason, un niño pasar de la niñez a la adolescencia para llegar a las puertas de la adultez, tanto a nivel ficción como real, pues los protagonistas crecieron durante esos años de producción intermitente. Una historia en la que Ethan Hawke hace del padre de  ese niño, un padre que pasa por divorcio, por no saber bien quién es y tener que reinventarse, intentarlo y fracasar hasta encontrarse como un hombre adulto irreconocible para su versión de 30 años, pero a gusto, en paz y libre de culpa. Así me siento hoy a los 41 años disciplinado en el arte de perdonarme y perdonar y devoto de la búsqueda del equilibrio teniendo en cuenta que nunca se tienen todas las certezas y la única verdadera, es que solo tenemos el hoy y la vida se podría acabar cualquier día. 





Así termine en un Café conociendo a una brasilera sin saber hablar portugués, ella también se estaba rearmando, dándole otra forma a sus piezas. Una conversación que fluyó con un simple: “¿también te gusta Star Wars?” en inglés. Una mujer fuerte, inteligente y con un corazón hermoso, que había pasado por un divorcio, la pérdida de un hijo y vivía en piloto automático entre trabajos y el consumismo. Nos dimos una oportunidad y de a poco entre series y películas de Marvel y Star Wars, todas las piezas iban encajando, sin apuro, sin expectativas, solo el deseo de una buena compañía.

    Es por eso que después de Batman, Wolverine es mí personaje de comics favorito, por su poder, la sanación, de niño siempre deseaba con lesionarme o curarme rápido para ya no sentir sufrimiento. Sé que mí umbral de dolor es profundo, pero ya estoy hastiado de decir que aguanto y puedo, mí anhelo ahora es el disfrute y la prosperidad.




    Cómo aprendí  de Ethan Hawke y Richard Linklater con la trilogía Before y Boyhood, es cuestión de paciencia y adaptación, la vida se abre camino como afirmaba Malcom en Jurassic Park, no se trata de acelerar o romper, porque siempre quedan pedazos, se trata de ser flexible y disolver lo que haga falta dejar atrás para avanzar, porque es más importante eso que siempre ganar.

El cine ha sido mi antídoto, mi respuesta y hoy la oportunidad de rehacer mi vida. 









viernes, 8 de marzo de 2024

I. Un pestañeo que encierra otro recuerdo.




Existencias Ajenas Vol.1

    Un joven se acercó a una soga colgada en su habitación mientras tres hombres conversaban en una cafetería, no había lazos entre ellos más que un suceso; el joven colgó la soga en su cuello mientras estaba parado en un taburete que lo separaba del suelo, y así, sin reflexiones recurrentes se lanzó a su encuentro con lo que vino, un pestañeo ajeno, el pestañeo de uno de los hombres que estaban sentados en una cafetería hablando al mismo tiempo, un hombre que se quedó callado mientras los dos hermanos que lo acompañaban seguían hablando.


    Samuel y Gabriel eran los nombres con los que llamaban a los hermanos gemelos que presenciaron un despertar sin saberlo, Ángel De la Hoz, el tercero, todavía recordaba su vida tan solo que a partir de ese momento ya nada igual sería, algo lo acompañaba, una sensación que se apoderó de cualquier venidera decisión, un nuevo brillo en los ojos que se traduce en un nuevo color, ojos grises que pretenden ante cualquiera mantener un color café, pero solo para el que no ve bien la verdad, la realidad que se encierra en un pestañeo, el siguiente despertar.






 "No, no importa lo que digas, pero yo daría lo que fuera por dejar todo atrás y empezar de nuevo, tal cual amnésico" (aseguraba Gabriel tras un sorbo de café, mirando de forma burlesca a su hermano Samuel).

"Como siempre, te la pasas buscando el camino fácil... (contestó fríamente Samuel dudando en realidad quién era el bufón al final)se te va el tiempo evadiendo..."

"Contigo cualquier respuesta resulta predecible siempre y cuando no implique un cambio, de seguro alguien como Ángel estará de acuerdo conmigo, ¿no es cierto?" (Gabriel giró su cabeza para corroborar su afirmación con las palabras de su amigo, quien se encontraba sentado a su lado callado, como no acostumbraba hacerlo, desde hace unos minutos)

"¡Vamos!, despierta."

    Ángel se volteó a mirarlo pues en verdad sí había despertado, pero tan solo sonrió por una ironía que tan solo él había captado, pues dejó en el anonimato la autoría de una burla a la más burda de las tonterías, en vez de decir algo sacó de su billetera la parte de la cuenta que le correspondía pagar y se fue tras un par de adioses; Samuel y Gabriel solo se quedaron callados viendo cómo se iba de la cafetería sin voltear jamás, como abandonándolos sin razón aparente, sin excusas furtivas inventadas a la par de un error descubierto.

“¿Y a este qué le pasa?, será hoy otro viernes negro, digo, él no es como tú que se ofende por cualquier tontería (Gabriel se reía ocultando lo extrañado que se puede estar tras tal situación) ojo, anótalo, no eres el centro del universo"

"De seguro se cansó de tus pendejadas, lástima que seamos de la misma sangre, y yo no pueda desligarme de ti con solo levantarme de una mesa" (Sin terminar de decir aquellas palabras sentado, Samuel se marchó imitando lo que parecía la mejor opción).

    Quieto y solo en la mesa, Gabriel terminaba su desayuno pretendiendo que nada había pasado, como si la importancia de lo sucedido en verdad tuviese irrelevancia. Bajando las escaleras que conducían al subterráneo más cercano, se encontraba Ángel De la Hoz, sumergido entre la gente caminaba rodeado por anuncios publicitarios con un torbellino de nuevos recuerdos en su cabeza; una soga que adornaba su cuello, un viejo amor y un primer beso, imágenes esparcidas sin empalmes que le den orden a un mosaico de pesadillas que alguna vez fueron realidad, una soslayada conciencia que en un mar de incongruencias buscó una salida a lo que al final de cuentas terminó por llevarlo a caminar de la misma manera por un distinto camino, un pasillo que lo llevaba a un vagón con caras conocidas, gente que quizás alguna vez formaron parte de sus otras vidas.


    Entretanto, la ansiedad lo entretenía viendo pasar rápidamente todo a través de las ventanas del vagón, imagen que se deslizaba como una bala en los rieles o como la lágrima que hacía lo mismo bajando su cara, una lágrima por el fracaso de querer escapar sin poder lograrlo, y así, de la nada, comenzó a reírse en carcajadas tras ver su reflejo en la ventana contigua, era un hombre pelirrojo de aspecto frágil y con un aire elegante, que se desdibujaba a la par de un recuerdo que se difuminaba en un instante, el recuerdo de un antiguo rostro, el de un adolescente desgarbado a quien de seguro le importaría el actual escenario, un hombre sentado en medio de extraños riéndose sin razón aparente, haciendo el ridículo como muy bien podría pensar un quién diría.

    La gente que hace tan solo un momento lo observaba sin disimular dejó de mirarlo, de la misma forma que con la que él se mantuvo en silencio sin vergüenza, solo que ya no había por qué reírse, más que continuar el camino hacia lo que desde hace diez años solía ser el hogar del dueño de sus nuevos recuerdos, y que ahora para el, seria el nuevo lugar donde descansaría. Llegó a la estación que se encontraba a tan solo tres cuadras de su nueva “casa”, atravesando la Avenida Trocha o lo que algunos llamaban el bulevar del "pronto infortunio", puesto que ahí solo descansaban vagos y maleantes de una calaña equilibrada, bueno, lo suficiente como para que por ahora no se arriesgase la vida en una caminata nocturna.

"¿Me regala una moneda para comprar una botella?" (le pidió un hombre mugriento que se encontraba tirado en el suelo justo a su lado).

"¿No te parece muy temprano para empezar a beber y demasiada desfachatez pedirme dinero para eso?, imagino que no, bueno, toma un par de monedas por la sinceridad" (Ángel le lanzó el dinero al suelo y siguió caminando, mientras se hablaba a sí mismo en voz alta) de seguro un poco de alcohol ayude más a la razón que comida a un estómago cansado de tener hambre".

      Cada paso resonaba más que el anterior en la acera mojada, ese era el único sonido que él pudo escuchar hasta oír el rechinar de la puerta de su apartamento, ni siquiera el llanto de un niño que se apreciaba cercano al entrar al edificio, ni el peculiar sonido que provocaba el ascensor, y mucho menos, la discusión que sobresalía de la puerta del vecino, solo silencio, la misma quietud que anticipaba siempre la llegada a un nuevo aposento, el miedo a comenzar de cero incluso pudiendo recordar cada detalle, fue lo que sintió al estar parado frente al umbral de la puerta, hasta romperlo con el sonido que siguió al de los zapatos chocando con el piso, el ladrido de un perro color dominó que lo esperaba adentro.


    Se abalanzó a su dueño dócil e inquieto hasta detenerse tras sentirlo ajeno, reconoció a Ángel como un extraño y mostró sus dientes pero a la vez era incapaz de atacarlo; inmutados estaban ambos ante aquel encuentro, en consecuencia, minutos pasaron antes de que Ángel se atreviera a verlo a los ojos, incluso cuando lo conocía gracias a sus recuerdos recién adquiridos, era esa la primera vez en que estuvieron frente a frente, ni siquiera intentó llamarlo por su nombre, ¿para qué balbucear “Picoro”? si ni siquiera el olor confundía, solo le quedaba esperar ser aceptado en su nuevo hogar. Un ladrido sin sonido a amenaza respondió a una triste mirada, respuesta que cedió el paso a Ángel para atravesar el umbral de la puerta.

    Un universo se abría ante sus pies, un nuevo aposento que iba a usurpar sin poder evitarlo, nuevas fotografías en donde la nostalgia, al ser experiencias que no vivió, no pudo ser congelada; cada paso sucedía con cautela gracias a que Picoro lo vigilaba muy de cerca, le había permitido entrar pues no pudo explicar cómo su dueño estaba frente a él con su aroma pero con un dejo diferente al final de cada olfateo, Ángel lo entendía y respetaba aquella decisión, pero igual, queriéndolo o no era él su nuevo viejo amo, por lo que llegó a la habitación para abalanzarse a la cama, y trató de dormir pero solo consiguió mantener los ojos cerrados un buen rato, el tiempo suficiente como para poder escuchar al perro dálmata llorar.

    El mutuo sufrimiento se extendía gracias a imágenes retro que deambulaban en ambas conciencias, pero en verdad, incluso cuando para Ángel no se trataba de un nuevo escenario, no fue solo monotonía adquirida, acostumbrarse a un nuevo olor no fue tan fácil inclusive cuando pareció tratarse de algo irrelevante. Tras un par de horas tomó el teléfono y marcó un número que ya debía olvidar, pero que igual, aún cuando no era la primera vez que debía hacerlo, difícil fue no sucumbir ante aquellos dígitos.


"¿Quién es?" (Contestó una voz de mujer adulta, tras lo que parecía el último repique).

    El silencio que ahogó una innecesaria conversación, fue el mismo que inundó la habitación toda la noche, el zumbido del silencio, aquel que nos empuja al ruido como quien salta de un edificio incluso siendo víctima del vértigo. Cerraba los ojos y podía ver el rostro de la voz de mujer adulta que escuchó por el teléfono, se llamaba Carmen la dueña de las lágrimas tras la ausencia del bien mal concebido en las entrañas, y es que, hace tan solo unas horas él solía ser Tomás, el hijo de Carmen, quien aún cuando hace diecisiete años fue violada por un mugriento ebrio que decidió que era el mejor momento para dejarla embarazada, lo conservó en su vientre, lo crió y lo amó como a nadie, cosa que a ella le hizo entender menos el porqué de su partida sin remedio. Pero en realidad, no tuvo nada que ver su “huida” con ella o con la secreta transgresión, solo fue un instante de cobardía clavado en el corazón de quien lo desconocía, como algo ajeno a lo que en verdad es, y que hiere pues terminaba siendo lo que más aterraba a quien buscaba entenderlo.

    Las horas pasaron y la noche continuó mientras Ángel se mantenía acostado boca arriba, trataba de no recordar entretenido con el sonido de sus tripas; tenía hambre pero le daba risa lo que le apetecía, ya no era un pan lo que le pedía su estómago sino tan solo un vaso de leche, por lo cual comenzó a llorar en medio de carcajadas como un desquiciado, sin que Picoro, que lo observaba desde un rincón pudiera acompañarlo.


    En su rostro se deslizaba agua que embriagaba sus labios, pues en ella se degustaba el néctar del licor, un líquido que dejó de ser incoloro para volverse rojizo a la par de un abrir de ojos, que le permitió verse frente a un cuarteado espejo dividido en infinitas partes, en cada una, una cara distinta empapada con gotas rojas; mujeres, hombres, ancianos y niños se regodeaban al ser reflejos de un ser maldito, maldito porque lloraba al verlos imitar sus movimientos, maldito por sufrir y disfrutarlo al mismo tiempo. Comenzó a cantar coplas en diferentes idiomas, mientras su cuerpo se caía en pedazos sin sangrar, e igual, lo hacían de la misma forma cada reflejo en medio de carcajadas; al fin vueltos andrajos de carne, se conjugaron en un coro de distintas voces, que le repetían una y otra vez: “En la senda del nunca acabar, gira la promesa que creíste no te iba a alcanzar”.

    Ángel abrió los ojos al percatarse de que había caído víctima del sueño, para así encontrarse no frente a un espejo sino sentado al pie de su cama empapado en sudor, con las manos posadas en su rostro atormentado. Se levantó cuando todavía era de noche y al día solo le faltaban minutos para terminar, para dirigirse al baño, lugar donde se encontraba un real espejo en el cual se observó un buen tiempo, estudió cada gesto, cada minúscula contracción, se concentró en recordar a quién le debía la pequeña cicatriz en su ceja izquierda, el color café que escondía el grisáceo de su mirada, y su cabello lacio y rojo. Poco a poco, imágenes en secuencia dibujaban las respuestas: Gabriel, su abuelo, y su madre respectivamente, eran los culpables de esos rasgos que conformaban, junto a muchos más, la nueva fachada todavía por aceptar.


    Se acercó a Picoro tras comprobar que no estaba dormido, acarició su moteado lomo un buen tiempo hasta que decidió sentarse en el piso, para ser olfateado de nuevo. Sentir aspirar a aquel perro lo inundó de un extraño sentimiento, extraño porque él no pudo entenderlo, solo se limitó a mantenerlo, al no alejarse de aquel aliento animal hasta que sintió el olor de la aceptación. Al fin, libre de ladridos amenazantes, se sentía en casa, puesto que ninguna persona o identificación podía otorgarle pertenencia hacia el nombre Ángel De La Hoz, como sí podía hacerlo la mirada de quien no puede ser engañado con palabras o con hechos, pues ¿cómo hacerlo?, cuando el aroma era sincero.


Continuará
Existencias Ajenas Vol.I

 

lunes, 8 de enero de 2024

Un Mundo en mi Mochila: Un Viaje de Esperanza e Inspiración

Me siento muy afortunado de haber tenido la oportunidad de realizar este libro: “Un mundo en mi mochila”. Una obra cuyo título tiene varias connotaciones, una de ellas es que es el título del cover en español de una canción original de The Police “A man in a suitcase”; otra podría ser que representa visualmente el desapego y minimalismo por necesidad que adopta el inmigrante, y además tiene otros significados que descubrirán al leerlo en formato de Ebook. Dicho Ebook estará disponible a partir de febrero y podrán descargarlo gratis y compartirlo con amigos y familiares en cualquiera de sus tres versiones: español, portugués e inglés. 





UN mundo en mi mochila PDF



Esta obra recopila 15 historias de inmigrantes alrededor del mundo junto a la participación de Kelly Baptista, una psicoanalista, conferencista y mentora de inteligencia emocional de Brasil que aporta su visión sobre la realidad de quien deja su país, y comparte a su vez, su conocimiento y sugerencias en cuanto a las herramientas mentales y emocionales que pueden ser útiles para estas personas a la hora de encarar sus nuevas rutinas. 





En los relatos documentados encontrarán momentos determinantes en la vida de “los que se van y los que se quedan”. Sus desafíos y triunfos. Vivencias que nos dejan aprendizajes, inspiración y fuerza. Un mundo en mi mochila también es una muestra de lo que se puede lograr cuando se suma a la experiencia y creatividad humana, las herramientas de inteligencia artificial en materia de creación de imágenes, diseño, diagramación y traducción. 

    La portada del libro es blanca con naranja con chico un joven con su mochila viendo el atardecer pues representa el sol que cae y nace, debido a que la contraportada es un resplandecer de atardecer, básicamente los ciclos y en la teoría del color tenés naranja que tiene que ver el progreso, que tiene que ver con el con el éxito pues es lo que persigue el inmigrante , la aspiración de un futuro mejor. 





    Una búsqueda que se convierte en una suerte de videojuego, mes a mes vas pasando mundos, superando desafíos y aprendiendo nuevas habilidades. Es un juego que no se termina y en el cual, lo más importante no es jugar, sino seguir jugando y no caerse del tablero así caigas en la casilla equivocada y te toque empezar de nuevo.






Sin temor a equivocarme creo que después de la pandemia del 2020, todos hemos comprobado que nuestras certezas y "realidades" pueden cambiar de un día para el otro, nuestros afectos y rutinas no se deben dar por sentado, y es por eso, que siento importante, compartir no sólo mí experiencia, mis batallas y treguas o hasta sorpresas, sino también la de otras personas que como yo, se redescubren en un foráneo escenario como un personaje extranjero cuyo futuro es el hoy que no habían imaginado.




           En definitiva ha sido toda un experiencia de aprendizaje tanto en lo técnico como en lo humano hacer este libro, significó retomar mis raíces periodísticas y abrirme al trabajo más en colectivo que he hecho hasta el momento,  sin duda para mi, mi primer libro, un novela de fantasía, fue más una exploración a mi mente e imaginación, el segundo, un poemario, un viaje y ventana a mis sentimientos y mi alma, y este, es lo tangible, lo que dejas ir, lo vivido y lo que se mantiene contigo en esa mochila, es lo real, es el cuerpo mismo con sus cicatrices, debilidades, habilidades y fortalezas. Que se resumen en aprender a “escuchar más, juzgar menos, ser más gentil y empático con el otro y menos cruel con uno mismo”.